Hay momentos en que la verdad, por más maquillada que esté, decide abrirse paso a codazos. Y eso fue exactamente lo que ocurrió esta semana cuando Jeannette Jara, después de meses de afanes por reinventarse, terminó traicionada por su propio reflejo. El disfraz de socialdemócrata, pulido con paciencia y esmero, se rasgó en vivo y en directo. Bastó una pregunta simple, directa, inevitable. Y ahí, sin avisar, habló la Jara real.
Durante toda la campaña había sostenido una coreografía milimétrica. Esconder los viejos amores bolivarianos, minimizar la militancia férrea que la acompaña desde la adolescencia, silenciar la devoción por caudillos que arruinaron a sus países y borrar —con blanqueador político— cada guiño al comunismo más rancio. Guardó bajo llave a Marcos Barraza, Daniel Jadue, Lautaro Carmona y todo el prontuario ideológico que durante años proclamó con entusiasmo. Incluso hizo algo que, para su biografía, debe haber sido una proeza olímpica: tomar distancia de Cuba. El plan parecía funcionar. El disfraz, aunque incómodo, le calzaba.
Pero el problema de los disfraces es que no resisten la fricción con la realidad. En el debate decisivo, a seis días de la elección, Jara no pudo contener el impulso natural de volver a su eje político. Bastó escuchar el nombre de María Corina Machado para que se le escapara lo que realmente piensa: la llamó “golpista”, repitiendo —sin matices ni pudor— la jerga del régimen que la persigue, que la ha amenazado, que la quiere silenciar. El régimen que celebra cuando ella es obligada a esconderse para no terminar presa… o peor.
No es casualidad. No es lapsus. No es torpeza espontánea. Es consecuencia. ¿Quién lleva años calificando de golpista a Machado? Nicolás Maduro. ¿Quién la insulta, la amedrenta, la acosa? Diosdado Cabello, el mismo que encarna la decadencia moral de una narcodictadura que ha destruido a su país. Y sin embargo, en esa pregunta del debate, Jara eligió su bando sin vacilar, se alineó con ellos. Con los mismos a los que su partido ha respaldado una y otra vez, pese a todos los informes, todas las denuncias y todas las evidencias de violaciones sistemáticas a los derechos humanos.
La ironía traza un arco perfecto. Mientras Machado era celebrada globalmente y destacada como símbolo de resistencia democrática justo en esos días, Jara optaba por repetir los mantras del tirano que intenta silenciarla. Si hubiese querido arruinar la ilusión de moderación en el peor minuto posible, no lo habría logrado de manera más precisa.
Y así, en apenas segundos, el telón cayó. La Jara del disfraz —moderada, prudente, sensata— se evaporó. Volvió la otra, la conocida, la fiel a sus certezas ideológicas. La de la polera del “perro matapacos”. La que miraba a la primera línea con indulgencia militante. La que vibraba ante los relatos épicos de Chávez, Fidel y Ortega. La que durante años defendió, justificó o relativizó actos que cualquier demócrata condena sin ambigüedades.
Hay quienes hablan de un error estratégico. Otros, de un desliz comunicacional. Pero lo ocurrido no es eso. Es simplemente la derrota del personaje frente a la biografía. Lo que vimos en el debate fue el triunfo inapelable del ADN político sobre la estrategia electoral. Porque por más que se intente esconder, un proyecto que nunca ha hecho autocrítica respecto de sus referentes autoritarios inevitablemente termina revelándose.
Y Jara, al final, se reveló.
Cuando la presión aumenta y la inmediatez obliga a responder sin guion, lo que emerge no es el personaje inventado, sino la convicción más profunda. Y la convicción de Jara, esa que asomó sin pedir permiso, es la misma de su partido: la defensa, tácita o explícita, de quienes han convertido a Venezuela en una tragedia continental.
Por eso su declaración no fue un error, fue una confesión.
Y como toda confesión, iluminó aquello que muchos sospechaban pero que ella se había empeñado en negar.