Cuesta mucho entender —y más aún justificar— las reflexiones de quienes se sienten con autoridad para opinar, sin rigor ni contexto, sobre temas de alcance internacional. Esta vez, la candidata presidencial oficialista, Jeannette Jara, se pasó tres pueblos. Insinuó la existencia de “intentonas golpistas” atribuidas a María Corina Machado, líder opositora venezolana y referente indiscutida de la resistencia democrática en su país. ¿La fuente? Lo que vio por televisión.
Y no. Eso no se puede dejar pasar.
Para quienes entendemos la democracia no como una fórmula administrativa, sino como una forma de vida, resulta inaceptable que una candidata presidencial chilena se permita denostar a una mujer que ha pagado el precio de oponerse a una dictadura disfrazada de revolución. No es solo un error político, es una muestra de indolencia ideológica. Un intento burdo de blanquear lo que ni el mejor detergente podría limpiar.
Porque poner un manto de sospecha sobre María Corina Machado no es solo atacarla a ella. Es un golpe simbólico contra los millones de venezolanos que resisten en su país, y otro aún más cruel contra quienes huyeron buscando una vida mejor. Es el eco de una narrativa que sigue relativizando la opresión con tal de no incomodar a ciertos aliados ideológicos.
Jara representó en su alocución la obediencia al Partido Comunista antes que el compromiso con la democracia. Esa es su brújula: no hay convicción, hay cálculo; no hay claridad, hay alineamiento; no hay empatía, hay retórica vacía. Hay lobo, pero sin piel.
Quienes no estamos comprometidos con ningún régimen podemos hablar con libertad. Podemos decirlo sin ambigüedades: María Corina Machado merece respeto, apoyo y visibilidad. Ha sido perseguida, inhabilitada, censurada, silenciada. Y, sin embargo, sigue. No ha renunciado, no ha claudicado, no ha negociado con la tiranía.
Jara, en cambio, transitó como ministra con total libertad entre Santiago y Valparaíso. Habla sin temor, sin riesgos, y enfrenta cara a cara a su contendor. Opina sobre Venezuela desde la comodidad de una democracia que —con todos sus defectos— le garantiza derechos que María Corina no tiene. Ni uno.
Decir que Machado participó en una intentona golpista no es una torpeza: es una acusación grave. Es ignorar, minimizar o simplemente ser servil al señor Lautaro Carmona. Es alinearse, tácitamente, con quienes usan las instituciones para aplastar la disidencia. Es, al final, una manera elegante de hacerle el juego a una dictadura.
Y así, Jara perdió la elección. No por falta de experiencia, sino por falta de juventud, esa que el Presidente ofreció como crédito para blanquear ideologías que los ciegan. Perdió entre promesas incumplidas, como si se tratara de alguien ajeno a la política, cuando en realidad se presentó —con beneplácito— como una suerte de outsider-Dalái Lama, todopoderoso, capaz de cambiarlo todo. Ya no somos ingenuos. No fue así. No podrá ser así.
Mis respetos a María Corina Machado. Por su coraje. Por su consecuencia. Por no tomar el camino fácil ni el discurso cómodo. Por dar una batalla democrática en un país donde disentir puede costarte la vida.
Y si de Nobel se trata, que no le tiemble la voz a nadie al decirlo: hay pocas personas en el mundo que representen con tanta claridad la paz como quienes defienden la libertad bajo amenaza.
Jara se equivocó. Gravemente y perdió.