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Trinidad Steinert: Manos de tijera

Llegó con credenciales sólidas al Ministerio de Seguridad, pero un mes después ha incomodado a ambas policías, ignorado al Senado y disuelto el equipo técnico. Gobernar no es lo mismo que perseguir.

Todos tenemos derecho a empezar mal. Muchas veces incluso empezar mal es la mejor manera de acabar bien. Nadie duda de que las primeras horas, los primeros días, e incluso la primera semana entera de Trinidad Steinert a cargo del ministerio de seguridad fueron un desastre. Lo único que se discute es si ese desastre fue fruto de la ignorancia, el atarantamiento o algo mucho más grave que no me atrevo siquiera a escribir aquí.

Lo cierto es que su apuro por expulsar a Consuelo Peña, y su empeño en averiguar antecedentes sobre algunos policías y otros no, llevó a los malpensados a hablar de una historia de amor inconclusa, y otras aventuradas teorías. El director de Investigaciones, en unas declaraciones que todos fingieron apenas creer, aclaró el punto. Por el bien de la seguridad pública, o por otorgarle a la recién llegada al menos el beneficio de la duda, todos dimos por superadas esas semanas olvidables.

Pasadas las semanas, para llegar al mes, sabemos algo que solo sospechábamos entonces. Esos equivocados actos administrativos eran solo una muestra de quizás lo que sea el único defecto de esta competente fiscal, enérgica y comprometida como pocos: su carácter. Arrebatada es lo que dicen los que quieren quererla. Enérgica prefieren decir otros, pero quizás para ser más precisos: “tincada”, subjetiva, arbitraria, caprichosa, tempestuosa, apasionada, incontinente.

Nadie puede dudar que la ministra tiene el look adecuado para el cargo. Con un vestuario y un maquillaje que parece sacado de la Familia Addams (o de Los Monsters, la serie de televisión), transmite urgencia, preocupación, severidad, temor. Nadie puede dudar tampoco que esta abogada de la Universidad Central sabe de leyes, aunque ha demostrado con creces no conocer las que rigen su ministerio. Nadie puede ignorar que sabe de crimen organizado, aunque pareciera empeñada en regalarle tiempo para organizarse mejor. Nadie puede pensar que no conoce el tejemaneje de la policía, pero ha logrado poner incómodos al mismo tiempo a Carabineros y a la Policía de Investigaciones. Nadie puede pensar que no sabe lo que hace, pero ha logrado que nadie sepa muy bien hacia dónde quiere ir.

Fue una exitosa fiscal en el norte, en eso sí que todos están contentos. Pero conviene mirar con más detención ambos antecedentes. El Ministerio Público es desde hace tiempo un órgano de lucimiento personal de los fiscales, al que uno puede encontrarle muchas cualidades, entre las cuales no están la seriedad ni la prudencia. Es cosa de mirar al fiscal Guerra, ayer una estrella de la institución. Por supuesto hay mucha gente ahí que hace bien su trabajo, pero su trabajo suele consistir en convocar a tiempo a la prensa para verlos realizarlo. Steinert tuvo, nadie tampoco lo puede negar, resultados concretos y visibles en la lucha contra el crimen organizado y el nunca bien ponderado Tren de Aragua. Los logró justamente porque trabajó velozmente, enérgicamente, en el norte donde todo es posible y donde nadie es demasiado escrupuloso con los procedimientos. Los logró porque no hizo política, y le guste o no, ahora su trabajo es político.

Este último es quizás el error. No su error sino el error de quienes la nombraron: el desprecio a la política y a los políticos. Es lo que le echó en cara el senador Carter, el hombre que quería ese ministerio y que estaba llamado justamente a defenderla y celebrarla más que nadie. Dejar plantado al Senado es un error político, y cometer un error político en un ministerio cuyo domicilio está al lado de La Moneda es un error central. Lo es al mismo tiempo desconocer, al disolver la Unidad Estratégica del ministerio, a los técnicos.

La suma de ambos desprecios, el desprecio por la política y el desprecio por la técnica, habla de una seguridad total de la ministra en sus propias habilidades o de un respaldo también total del presidente. Una redada exitosa y una expulsión bastante rutinaria de inmigrantes juegan a su favor. Pero los dos procedimientos prueban más bien una continuidad que un cambio. De pronto, milagrosamente, la inmigración venezolana parece haber dejado de ser un problema. Una zanja parece haber solucionado de una vez la inmigración descontrolada. Milagros que se explican porque quizás esos problemas nunca lo fueron del todo, o lo fueron en la medida en que la política exageró, por puro beneficio demagógico, sus consecuencias. 

Pero siguen quemando en el sur, y en los colegios una violencia inorgánica se ha hecho costumbre, y siguen matando impunemente en todo Chile. La urgencia sigue siendo urgente pero no está donde se supone que estaba. El paciente sigue estando grave pero tiene apendicitis y no un infarto. Nada de eso se le ha comunicado al enfermo. Este sigue esperando un tratamiento equivocado que solo agrava su mal. La solución sería saber primero dónde está el problema. Poner después cara de mujer de hierro o sonreír es completamente accesorio si antes no se sabe qué está mal y por qué. Cuánto de ese miedo que todos sentimos es real, cuánto es inflado, quiénes nos asustan y por qué.

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