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El evangelio según Kast

Judith Marín, la otra Marín, es entonces más que una ministra: un desafío. No parece importarle demasiado al presidente que justamente por su pasado la oposición no la deje actuar con ningún margen de libertad.

En una de sus primeras campañas parlamentarias, la actual ministra de la Mujer y Equidad de Género, Judith Marín, se presentaba a sí misma como “la otra Marín”. Todo para que no la confundieran con Gladys Marín, la histórica líder del Partido Comunista. La precisión no era del todo baladí. Después de todo, Judith Marín también hizo sus primeras armas en la USACH, donde también empezó a ser dirigente Jeanette Jara. Judith y Jeanette, como Gladys, son nombres que se salen de los tradicionales Paula, Carolina, María o Pía del barrio alto. Señal de clase, de pertenencia. Signos de pertenencia a ese mundo, el popular, de donde el Partido Comunista solía sacar a sus mejores dirigentes y donde ahora recoge a duras penas algún voto.

Quizás eso explique la reacción destempleada de Karol Cariola, que viene del mismo mundo, ante el nombramiento de la otra Marín. La llamó nada menos que “exorcista”, quizás para exorcizar el hecho cierto de que Judith, en otro tiempo, podría haber sido de la Jota. Señal de que en ese mundo que les pertenecía, la Jota, el PC y en general la izquierda han ido perdiendo terreno a manos del evangelismo radical, del que Judith es la primera representante ministerial en la historia de Chile.

Lo cierto es que hay entre el comunismo chileno y el evangelismo, eso que se llama vulgarmente “canutismo”, más de una semejanza. El catolicismo, el socialismo o la socialdemocracia entregan una guía vaga, una visión más o menos flexible de la fe o la militancia. Mientras tanto, el evangelismo radical y el comunismo te dan respuestas unívocas, urgentes, prácticas a cualquier duda. Es la razón por la que los presos en las cárceles lo adoptan cuando quieren encontrar redención. Es la razón por la que se hacen comunistas también los que quieren dejar de dudar tanto. La razón por lo que ambos, el evangelismo y el comunismo, logran que sus militantes lleguen a la hora, cumplan con sus misiones, influyan donde deben influir y sean luego expulsados, desterrados, erradicados de sus propias iglesias o comité central cuando cambian los lideres irrevocables del grupo.

Claro que en el comunismo no hay Dios, pero hay Marx, que en las fotos se parece bastante al Dios de Miguel Ángel. Los dos necesitan fe y dogma, pero sobre todo entregan lemas, campañas, batallas que se ordenan en una orgánica comunicada desde arriba: en el partido, a través del Comité Central; en el evangelismo, a través de diversos pastores influyentes que forman una red de familias que suele pelearse para unirse después. Los lideres evangélicos dejan de serlo solo cuando los pillan robando o retozando con menores de edad, los lideres comunistas ni siquiera después de pasar por esos escándalos dejan de ser lideres de su colectividad.

Todas las religiones son políticas, porque ninguna renuncia a administrar los bienes, deberes y placeres de este mundo. Algunas, como el judaísmo, el cristianismo ortodoxo y el catolicismo, llevan tanto tiempo haciendo eso que han adquirido cierta flexibilidad involuntaria. El islam y el protestantismo, hijos más jóvenes del árbol de las religiones, no se permiten esos dislates. La vida privada no existe para ellos porque implica que esté privada de Dios, y Dios tiene que estar para ellas en todas partes. Las dos son fundamentalmente fe de izquierdas, en el sentido de que creen en lo colectivo, en la repartición de bienes. Pero no son ni pueden ser liberales, en gran parte porque crecieron en lucha justamente contra el liberalismo.

Judith Marín es evangélica, y eso no debería por cierto ni alarmar ni escandalizar a nadie. Pero nadie podría pensar que este es solo un asunto espiritual. La fe de Judith Marín siempre ha sido una militancia, y su militancia es parte esencial de su fe. Fue parte del equipo del diputado Eduardo Durán, uno de los líderes del evangelismo político chileno. Es secretaria general del Partido Social Cristiano, el representante de esta corriente que ya domina la política brasileña y norteamericana, y tiene un poder enorme en México y toda Centroamérica. Judith, aunque profesora, es ante todo un cuadro político de esta avanzada. Preparada, resistente. No es una feligresa sino que predica en el templo. Ni menos anda con una guitarra cantando en la calle. No es el pastor Soto, pero no es lo contrario. Más bien es su versión razonada, pero no más racional y es por eso más efectiva e implacable.

En julio de 2017, cuando el Senado votaba la ley de aborto en tres causales, Judith irrumpió en las tribunas con un grupo de jóvenes evangélicos. Sostenía un cartel que decía “Vuélvete a Cristo” y gritaba consignas hasta que Carabineros la desalojó. Ese mismo año, escribió una carta al CNTV defendiendo las declaraciones de un exchico Yingo que aseguraba haberse “curado” de la homosexualidad gracias a la fe cristiana. “No creemos correcto que se fomente la homosexualidad en Chile”, escribió entonces, pidiendo que se mostrara la heterosexualidad como “una forma de vida sexual válida”.

Esa militancia tiene como centro la libertad de los cuerpos de las mujeres, además del estatus de la homosexualidad. Probablemente los consensos que la sociedad chilena ha alcanzado en ambos temas no dejen a la ministra —joven, enérgica, articulada— moverse demasiado. Pero no deja su nombramiento de ser una provocación.

Una provocación entre otras que el presidente electo nos reservó: el nombramiento de dos defensores de Pinochet y su esposa en carteras que tienen que ver con su legado. El nombramiento de un experto en evadir o justificar elusiones en Hacienda. El nombramiento de una sancionada por dopaje en Deporte. El nombramiento de un polemista de pocos amigos en Vivienda. El nombramiento de dos exministros de la Nueva Mayoría en Energía y Agricultura.

La provocación parece ser lo único que une los nombramientos dispares. Provocaciones felices también, como el nombramiento de la primera mapuche de la historia, o anecdótico como el de la hermana del cardenal en funciones. Esto, por cierto, sin contar con el nombramiento de una ex cantante y polemista sin ninguna experiencia política como vocera, o el nombramiento en puestos clave de una serie de expertas jóvenes y sesudas con menos calle que Venecia en plena inundación. Provocación también —quizás feliz— es el nombramiento en Seguridad de una exfiscal sin tampoco historial político. Falta de experiencia que parece querer equilibrar los dos únicos ministros que uno podría llamar de emergencia, que son García Ruminot y Claudio Alvarado.

Judith Marín, la otra Marín, es entonces más que una ministra: un desafío. No parece importarle demasiado al presidente que justamente por su pasado la oposición no la deje actuar con ningún margen de libertad. Pareciera que justamente se la puso ahí para eso: para indignar a la oposición y hacer que esta despliegue su impaciencia e intolerancia. Es lo que ha hecho estos días: indignarse, insultar, preocuparse, con ese toque de clasismo que ha sido la ruina de la nueva izquierda.

Después de todo, quizás Kast haya comprendido mejor que nadie las lecciones que todos los días nos imparte Donald Trump y que sigue a pie juntillas su discípulo Milei: La política no consiste hoy en hacer sino en ser, no en decir sino en responder, no en proponer sino en indignar.

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Luis Bellocchio

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio