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La cultura, brazo armado de la política: el sombrero mágico de Roberto Sánchez

El fulminante ascenso de Roberto Sánchez es una oportunidad valiosa de reflexión para la política chilena. No puede seguir tan divorciada de la cultura, ignorando el patrimonio cultural, tangible e intangible, porque ello la aleja del pueblo profundo de Chile.

Gran sorpresa ha causado el fulminante ascenso político de Roberto Sánchez en Perú. Hace dos meses era escasamente conocido a nivel masivo. Sin embargo, algo ocurrió, y comenzó a crecer. En las elecciones de primera vuelta, logró un 12%, que puede ser muy poco en una elección normal; pero en la fragmentada política peruana, le alcanzó para pasar a segunda vuelta. Y en las elecciones del 7 de junio, ha logrado el 50% de los votos, quedando al borde de convertirse en presidente.

Este crecimiento se explica por varios factores, entre ellos, el sombrero que comenzó a usar, justo hace dos meses, cuando visitó a Pedro Castillo, quien también lo utilizó en su carrera política.

Esta situación ha creado un fuerte debate en torno al significado del sombrero. Jorge Agüero lo explica desde el branding político: considera que es el principal activo comunicacional de Roberto Sánchez, porque representa algo valioso para millones de peruanos. “El sombrero le permite conectarse rápidamente con una base política que ya existe”, sostiene el consultor, para el cual, el sombrero ha sido clave en su construcción de lazos con la sociedad peruana, a través de significados, recuerdos, emociones y asociaciones construidas”.

También se puede abordar un análisis desde la cultura y el patrimonio.

El sombrero de Roberto Sánchez es el mismo que usó Pedro Castrillo: se trata del sombrero chotano, producto típico de Cajarmarca, manufacturado con paja toquilla, muy utilizado por los campesinos del interior del Perú.

En realidad, se trata de un símbolo perteneciente a un colectivo mayor, conocido en Chile y Argentina con el nombre de “chupalla”, y en Brasil, como “capelina de pahla”. En portugués, la pronunciación de esa expresión suena “shu-palla”. La presencia de numerosos portugueses en las colonias españolas, se activó durante la unificación de España y Portugal bajo la misma corona (1580-1640), y continuó con la migración de artesanos y comerciantes portugueses en el siglo XVIII hacia Chile y el Virreinato del Plata.

De este modo se difundió la palabra “chupalla” en el Cono Sur de América para el sombrero de paja. La palabra chupalla aparece en las fuentes documentales chilenas entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX y ha generado un producto típico de alto valor patrimonial. Son famosas las chupallas de San Pedro de Alcántara, La Lajuela y Ninhue, esta última reconocida como Denominación de Origen en 2018, entre otras.

La chupalla forma parte de una trama profunda de la cultura regional, que se ha transmitido de generación en generación, como algo valioso que vale la pena cuidar, atesorar y proyectar. Es un fenómeno parecido a otras artesanías típicas, la gastronomía tradicional y las expresiones artísticas ancestrales. Ese universo cultural se visibiliza en las fiestas costumbristas y celebraciones del 18 de setiembre, y constituye un lugar donde las gentes del pueblo se sienten en casa, en un espacio simbólico cercano y seguro.

Resulta notable la brecha cultural, en términos de sensibilidad con el patrimonio, entre las élites chilenas y las peruanas. La clase dirigente peruana ha logrado un temprano despertar de la conciencia del valor estratégico del patrimonio cultural. En la década del 90, el gobierno de Alberto Fujimori impulsó la gastronomía peruana como herramienta de poder blando (soft power) y de proyección del prestigio internacional del Perú. Cientos de restoranes peruanos triunfan hoy en Santiago, Buenos Aires y otras ciudades del mundo, promoviendo el prestigio de su país y atrayendo turistas hacia Lima, Arequipa y otras capitales peruanas. Y ahora, Roberto Sánchez ha logrado construir un fuerte liderazgo político, para unificar sectores fragmentados, a través de un ícono cultural que ayuda a tratar de sacar al Perú de un largo periodo de crisis política. Como resultado, Perú está demostrando el profundo lazo entre la cultura y la política.

Esto deja reflexiones para la clase dirigente chilena, que ha transitado por caminos lejanos a esta sensibilidad. Muchas veces, las políticas culturales chilenas han ignorado el valor estratégico de la cultura; la han reducido al lugar el espectáculo y aspectos superficiales y decorativos, matizados con la promoción de vanguardias elitistas, sin comprender su profundidad.

La pobre concepción cultural de la política chilena se refleja en las fiestas costumbristas, donde las autoridades facilitan la invasión de productos externos de nulo valor cultural: la comida chatarra sustituye la gastronomía típica chilena; los productos industriales importados de China desplazan las artesanías auténticas chilenas; y en el escenario, la hegemonía de la música chatarra (raeggeton, cumbia), anula a los artistas locales.

¿Qué espera el Congreso para pasar una ley que reserve en las fiestas costumbristas, la intimidad profunda de Chile, el monopolio para los productos identitarios en artesanías, gastronomía y artistas?

¿Qué les cuesta reservar ese pequeño mercado para los vinos patrimoniales, como pajarete, asoleado, pipeño y chacolí? ¿Vamos a esperar que ese patrimonio desaparezca, para después llorar y victimizarnos falsamente?

Lo mismo ocurre con los productos típicos: los restoranes chilenos tienen escaso interés por exhibir y ofrecer con orgullo, los vinos locales de sus territorios, cediendo a las presiones y sobornos de las grandes marcas oligopólicas; para el pasado 15 de mayo, Día Nacional del Pisco, el principal diario nacional publicó una nota ilustrada con foto de un aguardiente extranjero, lo cual hirió las sensibilidades de miles de pequeños viticultores de Atacama y Coquimbo. En este contexto, la gastronomía chilena no logra emerger, sin que nuestros dirigentes se preocupen por ello.

El fulminante ascenso de Roberto Sánchez es una oportunidad valiosa de reflexión para la política chilena. No puede seguir tan divorciada de la cultura, ignorando el patrimonio cultural, tangible e intangible, porque ello la aleja del pueblo profundo de Chile. Y ese aislamiento genera debilidad y vulnerabilidad: en esas circunstancias, Chile queda expuesto a la llegada de aventuraros que, con mejor capacidad de sintonizar con la cultura profunda, puedan irrumpir en escena y, de la noche a la mañana, quedarse con el poder, con fines impredecibles.

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