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Domar al León: Kast y la tentación Milei

Milei era en esta ceremonia un invitado más, pero terminó siendo algo más: una tentación, un espejo y un delirio. Lo que vimos en el Congreso ese día no fue solo diplomacia ni protocolo. Fue fanatismo.

Al final tuvimos derecho los chilenos a un cambio de mando sosegado y republicano, de esos que nos explican quiénes somos y quiénes sobre todo no somos. Gabriel Boric, que sabe de signos y señales más que Marcel Marceau, se prodigó en una pantomima que tiene la ventaja de ser sincera. Sonrió más que nadie, se puso más serio que nadie y terminó llevando a su hija Violeta en los brazos a la salida del Congreso. Como si ese fuese su mayor logro de estos cuatro años: ser padre, es decir humano, es decir responsable. Nadie negará que esa es al final su herencia — que el país no se refundó en ningún sentido y se reconcilió en muchos.

Para el presidente que asume, esa tranquila restauración de los símbolos patrios no es del todo la buena noticia que es para los chilenos. Su programa se resume a eso, y solo a eso: la restauración, el retorno a la senda del crecimiento y el progreso en paz de los años noventa. Que ese proceso sea tan irreversible como imposible (no estamos en ningún sentido en los años 90) desnuda la falta de cualquier objetivo propio.

Eso explica el incomprensible intento de tensionar una transición que hasta entonces transcurría en paz. Cable chino, explicaciones ídem, mentiras y medias verdades. La última reunión protocolar entre el presidente saliente y el entrante no tuvo lugar porque, sin previo aviso, José Antonio Kast estimó más urgente reunirse con Javier Milei. Milei se dio el lujo de no llegar a esa reunión matinal. Cuando finalmente apareció en Valparaíso, hizo lo posible e imposible para opacar al presidente entrante: le dio un abrazo sentido a Johanne Kaiser y posó para todas las fotos que pudo.

No tiene la culpa nada en Milei es discreto. Su pelo aleonado, sus ojos agujereantes, su hermana Karina —acompañante eterna, primera dama de facto, ministra de todo, tarotista y astróloga oficial del reino— y su mandato donde se conjuga un ajuste fiscal draconiano con un infierno social, sazonado de conciertos de rock presidenciales y torneos de insultos a sus propios congresistas. Milei se identifica a sí mismo como un león. Y lo cierto es que solo en una selva podría gobernar un personaje como ese.

¿Es Chile una selva parecida a la argentina? ¿Es Kast un león o siquiera un felino? El manual MAGA exige dos cosas: la desesperación de un país dispuesto a cualquier cosa y un líder capaz justamente de cualquier cosa. Kast a veces es ese líder y se atreve al desplante y el desaire. Pero ese día en el Congreso fue otra cosa. Saludó a todos con una amabilidad casi excesiva, de niño bien criado que no puede evitar serlo. Con Boric intentó cierta frialdad protocolaria que no le salió del todo natural — le duró lo que dura una pose cuando el cuerpo no la acompaña. Su sonrisa estuvo siempre a media asta, la felicidad nunca del todo feliz. Hay algo en su mirada, una inocencia incómoda, que sugiere que nunca salió del todo de la infancia — una infancia en que, seguramente, ya era adulto. El más aburrido de los presidentes aburridos que hemos tenido. Un aburrimiento que es quizás una de las peticiones más profundas del país, cansado del vértigo de repensarse a sí mismo cada cuatro años.

Milei era en esta ceremonia un invitado más, pero terminó siendo algo más: una tentación, un espejo y un delirio. Lo que vimos en el Congreso ese día no fue solo diplomacia ni protocolo. Fue fanatismo. La derecha chilena miraba a Milei como si fuera una mezcla de Margot Robbie y Timothée Chalamet: la estrella que por fin llegó a nuestra ciudad de provincias. Una adoración de esa intensidad solo la había conseguido Menem en los noventa, Fujimori en la misma época — dos nombres que deberían funcionar como vacuna y funcionan como nostalgia. Menem dejó Argentina en default, Fujimori terminó en la cárcel. El entusiasmo de la derecha por Milei es exactamente del mismo orden que el que sintió la izquierda latinoamericana por Chávez o los Kirchner en sus momentos estelares. El mismo fervor, la misma ceguera, el mismo desprecio por los que advertían. Todos los fanatismos se parecen en el momento del éxtasis. Solo se diferencian en el momento de la resaca.

Y sin embargo toda la derecha lo admira ciegamente por su espectacular ajuste. Una admiración ciega porque olvida que la inflación chilena —3,5% en 2025— es la que Argentina soñaría poder siquiera soñar. Lo mismo la productividad, el empleo o la libertad económica. Cifras que prueban no solo que Chile no necesita un Milei sino que ya lo tuvo, y se llamó Mario Marcel: el tecnócrata que heredó una economía con inflación de dos dígitos y la devolvió a la meta del Banco Central. Conclusión que la mezquindad —otra clave esencial de la política MAGA que nadie aplica mejor que el propio Milei— no permite sacar.

¿Qué Bolloco le podemos mandar a Milei para sellar nuestro amor por él? ¿Probará nuestro Blanca Nieves esa manzana envenenada? Porque Kast quiere ser la reina malvada de este cuento y no puede — su cara, su sonrisa a media asta, esa inocencia incómoda no se lo permiten. Las semanas previas al cambio de mando indicaron que estaba a punto de morder. El cambio de mando mismo pudo hacernos sentir que ese peligro se alejaba. Kast en la testera fue lo que siempre ha sido: una taza de leche que a veces se agria pero sigue siendo sana y nutritiva. Un buen niño hijo de los rigores de la inmigración, conservador en el buen y mal sentido de la palabra pero finalmente bien intencionado.

No sabemos cómo actúa ese extraño resplandor que asiste a los que reciben la banda y la piocha de O’Higgins. Esperamos que una vez más tengamos un presidente que quiera a Chile más de lo que se quiere a sí mismo. En la tarde del cambio de mando tenemos buenas razones para pensar que será asi, y buenas intuiciones para temer lo contrario.

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