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Regalos vienen

El caso de Trump y Qatar es interesante. La pregunta de fondo quizás amerita plantearse modificando un clásico proverbio: “Regalos vienen. ¿Y habrán regalos que van?”.

¿Qué tiene de malo aceptar un regalito de un colega o amigo? Nada. Es un gesto de cariño de quienes se conocen y se aprecian. Después de todo, en cada cumpleaños recibimos regalos de nuestros familiares y nuestros amigos. Lo mismo pasa en Navidad, donde el regalo de pascua se concentra en la familia.

Ok. Pero, ¿qué pasa si ese regalo lo hace el gobierno de un país al primer mandatario de otro país? Y no cualquiera. Sino al gobernante del país más poderoso del mundo. Y quien regala es un país rico, pero pequeño, enfrascado en trifulcas constantes con un país vecino y poderoso productor del combustible más apreciado en el mundo: el petróleo.

Qatar le regaló a Donald Trump un jet de cerca de 400 millones de dólares, que el Presidente de Estados Unidos aceptó, para ponerlo al tope de sus vehículos presidenciales.

Surgió de inmediato el murmullo de que el regalo parecía más un soborno que un presente político. Cuando se regala extemporáneamente algo muy costoso a un mandatario extranjero surge de inmediato la posibilidad de conflicto de interés. Esto es, que el obsequio limite las posibilidades de maniobra del mandatario, por sentirse en deuda con la generosidad del país que le hace tan vibrante regalo.

La crítica surgió de inmediato y no sólo de los rivales demócratas del presidente Trump. Numerosas figuras del partido Republicano también mostraron su asombro y resistencia al regalo qatarí. Varios arguyeron que la Constitución limita los regalos de países extranjeros, y que no se ve bien el costoso presente cuando el presidente de Estados Unidos tiene aviones a su disposición en casa. La situación es más compleja porque los nuevos aviones Boeing para el primer mandatario norteamericano han tenido un retraso en sus entregas, lo que ha causado enojo en la Casa Blanca. Trump ha dicho que el avión catarí no es un regalo personal, sino un regalo que quedará bajo el mando del Departamento de Defensa de Estados Unidos, para ser usado por quien esté a cargo del país.

Pero la discusión no ha terminado. Incluso se ha citado la Constitución de Estados Unidos, que señala que regalos mayores de gobiernos extranjeros al Presidente deben ser visados y aprobados por el Congreso. Y el presidente Trump no ha mostrado ni el menor interés en llevar su regalo a votaciones parlamentarias. Al contrario, una de sus primeras reacciones fue señalar que “sería una estupidez rechazar un avión gratis. Yo nunca rechazaría una oferta de este tipo”.

Otros presidentes de Estados Unidos recibieron lujosos regalos de gobiernos extranjeros. El caso más conocido es el del ex presidente Barack Obama y su esposa, que recibieron de regalo millones de dólares en joyas, provenientes de reyes de Saudi Arabia. Pero, como establece el Acta de Decoración y Regalos de Extranjeros, todos esos regalos y joyas se fueron a los Archivos Nacionales, y no se quedaron en poder de los mandatarios que los recibieron.

El caso de Trump y Qatar es interesante. La pregunta de fondo quizás amerita plantearse modificando un clásico proverbio: “Regalos vienen. ¿Y habrán regalos que van?”.

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