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Inspirar o imponer

La desvinculación puede ser justificada y la decisión, difícil. Pero este tipo de decisiones necesitan algo más que convicción para ser ejecutadas.

La solicitud de renuncia a la directora de SernamEG ha sido leída casi exclusivamente en clave de empatía. Y con razón: es difícil no advertir la dureza de una decisión que afecta a una mujer con cáncer de mama en tratamiento. Sin embargo, reducir el episodio a una falta de sensibilidad, aunque sea evidente, es quedarse en la superficie.

El problema es más profundo. Partamos por una distinción incómoda, pero necesaria. La remoción de una autoridad por pérdida de confianza no es, en sí misma, cuestionable. Cargos como la dirección de SernamEG no son meramente técnicos aun cuando la designación resulte de procesos reglados de ADP. Este tipo de cargos están atravesados por definiciones valóricas, por orientaciones políticas y por una determinada concepción de lo que significa “gobernar para las mujeres”. Pretender que quien ocupa ese rol pueda estar completamente disociada del proyecto del Ejecutivo de turno es, en el mejor de los casos, ingenuo. Incluso más: tampoco es trivial el hecho de que un cargo altamente demandante sea difícilmente compatible con un tratamiento invasivo como una quimioterapia. Nada de esto puede simplemente ignorarse y por eso, en abstracto, la decisión de la ministra Marín tiene fundamentos.

Pero precisamente porque las reglas generales pueden ser defendibles, su aplicación exige prudencia. Y es ahí donde este caso falla. Gobernar no es solo tener criterios; es saber cuándo esos criterios deben ceder frente a las circunstancias concretas. Aquí no se muestra gradualidad, ni cuidado, ni sentido de proporción. Solo se conoce la decisión sin relato, lo que revela, por de pronto, una nueva torpeza estratégica. La situación se hace pública a partir de los posteos de la directora en los que manifiesta su molestia, y el gobierna luego solo confirma, notifica. El relato de la directora puede ser veraz o no serlo. La funcionaria pudo rechazar el diálogo razonable e, incluso, estar dispuesta a usar su enfermedad como escudo político. Pero si fuera así, un gobierno que adopta una decisión de este tipo debiera anticipar el conflicto, construir un relato, explicar sus razones y, sobre todo, hacerse cargo del contexto humano en que actúa. Así por lo demás, lo ha hecho el Presidente con éxito en sus alocuciones recientes en materia de violencia y disciplina escolar y familiar. Ideas claras, con empatía.

Dicho lo anterior, creo que el punto más relevante en este caso no es ni la decisión ni su mala ejecución, sino lo que ambas cosas revelan en conjunto. Existe hoy, en ciertos sectores, una relación problemática con la idea misma de mediación política. Como si la convicción bastara. Como si tener razón (cuando se cree tenerla), hiciera innecesario explicar, persuadir o incluso empatizar. La comunicación aparece entonces como un accesorio o una concesión, y no como lo que es en realidad: una dimensión constitutiva del ejercicio del poder en democracia.

Por eso pareciera que éste no es, en rigor, un problema puramente comunicacional, sino un asunto político más profundo y el déficit comunicacional solo un síntoma. Cuando un gobierno no siente la necesidad de construir puentes entre sus decisiones y la experiencia concreta de las personas, entre su visión y la del adversario político (que está de buena fe), lo que está en juego no es solo la forma, sino el modo mismo de concebir la autoridad. En este sentido, este episodio es particularmente elocuente porque en el ámbito de las políticas dirigidas a las mujeres, el gobierno ha intentado marcar distancia de un “feminismo ideológico”, reivindicando en cambio preocupación por las “mujeres reales”. La pregunta que queda abierta es incómoda: ¿qué puede haber más real que una mujer enfrentando una enfermedad grave mientras intenta sostener su vida laboral? Insisto, la desvinculación puede ser justificada y la decisión, difícil. Pero este tipo de decisiones necesitan algo más que convicción para ser ejecutadas.

Porque en política no basta con tener la razón: el liderazgo exige comunicar para ejecutar; necesita inspirar, para que la ciudadanía pueda adherir y no deba solo, acatar.

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