Antes liderados por Mario Marcel y ahora por el ministro Nicolás Grau, desde el gobierno se han esmerado en hacer todo tipo de malabares retóricos para convencernos de que su manejo económico no ha sido un rotundo fracaso.
Argumentos sumamente creativos e inéditos nos han acompañado prácticamente desde que se instalaron en La Moneda hace muy largos cuatro años.
En el Frente Amplio son así: tienen alergia a la verdad, a los datos, a la evidencia. Y les encanta el exceso verbal.
Pero, a todos nos llega la hora. Hay un momento que la realidad se agolpa y no hay, aunque se quiera, cómo torcerla o maquillarla, pese a que se haga el ridículo en el intento.
Eso ocurrió esta semana con el último informe del Consejo Fiscal Autónomo en el que afirma que “la gran magnitud del incumplimiento de la meta de Balance Estructural” obedece a “errores reiterados y significativos” por parte de las autoridades responsables, es decir, Marcel, Grau, la mejor directora de Presupuestos de la historia y todo el resto.
Sí, es un informe técnico, evacuado por una institución autónoma y conformada por especialistas en la materia, pero también se parece bastante a un certificado de defunción económica y financiera de la administración Boric.
Porque lo que describe el Consejo Fiscal Autónomo no es un simple tropiezo estadístico ni un problema menor de archivos mal digitados. Es algo mucho más profundo: el fracaso de una conducción económica que, durante cuatro años, prefirió la narrativa al rigor, el voluntarismo al cálculo y la retórica al ajuste oportuno.
Los números, que suelen ser bastante menos ideológicos que los discursos, son brutales.
Como subraya el propio Consejo, el de este gobierno es el mayor desvío registrado en un año sin crisis económicas, sin pandemias, sin terremotos devastadores y sin ningún evento extraordinario que pueda servir de excusa.
Es decir, el caos fiscal ocurrió en plena normalidad y con la complicidad de sus ejecutores.
Más aún, el informe es demoledor en otro punto: Chile lleva tres años consecutivos incumpliendo sus metas fiscales. No estamos frente a un accidente, sino frente a un patrón, porque cuando algo se repite tres veces deja de ser un error. Pasa a ser un método, una forma de hacer las cosas, en la que no importan las consecuencias, tal vez por la frivolidad de saber que, por su situación de privilegio, no se sufrirán los efectos.
El Consejo identifica cuatro razones principales detrás del desastre. La primera es particularmente reveladora: errores reiterados y significativos en la proyección de ingresos fiscales. En 2025 los ingresos efectivos resultaron 2% del PIB inferiores a lo proyectado. Un error que equivale a unos US$7.000 millones.
No es una diferencia marginal. El gobierno calculó ingresos que después no existieron. O, pero aún, sabía que no existirían.
Dicho de otra manera: cuando los ingresos caían, el gasto seguía creciendo irresponsablemente.
La regla fiscal chilena -que durante décadas fue motivo de orgullo y ejemplo internacional- no descansa en la existencia de metas escritas en un documento. Descansa en algo mucho más elemental: la voluntad política de ajustar el gasto cuando los ingresos se deterioran.
Eso, según el Consejo Fiscal Autónomo, simplemente no ocurrió.
Y ahí está la raíz del problema.
Porque gobernar la economía no consiste en tratar de explicar por qué las cosas salieron mal, sino en evitar que salgan mal.
Por supuesto, desde el gobierno intentarán relativizar el informe. Dirán que se trata de estimaciones técnicas, que el contexto internacional fue complejo, que la herencia recibida era difícil, que la economía mundial atravesó turbulencias, que el precio del cobre, que la inflación, que la luna llena. Que el gobierno anterior, que el gobierno que viene.
Algo dirán.
Siempre dicen algo.
Pero hay un pequeño detalle que complica ese libreto. El informe no proviene de la oposición, ni de un think tank ideológico, ni de un columnista malintencionado. Proviene de una institución creada precisamente para evitar que la política fiscal se transforme en un ejercicio de autoengaño militante e ideológico.
Y cuando ese organismo habla de errores reiterados, de desvíos históricos y de correcciones que nunca ocurrieron, lo que está haciendo no es opinar. Está diagnosticando en base a información, a datos.
Por eso el documento se parece tanto a un certificado de defunción.
No porque describa una catástrofe inmediata, sino porque deja establecido algo mucho más lapidario para el relato oficial: que el manejo económico del gobierno de Gabriel Boric fue, simple y llanamente, un gran fracaso.
Porque cuando un país pasa todo un gobierno incumpliendo sus metas fiscales, calcula ingresos que después no existen y sigue gastando como si nada ocurriera, lo que hay no es mala suerte ni un problema técnico. Lo que hay es incompetencia. Y de esa, a estas alturas, Boric y los suyos nos dieron pruebas más que suficientes. Eso también es un dato.