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Crisis narrativa en las universidades

Si las universidades reducen su relato a indicadores de renta y empleabilidad, terminarán compitiendo en el terreno donde la tecnología es más eficiente. Y en ese terreno, inevitablemente perderán.

Los desafíos que enfrenta hoy la educación superior en Chile no son solo tecnológicos. Son también demográficos, financieros y, sobre todo, narrativos. Mientras la caída sostenida de la natalidad reduce la cantidad de potenciales estudiantes —intensificando la competencia por matrícula y tensionando el financiamiento institucional—, la inteligencia artificial acelera simultáneamente la transformación del trabajo profesional. Sin embargo, muchas universidades siguen comunicándose como si aún viviéramos en los años noventa: prometen movilidad social lineal, títulos como garantía de estabilidad y empleabilidad entendida como simple inserción laboral inicial.

Pero el entorno cambió, y más rápido de lo que las instituciones parecen dispuestas a reconocer.

El debate internacional muestra que la discusión ya no es solo tecnológica. No se trata únicamente de cuánto cuesta estudiar, sino de para qué sirve hacerlo en un escenario donde la IA comienza a ejecutar tareas cognitivas que hasta hace poco justificaban la formación universitaria. La duda crece no solo por entusiasmo tecnológico, sino por experiencias concretas: egresados que no acceden a empleos acordes a su formación, trayectorias laborales fragmentadas y una creciente brecha entre expectativas y realidad.

La pregunta clave ya no es si la IA reemplazará carreras completas, sino qué capacidades humanas seguirán teniendo valor diferencial y si las universidades están formando realmente para ello.

En Chile, sin embargo, el debate sigue varios pasos atrás. La discusión pública continúa centrada en aranceles, financiamiento, acreditación o duración de carreras. Todos temas relevantes, pero cada vez más marginales frente a la inquietud que se instala silenciosamente en estudiantes y familias: la incertidumbre sobre la pertinencia de estudiar cinco o seis años una carrera cuyo campo profesional podría transformarse antes incluso de la titulación.

La paradoja es evidente. La educación universitaria sigue siendo una aspiración central de movilidad social, y la confianza cultural en ella permanece alta. Sin embargo, las certezas materiales que sostenían esa promesa se debilitan con rapidez.

Las señales son claras. En espacios digitales emerge una creciente ansiedad por el retorno económico de los estudios, el desempleo profesional y la saturación de ciertas áreas. Se instala una percepción de frustración: jóvenes endeudados, titulados trabajando fuera de su disciplina y profesionales cuyas habilidades quedan obsoletas con rapidez.

En ese contexto, muchas universidades continúan comunicando como agencias de admisión más que como instituciones intelectuales capaces de interpretar el cambio histórico. Sus campañas enfatizan infraestructura, rankings o vida universitaria, mientras evitan la pregunta central que hoy domina la conversación: “¿Vale todavía la pena estudiar esto?”.

Ese silencio tiene consecuencias. Cuando las instituciones no ofrecen marcos interpretativos, los estudiantes los buscan en otros lugares: redes sociales, influencers tecnológicos o discursos empresariales que anuncian el colapso del trabajo profesional. Allí se instala una narrativa peligrosa para la educación superior: la idea de que el título tradicional perdió valor y que el aprendizaje autónomo o las certificaciones rápidas serían suficientes.

La IA, en ese sentido, no solo amenaza ocupaciones; también cuestiona el monopolio universitario sobre la validación del conocimiento.

A esto se suma una desconexión más profunda. Mientras las universidades abordan la inteligencia artificial como problema de plagio o regulación académica, los estudiantes la integran cotidianamente en sus procesos cognitivos: resumen textos, organizan ideas, escriben, programan y estudian con apoyo de estas herramientas. La IA ya es parte de la experiencia educativa, aunque muchas instituciones aún no lo asuman plenamente.

El resultado es una ficción institucional: autoridades que hablan de integridad académica mientras los estudiantes transforman, de manera silenciosa, sus formas de aprender.

El problema no es la falta de respuestas —nadie las tiene completamente—, sino la persistencia en comunicar certezas antiguas en medio de incertidumbres nuevas. Y las nuevas generaciones detectan rápidamente esa evasión.

Durante décadas, bastó prometer empleabilidad y prestigio para sostener la expansión del sistema. Hoy esa lógica resulta insuficiente. El desafío es reconstruir legitimidad cultural: explicar con honestidad qué capacidades seguirán siendo relevantes en un entorno automatizado, reconocer que muchas trayectorias cambiarán y asumir que el aprendizaje será continuo, no concentrado en una etapa de la vida.

Pero hay algo aún más profundo en juego. Las universidades parecen haber olvidado defender lo esencial: que estudiar no es solo una inversión laboral, sino una formación en criterio, interpretación, pensamiento crítico y comprensión de la complejidad humana. Precisamente aquello que una sociedad automatizada necesita con mayor urgencia.

Si las universidades reducen su relato a indicadores de renta y empleabilidad, terminarán compitiendo en el terreno donde la tecnología es más eficiente. Y en ese terreno, inevitablemente perderán.

La inteligencia artificial probablemente no hará obsoleta a la universidad. Pero sí puede volver obsoleta a una universidad incapaz de explicar, con claridad y convicción, por qué sigue siendo necesaria.

*Charles Rothery, socio de Subjetiva.

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