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Roberto Merino: vago profesional

De Santiago quizás lo que rescata mejor que nadie Merino es justamente lo que la volvió su obsesión: el hecho de que esta ciudad que muestra siempre lo peor de sí misma es el lugar perfecto donde hemos ido a recalar los que nadie sabe dónde más buscar.

UDP.

La publicación simultánea de Santiago y Ciudad del Olvido de Roberto Merino podría llevarnos al engaño de leer al autor que mejor ha escrito nuestra capital como un obsesivo de la ciudad que encierra algún plan para que la habitemos mejor. Los lectores de En búsqueda del loro atrofiado, Padres e hijos, Por las ramas, Diario de hospital o esa especie extraña de novela que es Mundos habitados saben que Roberto Merino puede escribir de cualquier cosa, o incluso de nada, o de menos que nada, con la misma maestría.

El tema de Santiago apareció en Merino por una conjunción muy suya de obligación y rebeldía. Merino empezó a escribir sobre Santiago —y antes a hablar sobre Santiago— cuando todos encontraban la ciudad obligatoriamente fea. Tiempos no lejanos en que los fotógrafos se veían obligados a viajar a Valparaíso a ensayar sus máquinas fotográficas y en que los Prisioneros mandaban a Nueva York y Europa a los que no les gustaban “nuestra gente y nuestra ropa”.

Hablar de Santiago era entonces —mediados de los noventa— hablar de un no lugar o de un anti lugar. La ciudad donde terminaban, como quien termina en el purgatorio, las ilusiones del sur que confluían con las ansias mineras del norte. Colonial aunque desnuda de ornamentos de adobes y ángeles barrocos, central y al mismo tiempo descentrada, provinciana y desde siempre capital en contra de Concepción o Valparaíso que siempre se sintieron más merecedoras del lugar, para Merino Santiago no era la ciudad en que habitaba sino una forma de habitar el mundo.

Alumno del Instituto Nacional, habitante de la calle San Isidro, para Merino no era una ciudad sino la única ciudad. Recuerdo la indiferencia casi absoluta con que miró el París que traté de mostrarle. Apurado por salir de los museos y volver al departamento de Andrés Claro en que habitaba, solo admitía de Londres los lugares que ya llevaba décadas leyendo. Hizo lo posible e imposible para boicotear un viaje a Roma todo pagado y preparado. Todo lo que necesitaba estaba alrededor de la plaza Italia donde vivió de manera más o menos circunstancial en dos momentos aventureros de su vida. No abrigaba ni por esos lugares ni por ningún otro nada parecido a la nostalgia, solo le parecía que se podía vivir solo en un lugar que se conoce “de memoria” porque solo se puede vivir ahí, en la memoria. En lo que recuerda y en lo que olvida.

Para Merino todas esas ciudades habitaban Santiago, que era para él febrero de 1976, octubre de 1988, o marzo de 1997: fechas precisas de las que recuerda la temperatura, la densidad del aire, el tipo de conversación, los programas de televisión, los percances sentimentales, y a veces también algún libro o algún autor. Eso con menos obsesión que lo otro, por la antipatía natural que le provocan los bibliófilos y los bibliófagos. Nunca se le ocurrió estudiar otra cosa que literatura —en su caso en la Universidad de Chile— ni dedicarse a escribir, aunque fuera lo menos posible. Amigo de Lira, de Lihn, de Juan Luis Martínez, habría sido feliz toda su vida como escritor secreto si una serie de azares existenciales y alimenticios no lo hubieran llevado a la revista APSI, donde era conocido por sus silencios en las reuniones de pauta —que versaban sobre la convergencia socialista—, que compensaba escribiendo sobre lo que nadie más quería escribir: televisión, escritores muertos, cosas raras, cualquier cosa que pudiera llenar dos páginas impares que se habían caído de un reportaje sobre las protestas o la censura, temas estos últimos que, sin dejar de interesarle, le daban ligeramente lo mismo.

Santiago entonces llegó como una rebelión, como una forma de hablar bien de lo que nadie habla, de contar lo que solía en el universo de la cultura mirarse con despecho y con sorna. Pero también llegó como una obligación: la de la fecha de entrega, la de la página del diario —muchas veces Las Últimas Noticias, aunque el repertorio de medios en que escribió Merino es infinito—, sin la que dudo que se habría sentado a escribir ni una sola de estas crónicas. De todos sus muchos libros creo que los poemas de Transmigraciones y Diario de hospital son los únicos que no tienen fecha de entrega, aunque no son ni más ni menos libres que sus columnas.

Nadie podría quejarse menos de esta condición —la de vivir de lo que escribe, boleta a boleta— que el propio Merino, que premunido de unos grandes audífonos y una barba de profeta sin ninguna profecía que profetizar se sienta en el Tavelli sin tener a veces más que una idea vaga de lo que va a escribir y una hora o dos para entregarlo. Ayudado de una memoria prodigiosa pero sobre todo de una manera perfectamente suya y solo suya de dejarse guiar por las palabras, de seguir frase a frase sin casi enmienda ni corrección, sabiendo de antemano dónde va sin saberlo nunca del todo. Una respiración, una esquina, una manera de sentado seguir caminando sin susurro ni gritos a través de su tema, que puede ser por entero el barrio República, pero que es siempre el reencuentro con esa respiración que bebe de la infancia la novedad del instinto y de Borges el temor al impudor de esa expresión.

Escéptico pero no dudoso, enemigo de cualquier especulación urbana o rural, lo que Merino intenta recrear es lo que él mismo llama “horas perdidas”, que es más o menos lo que Pessoa llamaba el desasosiego: un estado de pérdida consciente de la conciencia del tiempo, un momento fuera de cualquier afán. Ese tiempo suspendido entre la vida y la muerte que los teólogos llaman el limbo, pero al que se le agregaría el cansancio de haber vivido, de haber pasado por todos los dolores y los placeres para quedarse simplemente en ese vagabundeo que reúne a los ancianos y los escolares haciendo la cimarra sin saber dónde ir.

Merino, que es cualquier cosa menos un revolucionario, ancla gran parte de su obra en esa desobediencia aparentemente gentil que no concede nada. Sus artículos se presentan como completamente innecesarios. La ciudad que ama es amable por todo lo que en ella ya no sirve, ya no importa, lo que de puro aparente se hace invisible. La historia no de las ruinas —culpables para Merino de un morbo adolescente— sino los impasses, las galerías, las plazoletas, un edificio del que nadie más que el autor conoce el nombre y al que le restituye justo lo que nadie espera de él: su historia.

Leer o releer cualquiera de estos dos libros, o cualquiera de los otros de Roberto Merino, dejará a cualquiera que aún lo dude la convicción clara de que el Premio Nacional de Literatura le pertenece al que mejor escribe prosa en el Chile de hoy. La justeza de su ritmo, la perfección del acabado de sus párrafos no esconden sin embargo esta condición profunda de su escritura: la libertad del que escapa haciendo en apariencia nada, o menos que nada. El que se pierde y nos pierde lejos de cualquier recorrido esperable en búsqueda del único que nos importa: lo que nadie ni nos permite ni nos prohíbe, irse y volver, volver e irse sin plan ni fecha.

De Santiago quizás lo que rescata mejor que nadie Merino es justamente lo que la volvió su obsesión: el hecho de que esta ciudad que muestra siempre lo peor de sí misma es el lugar perfecto donde hemos ido a recalar los que nadie sabe dónde más buscar.

Dejará a cualquiera que aún lo dude la convicción clara de que el Premio Nacional de Literatura le pertenece al que mejor escribe prosa en el Chile de hoy. La justeza de su ritmo, la perfección del acabado de sus párrafos no esconden sin embargo esta condición profunda de su escritura: la libertad del que escapa haciendo solo en apariencia lo que se espera de él. El que se pierde y nos pierde lejos de cualquier recorrido esperable en búsqueda del único que nos importa: lo que nadie ni nos permite ni nos prohíbe, irse y volver, volver e irse sin plan ni fecha.

De Santiago quizás lo que rescata mejor que nadie Merino es justamente lo que la volvió su obsesión: el hecho de que esta ciudad que se esconde en patios y pasillos, que muestra siempre lo peor de sí misma, es el lugar perfecto donde hemos ido a recalar los que nadie sabe dónde más buscar.

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De Santiago quizás lo que rescata mejor que nadie Merino es justamente lo que la volvió su obsesión: el hecho de que esta ciudad que muestra siempre lo peor de sí misma es el lugar perfecto donde hemos ido a recalar los que nadie sabe dónde más buscar.

Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio