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Puntapié a un balón arcoíris

Es sabido que la agenda LGTBIQ+ ya está instalada en la opinión pública y que se traduce en las más variadas acciones que realiza el Estado para evitar la discriminación. Y no es exclusivo del sector público, la empresa privada a su vez la adoptó como estrategia de inclusión y reputación.

Termina junio y con él la ya tradicional conmemoración del Mes del Orgullo, que tuvo su broche multicolor este fin de semana en masivos Pride Parade en diversas capitales del mundo, incluido Santiago, oportunidad en que la agenda LGTBIQ+ toma fuerza para exponer casos de discriminación y así avanzar en mayor inclusión. Mover la aguja es un proceso lento, pero sí persistente, y sus resultados los apreciamos hoy: las sexualidades, y todas sus expresiones, ya no son tema de debate entre las nuevas generaciones.

Y este junio es también pródigo para los fanáticos del fútbol, donde miles de espectadores se vuelcan a los estadios de los tres países sedes del Mundial 2026, a los que se suman millones de hinchas en todo el planeta que se paralizan ante una pantalla, para abogar por sus equipos favoritos, apostar, reír y llorar por partes iguales ante un gol o una jugada magistral. Y vaya que ha habido harto de eso en las últimas jornadas.

Usted me dirá qué tiene que ver ambos temas. Tienen y mucho.

Es sabido que la agenda LGTBIQ+ ya está instalada en la opinión pública y que se traduce en las más variadas acciones que realiza el Estado para evitar la discriminación. Y no es exclusivo del sector público, la empresa privada a su vez la adoptó como estrategia de inclusión y reputación. De hecho, hay mediciones que buscan determinar si esas acciones son realmente efectivas para generar un cambio cultural, o simplemente se trata de gestos simbólicos y de marketing para estar en sintonía.

Bravo por esos avances, pero aprovechemos la fiebre mundialera y veamos qué pasa si pasamos el filtro LGTBIQ+ en el deporte en general y el fútbol en particular donde aparecen sesgos y estereotipos.

Un rápido repaso nos muestra que esa agenda está, al menos, invisibilizada, un conservadurismo transversal a distintas disciplinas. Así las cosas, y salvo honrosas excepciones, “salir del clóset” en el mundo del deporte es considerado un tema tabú. Y no es que no se sepa de la vida privada de los deportistas, porque de eso abunda bastante en programas de farándula. El problema más grave, a mi juicio, es que, pese a los avances antes señalados, persistan en la actividad deportiva estructuras de poder que siguen perpetuando visiones homofóbicas y machistas.

Sin embargo, en el caso del fútbol podemos ver dos caras de una misma moneda. Mientras para las ligas femeninas se acepta con cierta naturalidad que dos mujeres sean pareja, por el lado masculino no se declaran gay ni comentarios faranduleros abiertos. Simplemente no existe, porque se teme a la reacción furibunda del hincha, los compañeros de equipo y la dirigencia. De hecho, algunos especialistas hablan de que hay “códigos de camarín”, donde el humor con doble sentido y el temor a represalias hace que muchos deportistas teman exponer públicamente su sexualidad.

El panorama futbolero se ve sombrío, aunque sí hay una leve luz a propósito de este Mundial. Borja Iglesias, seleccionado español, se pinta las uñas de negro como una forma de romper estereotipos y alzar la voz contra la homofobia. Tori Penso, árbitra central, junto a Brooke Mayo y Kathryn Nessbit, árbitras asistentes, dirigieron por primera vez un partido en una Copa del Mundo.

El viernes 26 se disputó el partido entre Egipto e Irán, ambos con muy estrictas leyes contra la homosexualidad. Seattle, sede del encuentro, celebró esa jornada el Día del Orgullo y varios movimientos locales solicitaron gestos a la FIFA, considerando lo simbólico que sería ver la bandera arcoíris flameando junto a los pabellones de naciones ultraconservadoras.

Como era de esperarse, la respuesta fue negativa, pero sí se autorizaron actividades en el entorno del estadio y que los hinchas llevaran sus propios símbolos y banderas multicolor. Esto no es menor, primero porque Irán protestó, pero además porque las manifestaciones políticas o ideológicas están prohibidas en campeonatos oficiales.

No sé si una golondrina hace verano, pero estas acciones hablan de, al menos, una apertura frente a la cerrada postura que históricamente ha tenido este deporte con la agenda LGTBIQ+.

Un puntapié inicial esperanzador a un balón que, algún día, tendrá los colores del arcoíris.

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Es sabido que la agenda LGTBIQ+ ya está instalada en la opinión pública y que se traduce en las más variadas acciones que realiza el Estado para evitar la discriminación. Y no es exclusivo del sector público, la empresa privada a su vez la adoptó como estrategia de inclusión y reputación.

Foto del Columnista Yolanda Pizarro Yolanda Pizarro