Durante décadas el mundo persiguió un objetivo: ser más eficiente. Reducir costos, externalizar operaciones, optimizar cadenas de suministro y producir donde fuera más barato. La eficiencia era sinónimo de competitividad.
Ese paradigma cambió.
Hoy las grandes economías ya no toman decisiones pensando solo en costos. La guerra comercial, la pandemia, la carrera por la inteligencia artificial y la transición energética dejaron una lección común: depender demasiado de otros puede ser eficiente, pero también muy frágil.
Estados Unidos, Europa y Asia están reindustrializando, fortaleciendo industrias estratégicas, asegurando acceso a energía, minerales críticos y talento. El nuevo activo competitivo ya no es solo la eficiencias la resiliencia.
Sin embargo, Chile parece seguir jugando el partido anterior.
Seguimos entendiendo la competitividad como una discusión sobre costos, permisos o exportaciones, cuando el mundo está hablando de capacidades estratégicas. La pregunta ya no es solo qué producimos, sino qué sabemos hacer, qué tecnologías desarrollamos, qué talento formamos y qué tan preparados estamos para responder a un entorno cada vez más incierto.
Chile tiene una oportunidad extraordinaria. Contamos con cobre, litio, energías renovables y condiciones para desempeñar un rol relevante en la economía del futuro. Pero esas ventajas, por sí solas, no garantizan desarrollo. Sin una estrategia de largo plazo que impulse innovación, industria, infraestructura y capital humano, seguiremos exportando recursos, mientras otros capturan el mayor valor.
El desafío ya no es adaptarnos a una nueva tecnología o a una nueva crisis. Es comprender que cambió la lógica con la que el mundo compite.
El dilema, entonces, no es si Chile avanza rápido o lento, es mucho más complejo: ¿estamos preparándonos para el mundo que viene o seguimos diseñando nuestras estrategias para uno que ya dejó de existir?