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El tiempo de las arquitectas

Algunas de las obras más influyentes de hoy son proyectadas por una generación de mujeres que ha desplazado el centro de la disciplina: de la monumentalidad al territorio, del objeto a la comunidad, de la autoría al proceso y de la imagen al habitar.

Durante demasiado tiempo, la historia de la arquitectura fue escrita desde una sola voz. Los grandes relatos celebraron edificios, autores y manifiestos en los que las mujeres aparecían apenas como excepciones, colaboradoras o nombres al margen de la disciplina. Sin embargo la arquitectura contemporánea mexicana ha impulsado una de las transformaciones más profundas del pensamiento arquitectónico latinoamericano precisamente desde aquello que durante décadas permaneció invisibilizado: hoy, algunas de las obras más influyentes de México son proyectadas por arquitectas que han desplazado el centro de la disciplina. De la monumentalidad al territorio, del objeto a la comunidad, de la autoría al proceso y de la imagen al habitar.

No se trata únicamente de una reivindicación de género. Lo notable es que estas arquitectas han ampliado el significado mismo de la arquitectura. Han demostrado que investigar también es proyectar; que un edificio nace mucho antes de su construcción en la capacidad de escuchar un territorio, comprender una comunidad, estudiar una materialidad e interpretar una memoria. En sus obras, la innovación no se limita a la tecnología ni a la forma, sino que se manifiesta desde la ética del proyecto. La arquitectura deja de ser un objeto para convertirse en una relación.

Este presente tiene una historia. Antes de que estas arquitectas alcanzaran reconocimiento internacional, hubo mujeres que desafiaron las estructuras de la profesión. Así, María Luisa Dehesa Gómez Farías, primera arquitecta titulada de México (1939) y una de las primeras de América Latina, abrió una puerta que parecía imposible de cruzar. Poco después, en 1950, Ruth Rivera Marín, la primera mujer titulada de la ESIA del IPN, consolidó una trayectoria ejemplar como arquitecta e ingeniera, docente, teórica, promotora cultural y defensora de la conservación del patrimonio, participando activamente en la consolidación de la arquitectura moderna mexicana. Ellas conquistaron mucho más que un espacio profesional: hicieron posible que nuevas generaciones imaginaran la arquitectura desde otras preguntas. Sobre ese suelo construido con perseverancia emerge una generación extraordinaria que hoy sitúa a México entre los escenarios más fértiles de la arquitectura contemporánea.

Hablar de Tatiana Bilbao es hablar de una arquitectura donde la investigación constituye el primer material del proyecto. Desde la fundación de su estudio en 2004, su práctica ha transitado entre el urbanismo, la vivienda social, el paisaje y la experimentación espacial, con una convicción clara: la arquitectura debe adaptarse a las personas y no al revés. Sus proyectos no parten de una forma preconcebida, sino del estudio del contexto, el clima, las dinámicas sociales y las posibilidades de transformación futura.

El edificio Estoa para la Universidad de Monterrey, expuesto por Constructo como parte de la exposición CAMPUS_AULA en el Center for Architecture de Nueva York, concibe el espacio institucional como una extensión de la plaza pública y funciona como una nueva y permeable puerta de entrada al campus. Mediante volúmenes geométricos superpuestos en concreto y cubiertas ajardinadas con vegetación endémica, la obra logra desdibujar las fronteras entre ciudad y universidad, priorizando el encuentro social e incorporando una escala humana y comunitaria.

Su propuesta de vivienda social, presentada en la 1º Bienal de Arquitectura de Chicago en 2015 abrió una discusión internacional sobre la flexibilidad, demostrando que una vivienda económica podía crecer, modificarse y evolucionar junto con la vida de sus habitantes, tema retomado recientemente por el World Around Summit del MoMA en la sección High Time dedicada al futuro de la vivienda. Obras como el Jardín Botánico de Culiacán o la Casa Ventura revelan una constante: edificios capaces de desaparecer visualmente para permitir que el paisaje y las personas sean los verdaderos protagonistas.

Mientras Bilbao investiga cómo habitar el territorio, Gabriela Carrillo explora cómo dignificar lo público. Su arquitectura parece construida desde el silencio. En ella, la luz, la sombra, la gravedad de los materiales y el espesor de los muros producen una experiencia profundamente humana.

Su trabajo en el Colectivo C733 representa uno de los experimentos más relevantes de arquitectura pública desarrollados en México durante la última década. El Mercado Público de Matamoros, junto con espacios educativos y equipamientos comunitarios, no busca convertirse en un ícono urbano. Su ambición consiste en ofrecer lugares donde la vida cotidiana pueda desarrollarse con dignidad. En estos proyectos, el ladrillo, el hormigón, la piedra y la vegetación dialogan con el clima y la cultura local para construir una arquitectura que parece haber pertenecido siempre a ese lugar.

Fernanda Canales ocupa un lugar singular en la arquitectura mexicana contemporánea porque ha logrado unir tres dimensiones que rara vez conviven con igual intensidad: la práctica profesional, la investigación académica y la escritura. Sus edificios dialogan con sus libros, que enriquecen la comprensión de sus proyectos. Su investigación sobre la arquitectura moderna mexicana ha contribuido a revisar críticamente una historia que durante décadas permaneció fragmentada. Al mismo tiempo, obras como el Centro Cultural Elena Garro muestran una notable sensibilidad para intervenir edificios existentes sin borrar las huellas del tiempo. Su arquitectura no busca imponer una nueva identidad, sino construir una conversación entre distintas épocas. En un momento en que muchas ciudades latinoamericanas enfrentan la pérdida acelerada de su patrimonio, esta actitud adquiere especial relevancia cultural.

La obra de Frida Escobedo ha demostrado que la arquitectura mexicana puede dialogar con el mundo sin perder su raíz. Su trabajo transforma elementos profundamente locales —celosías, patios, materiales pétreos, sombras y reflejos— en lenguajes universales capaces de ser comprendidos en cualquier contexto. El Pabellón Serpentine de Londres consolidó esa búsqueda al construir un espacio donde la percepción cambia con la luz, el movimiento del agua y el desplazamiento de los visitantes. Hoy, el encargo para diseñar la nueva ala de arte moderno y contemporáneo del Metropolitan Museum of Art de Nueva York confirma el alcance internacional de una arquitecta cuya obra no depende del gesto espectacular, sino de una extraordinaria precisión espacial. Escobedo demuestra que la arquitectura puede producir emoción mediante operaciones aparentemente mínimas.

Pero si existe una arquitecta que ha llevado la reflexión sobre el espacio colectivo a una dimensión profundamente social, esa es Rozana Montiel. Gran parte de su investigación se concentra en comprender cómo pequeñas intervenciones pueden transformar radicalmente la vida comunitaria. Sus proyectos en conjuntos habitacionales, parques y espacios públicos trabajan sobre aquello que suele pasar desapercibido: un patio abandonado, una escalera, un corredor o un área residual. Allí donde otros ven vacío, Montiel descubre oportunidades para construir convivencia. Sus intervenciones rara vez requieren grandes presupuestos; exigen, sobre todo, inteligencia espacial y la capacidad de comprender cómo una comunidad se apropia del espacio. Su arquitectura demuestra que el diseño puede convertirse en una herramienta de cohesión social.

Desde otra sensibilidad, Magui Peredo ha desarrollado una arquitectura donde la materia adquiere una dimensión casi táctil. Junto a Salvador Macías, ha construido una obra profundamente vinculada al paisaje mexicano, la tradición artesanal y la inteligencia de los sistemas constructivos locales. En sus edificios, la piedra, la madera, el ladrillo, la tierra y la vegetación no aparecen como recursos estéticos, sino como parte esencial de la experiencia arquitectónica. Cada proyecto parece surgir del lugar donde se emplaza.

Existe continuidad entre interior y exterior, entre sombra y luz, entre arquitectura y paisaje. Su trabajo recuerda que la contemporaneidad también puede construirse desde la tradición, siempre que ésta sea comprendida como conocimiento vivo y no como simple nostalgia.

Resulta difícil encontrar un lenguaje formal común entre estas seis arquitectas. Sin embargo, existe una idea que las atraviesa a todas: la arquitectura deja de ser un ejercicio de autor para convertirse en una práctica de investigación. Cada proyecto es el resultado de observar, escuchar, experimentar y comprender antes de proyectar. Quizás ese sea el verdadero aporte de esta generación de mujeres arquitectas. No han transformado únicamente la representación de las mujeres dentro de la disciplina; han transformado la disciplina misma. Han desplazado el interés desde el edificio como objeto hacia el edificio como proceso cultural. Han incorporado nuevas formas de investigar el territorio, trabajar con comunidades, comprender la vivienda, intervenir el patrimonio, construir espacio público y relacionarse con los materiales. Su arquitectura propone una nueva ética del proyecto, donde la innovación no se mide por la espectacularidad de la forma, sino por la profundidad de las preguntas que la originan.

Quizás por eso la mayor contribución de esta extraordinaria generación de arquitectas mexicanas no sea únicamente la calidad de sus obras, sino haber demostrado que otra arquitectura era posible: una arquitectura donde la investigación tiene el mismo valor que el proyecto; donde la sensibilidad convive con el rigor; donde el territorio precede a la forma y donde el acto de construir comienza mucho antes de levantar un muro.

Comienza, como toda gran arquitectura, en la capacidad de imaginar un mundo más habitable para todos.

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Algunas de las obras más influyentes de hoy son proyectadas por una generación de mujeres que ha desplazado el centro de la disciplina: de la monumentalidad al territorio, del objeto a la comunidad, de la autoría al proceso y de la imagen al habitar.

Jeannette Plaut