Yo viví en un país que solo ganaba partidos amistosos. A veces no conseguía siquiera ir al Mundial y otras veces, cuando lo hacía, solo aguantaba la primera ronda. Era un país que amaba el fútbol y tenía buenos equipos regionales, pero que no lograba armar un plantel coherente. Hasta que llegó un entrenador, o más bien se quedó un entrenador incluso después de varias y sucesivas derrotas. Se llamaba Michel Hidalgo, que dirigió a la selección entre 1976 y 1984.
El país no era Chile, aunque su desempeño futbolístico se parecía al que Chile persevera en mostrar, sino Francia. De la mano de Platini y Tresor, el equipo de Francia empezó a acostumbrarse a ganar. Incluso pudo perder con honor, como lo hizo contra Alemania en Sevilla, el 8 de julio de 1982, un partido épico, lleno de historia pasada, presente y futura.
El equipo, predominantemente blanco de piel, de jugadores más bien altos y gastados, se llenó de hijos y nietos de las antiguas colonias francesas. El más vistoso de los cuales era el siempre confiable Zidane. Los diarios y noticieros franceses relevaron el fenómeno: en un país en que crecía el odio y la incomprensión hacia lo inmigrante, una selección compuesta casi exclusivamente de estos hacía soñar al país. La contradicción se convirtió en el motor de este equipo de pronto invencible.
Grandes jugadores que saben jugar en conjunto permitieron ese sueño —Tigana, Henry, Griezmann, Kanté, Pogba, Varane—, pero solo uno junta en sus pies, sus rodillas y su prominente nariz todo lo que el fútbol francés siempre ha soñado ser. Ese hombre, lo habrán adivinado, se llama Kylian Mbappé.
El fútbol es un deporte, y un arte, pero Mbappé es otra cosa. En la cancha es la posibilidad de otra geometría, de otra forma del tiempo. No puede tener la virginidad de Pelé, cuando el fútbol no conocía su poder. Ni el instinto para la tragedia, la épica y la comedia de Maradona. Ante todo y sobre todo Mbappé no es Messi, ese jugador que está al borde de ser su propio avatar en una consola de videojuegos, una suerte de niño probeta del fútbol. Tampoco es la fiera de Cristiano Ronaldo, que es la competencia misma hecha carne. El hecho de que vaya con toda seguridad a desplazar a estos dos de cualquier estadística sigue siendo para los que amamos el fútbol sin aditivos una suerte de justicia.
Mbappé es el jugador ideal porque ante todo y sobre todo nunca se le olvida que esto es un juego.
Juega solo y con su equipo, pero sobre todo juega al límite del juego, inventando combinaciones jamás combinadas, obligando a los defensores a tener ojos en la espalda y tres pares de piernas más de las que tienen.
No hay rencor en sus desmarques, aunque sepa como pocos pelear y pelear hasta el final, como lo hizo contra Argentina en esa final que fue el final de tantas cosas. Nunca da una pelota por perdida, ni descarta un gol como la coronación de una jugada. No tiene miedo. Millones de personas lo miran, millones de auspiciadores lo miden, millones de enemigos lo cercan, pero él no tiene miedo. La cancha de la final o del entrenamiento es igualmente sagrada para él, e igualmente gratuita.
Hijo de camerunés y argelina, deportistas antes, Mbappé representa una generación que vive la inmigración de sus padres con completa naturalidad. Es tan francés como Deschamps o Griezmann, y tan africano como Salah, Hakimi u Osimhen. Es, además, el heredero directo de Zidane en más de un sentido: la madre de Mbappé, como la familia de Zidane, es cabila, de la región de Béjaïa, en la Gran Cabilia argelina. Los dos íconos del fútbol francés, separados por una generación, comparten la misma raíz amazigh.
Habla tres idiomas —francés, inglés y español— con fluidez, tiene posiciones políticas fuertemente opuestas a la derecha populista, a la que ve como el mayor peligro de la política actual, pero todo con una sonrisa de niño, con una ligereza de debutante que está en el centro de su encanto. Es joven, lleva muchos años siéndolo, empezando a brillar en los mundiales a los 19 años, pero esa juventud parece ser en él no solo una condición cronológica, sino un atributo de su persona. Está empezando siempre, siempre aprendiendo, siempre ensayando. El equipo está bajo su protección pero también lo protege a él. Uno siente entre ellos una genuina amistad, una cercanía que va más allá del fútbol. Son un mundo en que se reconocen.
Son para sus amigos, primos, hermanos de las banlieues, cada vez más segregadas, cada vez más violentas, el lado inverso de sus propias peripecias: un recreo y un espejo. Mbappé, más que ninguno, ese niño divino que está descubriendo el fútbol, o que está dejando que el fútbol lo descubra a él. Un jugador que es 10 jugadores y uno solo al mismo tiempo. Un desborde, un enganche, un cabezazo que nadie más vio venir. Y de pronto un espacio que tampoco nadie veía posible, en la esquina perdida del arco, un gol que vuelve a explicarle al mundo por qué no hay otro Mbappé ni lo habrá, porque es único no solo en su especie sino en cualquier otra.