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El corazón y la izquierda

La izquierda que observo en redes piensa al revés: primero el antiimperialismo, luego la soberanía, después la no injerencia, y al final —si queda espacio— las personas. Como si el principio abstracto pesara más que los cuerpos. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.

Mi corazón está a la izquierda. Siempre lo ha estado. He votado toda mi vida por alguna de sus variantes. Mi manera de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la propia izquierda: de Camus a Orwell, de la justicia social a la sospecha permanente frente al poder. Y sin embargo, descubro que lo que hoy me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente eso: el corazón.

Hay en parte de la izquierda contemporánea un reflejo automático, casi pavloviano: atacar todo lo que venga del enemigo y celebrar cualquier cosa que provenga del amigo. Un dualismo infantil que reduce la política a una pelea de barras bravas. No es una caricatura reciente. Es una doctrina conocida, formulada con rigor por Carl Schmitt, jurista brillante y nazi confeso: la política entendida como la distinción absoluta entre amigo y enemigo. Moralmente empobrecedora. Estratégicamente desastrosa.

Porque si dejamos la defensa de la democracia y los derechos humanos en manos de Trump o Rubio, después no tenemos mucho derecho a quejarnos. Sus credenciales democráticas son más que dudosas. Pero si la izquierda renuncia a esos valores cada vez que quien actúa no le gusta, termina defendiendo exactamente lo contrario de lo que dice defender. Si la izquierda defiende ideas de derecha, quizá no sea tan de izquierda. Y si los locos se apropian del sentido común —del hombre común, del proletario— tal vez los cuerdos no lo estén siendo tanto.

Por eso mi reacción ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provoca —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que han vivido años atrapados en una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no vieron crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién. Por los torturados en El Helicoide. Por los exiliados que llevan demasiado tiempo aprendiendo a vivir lejos.

La izquierda que observo en redes piensa al revés: primero el antiimperialismo, luego la soberanía, después la no injerencia, y al final —si queda espacio— las personas. Como si el principio abstracto pesara más que los cuerpos. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.

Este reflejo se repite una y otra vez. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, lo urgente es denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los yihadistas lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.

Aquí conviene ser coherentes. Yo celebré —y celebro— que Pinochet haya sido detenido en Londres por orden de un juez español. Nunca pensé que la soberanía nacional fuera un argumento válido para blindar el crimen. Nunca creí que las fronteras fueran sagradas cuando se trata de tortura, desaparición o asesinato. Y no puedo ahora, cuando se trata de mis hermanos venezolanos, descubrir un súbito amor por fronteras que, frente al dolor y el hambre, son siempre más esponjosas de lo que parecen.

Entiendo la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no logro entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un “pero” listo antes que un abrazo.

Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero la historia enseña otra cosa: pocas dictaduras caen sin presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y tras el fraude brutal de julio, esta salida —con todas sus ambigüedades— es de las menos sangrientas.

Hoy los venezolanos celebran. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos. Mañana habrá tiempo para analizar, criticar y desconfiar. Hoy, solo hoy, déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.

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