Viajar no necesariamente implica subirse a un avión rumbo a un destino más allá de nuestras fronteras. También se viaja leyendo un libro, escuchando un disco o parándose frente a un cuadro. Todo eso nos transporta a otros lugares, nos hace experimentar otras culturas, nos deja lecciones de otros pueblos. Por algo Jamiroquai cantaba “Travelling Without Moving” (“Viajar sin moverse”): se puede emprender un viaje sin pisar jamás un aeropuerto.
Y de todas esas formas de viajar sin moverse, ninguna es tan honesta como la comida. Un plato no miente. Te cuenta de dónde viene alguien, qué extraña, qué heredó, mucho antes de que esa persona abra la boca para explicártelo. Como decía Anthony Bourdain: “la comida lo es todo en nosotros. Es una extensión del sentimiento nacionalista, del sentimiento étnico, de tu historia personal, de tu provincia, de tu región, de tu tribu, de tu abuela. Está indisolublemente ligada a todo eso desde el principio”.
Somos una cultura mestiza que creció con lo español, lo italiano, lo francés y lo alemán metido en la sangre desde la cuna. Con el tiempo aprendimos a querer la comida peruana, le hicimos un lugar a la hamburguesa gringa y —no sin resistencia— aceptamos que nuestro asado no le llega ni a los talones al argentino o al uruguayo. Pero lo que de verdad ha ido ganando terreno en los últimos veinte años, sobre todo en Santiago, es la comida asiática. El sushi por fin se ha ido sacudiendo el queso crema y la palta de encima, la oferta india se diversificó más allá del curry genérico, aprendimos que Tailandia no es solo pad thai, y los coreanos nos demostraron que hay vida y mucho sabor en el pollo frito y el cerdo a la parrilla.

En ese contexto acaba de abrir sus puertas una nueva apuesta por lo asiático en el Mall Vivo Los Trapenses, en Lo Barnechea: KO Asian Kitchen, franquicia peruana con presencia en Ecuador y Colombia, que llega por primera vez a Chile de la mano del empresario gastronómico Marcelo Brietiling y sus socios. Es una propuesta relajada, pensada para toda la familia, que se pasea por distintas cocinas del continente sin pedir permiso: mezcla sabores intensos, técnicas diversas y preparaciones reinterpretadas con mirada contemporánea.
Ellos mismos lo bautizan “Asian Kitchen Power”, una cocina dinámica, entretenida y sin demasiadas reglas, donde mundos gastronómicos que en Asia jamás se cruzarían conviven en la misma mesa sin pedirse disculpas. Basta abrir la carta para verlo: entradas frías y calientes, dim sum y gyozas codeándose con makis, arroces y noodles, y platos como Pad Thai, Tikka Masala, Beef Tteokbokki, Yakiniku Avocado, Chicken Gyoza y Nori Salmón conviviendo sin complejos.
La idea es que todo se comparta, tal como ocurre en la comida callejera y en buena parte de los restaurantes de Asia, trasladando ese espíritu informal al local. Así que junto a una acompañante nos lanzamos al ruedo a ver qué tan lejos —o qué tan cerca— de Asia terminábamos sintiéndonos.
Para partir, un bao de Sriracha Chicken ($8.500 los dos baos): pollo crocante, ensalada de col y mayo sriracha en un bao bun. El pollo tenía justo el crunch que debía tener, ni de más ni de menos. Junto a eso, los Veggie Jaozi ($8.000 los cuatro dumplings), empanaditas a la plancha de vegetales al wok con salsa ponzu, con ese agridulce que define a buena parte de la comida del sudeste asiático y que aquí funciona sin estridencias.

Para beber, el cóctel de la casa, Lychee Sour, con pisco, licor de lychee, almíbar de lychee y limón ($7.000), y la infusión sin alcohol Passion Berry ($5.000), de té jazmín, maracuyá y fresa (¿por qué no le decimos frutilla, si vamos al caso?).
Después, dos rolls: el Dragon ($6.500), con tartar de atún, pepino japonés, camarón crocante, palta y mayo spicy —el camarón se cambió por pesca del día por una alergia alimentaria de mi acompañante, sin drama alguno de parte de la cocina— y el Veggie Buddha ($6.000), con kimpira de zanahoria, palta, kale ahumada, soya cítrica y ajonjolí tostado. Los rolls se piden en cortes de cinco o diez, según cuántos vayan a compartirlos.
De fondo, el Yakimeshi ($16.000): arroz al wok, cerdo char siu estilo chino agridulce, tortilla de huevo, tocino ahumado y avellanas tostadas. ¡Muy rico! Y el Beef Tteokbokki ($17.000): una plancha caliente de res estilo coreano, pasta tteok de arroz, kimchi, vegetales y un guiño occidental de queso cheddar. Este último es lo más parecido a una chanchería que vamos a encontrar en esta carta, con un picor que se instala de a poco en la saliva sin llegar a incomodar. Entre el queso, la carne y la pasta, termina pareciendo un mac and cheese coreano, y funciona.

Ahora, una crítica que hay que hacer: nada aquí pica de verdad, y eso se extraña. Nos contaron que antes de abrir tuvieron que bajarle el picor a varios platos porque “el chileno es malo para el picante”. Entendible como estrategia comercial, pero la gracia de buena parte de la comida asiática es justamente esa, que pica y a veces pica en serio. Al menos podrían dar la opción de elegir el nivel, para quienes sí queremos que nos duela un poco.
Cerramos con los postres. El Toffee San ($6.500): helado de café, miso butterscotch, nueces caramelizadas y crumble especiado. Y el Banana Rolls ($7.000): crocantes de plátano caramelizado, helado de mango y salsa de coco. Los dos son un golpe certero para cualquiera con debilidad por lo dulce.
En resumen, KO es un aporte, sobre todo porque ofrece un amplio abanico de comida a un público familiar que va al mall, y que con esto puede comenzar a atreverse a probar distintos sabores y de esta forma, viajar un poco.
Promedio por persona: $24.000 Ubicación: Mall Vivo Los Trapenses, Piso 1 Dirección: Av. José Alcalde Délano N°10.492, Lo Barnechea Estacionamiento gratuito