En salud, las palabras importan. No solo porque describen la realidad, sino porque la construyen. Nombrar mal no es un error menor: puede transformarse en un riesgo sanitario. Hoy, en Chile, estamos frente a una discusión pública y legislativa que parece técnica, pero que es profundamente ética y política: ¿Quiénes pueden ejercer la gestión del cuidado? Y, sobre todo, ¿es lo mismo gestionar el cuidado que cuidar?
La respuesta es clara, aunque incómoda para algunos: no, no es lo mismo. Y confundir ambos conceptos puede afectar directamente la salud, la seguridad y los derechos de las personas.
Cuidar es una acción humana profunda, relacional, cotidiana. Todos cuidamos: cuidamos a quienes amamos, acompañamos, sostenemos. El cuidado, como acto humano, es universal. Pero la gestión del cuidado es otra cosa. No es un gesto ni una buena intención: es una función profesional compleja, con bases científicas, éticas y disciplinares específicas. Es un modelo avanzado de práctica en salud, no una tarea intercambiable.
La evidencia internacional es contundente. La gestión del cuidado corresponde a un modelo holístico y centrado en la persona y su entorno, que integra valoración integral, planificación personalizada, coordinación entre niveles asistenciales —hospital, atención primaria y comunidad—, educación para el autocuidado y seguimiento continuo. No se trata solo de hacer, sino de articular, priorizar, decidir y anticipar riesgos a lo largo de todo el ciclo vital labor que históricamente se ha elaborado por la disciplina de enfermería y ha estado bajo la responsabilidad de las enfermeras(os) universitarias(os).
Cuando esta gestión es liderada por enfermería, los resultados son claros y consistentes: disminuyen los ingresos hospitalarios y los reingresos, baja el uso de servicios de urgencia, se reduce la mortalidad y mejoran la calidad de vida y los resultados clínicos de los pacientes. En enfermedades crónicas específicas, como la enfermedad renal, los modelos liderados por enfermeras mejoran síntomas, sueño, energía y salud global. Revisiones internacionales muestran que las intervenciones de enfermería, como la educación, el manejo de la medicación, la prevención de caídas, el control del dolor y el cuidado de heridas, mejoran la seguridad, la adherencia y los resultados en salud.
Nada de esto ocurre por azar. Ocurre porque la gestión del cuidado es parte del núcleo disciplinar de la enfermería. Desde el primer año de formación universitaria, la enfermería se estructura sobre una filosofía del cuidado, con bases disciplinares sólidas que integran las teorías de enfermería, modelos disciplinarios en conjunto con anatomía, fisiología, fisiopatología, farmacología y cuidados en todas las etapas del ciclo vital, considerando mujeres y hombres, infancia, adultez y vejez, así como contextos familiares y comunitarios. La gestión del cuidado no aparece al final de la carrera ni como un complemento administrativo o curso único, atraviesa toda la malla curricular, especialmente en la formación en liderazgo, gestión clínica y toma de decisiones complejas.
Esta formación no existe en otras carreras de la salud. No porque estas sean menos relevantes, sino porque sus focos disciplinares son distintos. Pretender que cualquier profesional pueda ejercer la gestión del cuidado es desconocer décadas de desarrollo académico, científico y clínico de la enfermería. Y más grave aún: es poner en riesgo la salud de las personas, al delegar decisiones críticas en profesionales que no han sido formados para gestionar el cuidado de manera integral, continua y segura en todo el ciclo vital.
Aquí es donde el uso irresponsable de sinónimos se vuelve peligroso. Decir que “todos cuidamos” —lo que es cierto— no autoriza a afirmar que “todos pueden gestionar el cuidado”. Llevar ese argumento al extremo lógico, revela su contradicción: si cuidar y gestionar el cuidado fueran lo mismo, entonces la formación especializada, la evidencia acumulada y la historia disciplinar serían irrelevantes. Y no lo son.
La historia importa. La enfermería cuenta con más de 160 años de desarrollo desde la fundación de la primera escuela profesional por Florence Nightingale en 1860. Desde entonces, la disciplina ha construido un cuerpo de conocimiento propio, sustentado en evidencia científica, que ha demostrado ser un pilar de los sistemas de salud en el mundo. En Chile, desde la década de 1990, la creación de subdirecciones de enfermería en el sistema público y privado consolidó una gobernanza especializada del cuidado, fortaleciendo la calidad, la seguridad del paciente, la investigación y la formación continua.
En esta línea, enfermeras con amplia trayectoria clínica y de gestión, Myriam Gálvez, Pamela Ortiz y Alejandra Castillo, señalan en una entrevista reciente que “el profesional de enfermería, en su rol de gestor del cuidado, articula el trabajo del equipo de salud —técnicos y universitarios— con una visión holística orientada al bienestar del paciente, la familia y la comunidad, en concordancia con estándares internacionales”. Agregan que esta autonomía en la gestión del cuidado no solo ha permitido mejorar la calidad y seguridad de la atención, sino también formar a otros profesionales y técnicos, y fortalecer la educación de pacientes y familias, con impacto directo en los sistemas de salud.
Por eso no es menor que la presidenta nacional del Colegio de Enfermeras, Andrea Rastello Pizarro, haya sido categórica al rechazar indicaciones recientes al proyecto de modificación del Código Sanitario: “Las indicaciones aprobadas no fueron consensuadas con nuestro colegio y no compartimos ni su contenido ni su orientación respecto a la gestión del cuidado”. No se trata de una defensa corporativa, sino de defender la seguridad de los pacientes y la calidad del sistema de salud.
Pensar en delegar la gestión del cuidado a profesionales sin la formación disciplinar correspondiente no es solo una mala decisión técnica. Se convierte en una forma de expropiación del quehacer enfermero y, al mismo tiempo, una vulneración de derechos fundamentales: el derecho de las personas a recibir una atención segura, continua y de calidad, gestionada por quienes han sido formados para ello.
El Consejo Internacional de Enfermeras (ICN) es la organización que representa a las enfermeras y enfermeros del mundo. Reúne a los colegios y asociaciones nacionales de más de 130 países y define estándares internacionales sobre qué es la enfermería, cómo se ejerce y cuál es su rol en los sistemas de salud. El Consejo Internacional de Enfermeras lo ha reafirmado recientemente al redefinir la enfermería como una disciplina que integra cuidado, liderazgo, gestión, investigación y toma de decisiones complejas en contextos clínicos y comunitarios. No como funciones separadas, sino como un todo inseparable orientado a proteger la vida, la dignidad y la salud de las personas.
Un sistema de salud se juzga por cómo cuida cuando nadie puede defenderse solo. Confundir cuidar con gestionar el cuidado es banalizar una función que sostiene la vida en su fragilidad. La gestión del cuidado no pertenece a quien la reclama, sino a quien puede ejercerla con responsabilidad ética, conocimiento científico y compromiso con las personas. Defenderla como patrimonio de la enfermería no es un acto corporativo, es una forma de responsabilidad moral con la sociedad.