Hay una imagen que vuelve varias veces en esta conversación: la de un tipo que llega a los conciertos y ve a músicos extraordinarios tocando ante salas vacías, sin que nadie afuera se entere. Esa imagen —y la indignación de fondo que la acompaña— explica buena parte de lo que Guillermo Italiani ha construido en los últimos diecisiete años. Lo que empezó como un festival boutique de dos jornadas, armado con cartas impresas y mucha intuición, es hoy Stgo Fusión: el ciclo de curatoría de conciertos que ha traído a Chile a Pat Metheny, Snarky Puppy, Opeth, Kamasi Washington y Anoushka Shankar, entre muchos otros, y que sostiene una comunidad de melómanos amantes del jazz, el rock progresivo y la vanguardia.

Italiani siempre fue muy melómano, y tenía ganas de traer a esos músicos que a él le gustaban. Fue así que al primero que contactó fue a Adrian Belew, de King Crimson, David Bowie y Talking Heads. “Pero antes de Belew ya me había dado cuenta de que en Chile había tremendos músicos —Congreso, Ángel Parra, Fulano, Akinetón Retard— que no respondían al mainstream y que nadie valoraba. Ahí pensé: si junto a varios de estos músicos, quizás la gente se enganche. Así nació el primer Stgo Fusión, el 2007 u 2008: un festival de dos jornadas, con seis bandas, al que invité con una carta impresa explicando por qué los admiraba. Quedaron tan sorprendidos y agradecidos que los ex Fulano me pidieron ser su manager. Ahí nació esta conciencia de que se podía dar espacio a la buena música”.
Con casi treinta conciertos al año, uno cada dos semanas en promedio, para su creador Stgo Fusión sigue siendo un proyecto personal, no solo por el gusto musical, sino por las ganas de aportar a la cultura. “Con los años me he ido abriendo cada vez más, entendiendo que la calidad no está en un par de estilos sino en cualquier expresión creativa e interpretativa. Hoy, gracias a internet, descubrimos bandas nuevas todos los días. Sigo abriendo el espectro, pero manteniendo la curatoría: que haya un aporte creativo y performático real”.

— Ustedes traen música que no suena en la radio y que tampoco está en primera línea del streaming, salvo ciertos nombres como Wilco o Kamasi Washington. ¿Cómo se decide qué artista viene?
“Es una mezcla de intuición, conocimiento acumulado a lo largo de los años y métricas digitales: internet y el algoritmo te muestran cosas afines, y ahí uno va descubriendo. Pero hay un cuarto factor clave: la comunidad de Stgo Fusión, que se generó orgánicamente con el tiempo y que nos escribe proponiendo bandas todo el rato”.
— Y esa comunidad ha sido tremendamente importante. Es cosa de verla en los shows que hacen.
“Ser consecuente con una elección de contenido durante 17 años genera inevitablemente una comunidad que confía en la curatoría, aunque no conozca al artista. Afortunadamente en Chile sí hay conocimiento musical: somos el país que más reggaetón escucha, pero también uno de los que más música progresiva consume, sobre todo gracias a internet. Hoy la diversidad del cartel va desde Pat Metheny y Snarky Puppy hasta Opeth y bandas mucho más como Shame. Los fans originales quizá ya no se ubican del todo, pero sigue siendo música de calidad, de nicho”.

— Hablas de la comunidad, del club de membresías de melómanos. ¿Qué revela eso del modelo de Stgo Fusión?
“Que trabajar en nichos implica una responsabilidad: la gente confía en que le vas a entregar contenido acorde a sus gustos, y con los años empieza a comprar entradas antes de conocer el line up. Eso nos ha permitido vivir de esto durante 15 años. Y ahí está también mi visión del negocio: creo que el futuro está en los nichos y las microcomunidades, no en la obsesión de las multitudes. Empresas como Live Nation funcionan a otra escala, pero eso desvirtúa el sentido de trabajar con artistas: si el show es para 100.000 personas, da lo mismo si la gente va apretada o no ve nada, mientras se cumpla el objetivo comercial. Por eso elegimos venues donde el público realmente vea al artista —el Club Chocolate, el Café, la Cúpula—: si pagas una entrada, pagas un servicio, y como productor tienes que estar a la altura. La unidad orgánica de un nicho tiene una validez poderosa, como el cuidado que existe en un colegio chico frente a uno masivo. Ese es el compromiso de Stgo Fusión: que la gente tenga una experiencia musical real”.
— ¿Cuál ha sido el concierto más difícil de concretar?
“Anoushka Shankar. Estuve doce años conversando con su equipo, dos giras que se cayeron —una por auspicio, otra por un tema personal de ella—, hasta que este año se pudo. Se llenó, tuvimos que sacar un segundo show, y la embajadora de India estuvo ahí. Estar cerca del legado de Ravi Shankar, que fue el lado B de los Beatles, me emociona como melómano”.

— ¿Necesitan artistas chicos o medianos para sostener el ciclo?
“Para nada. Cuando trajimos a Pat Metheny post pandemia sumamos 9.500 tickets en cuatro shows; Opeth agotó dos Caupolicán el mismo año. Pero tampoco le hago el quite a un artista que va a vender 500 entradas si creo que es un aporte y cubre costos.
— ¿Qué viene ahora para Stgo Fusión?
“Mucho booking activo este año —llegaremos a unos 20, 25 shows— y estoy muy enfocado en el 2027, que creo va a ser aún más potente. Estamos preparando el próximo Tiny Fest, probablemente para el próximo año, con una versión sureña en el Teatro del Lago, en Frutillar, además de Santiago”.