El miércoles, en plena Sala del Senado, Paulina Vodanovic caminó hasta el escaño de Daniella Cicardini y le apuntó con el dedo índice como quien corrige a un niño. Cicardini, que no es de las que se quedan sentadas cuando alguien les mueve el dedo en la cara, se paró, apoyó la mano en la cadera y le sostuvo la mirada. Tuvo que llegar la senadora Danisa Astudillo, en su rol de tercera en discordia, a separar a las dos socialistas antes de que el episodio terminara en algo peor que un video viral. La escena tiene el mérito de la sinceridad. Por primera vez en mucho tiempo, el Partido Socialista no está fingiendo unidad para las cámaras. Se está peleando a la vista de todos. “La izquierda de la gente” versus “la izquierdita cobarde”.
El origen del cruce es, en el fondo, menor. Cicardini acusó a Vodanovic de negociar en secreto con el ministro de Hacienda Jorge Quiroz una fórmula para evitar que la oposición llevara la megarreforma tributaria al Tribunal Constitucional. Vodanovic respondió por comunicado que nada de eso era efectivo, que las conversaciones habían sido exploratorias y que acusarla de “colusión” era desproporcionado.
Puede que ambas tengan algo de razón. Lo interesante no es quién mintió sobre la invariabilidad tributaria y otras cosas, sino lo que la pelea revela sobre lo que el PS ya no sabe ser.
Vodanovic representa el tercerismo de manual, esa vocación por sentarse a negociar mitigaciones con el gobierno de Kast, aunque el proyecto le parezca malo, porque para eso están el Congreso y los acuerdos. Cicardini y su pareja, el diputado Daniel Manouchehri, representan otra cosa. Una izquierda que entiende la política como escenario, una farsa constante y absurda, que sube el video a X antes de conversarlo en privado, que prefiere la denuncia pública e histriónica a la negociación de pasillo. Que dice lo que creen es lo que la gente quiere escuchar, aunque sean barbaridades. No es casualidad que ambos hayan capitalizado ese estilo en las últimas elecciones y que ya casi nadie dude que uno de los dos va a buscar llegar a La Moneda en las próximas elecciones, mientras la vieja guardia socialista mira las encuestas con la misma cara con que Vodanovic miraba a Cicardini el miércoles.
Hubo otro detalle, igual de revelador que el dedo acusador y la mano en la cintura. Ocurrió el almuerzo del lunes, apenas dos días antes, en que el comité de senadores del PS, se supone que había cerrado un pacto de caballeros y damas para “cuidar las formas” en público. Astudillo lo reconoció después ante las cámaras, casi con resignación de administradora de conflictos ajenos. El acuerdo de cuidar las formas le duró al PS lo que dura un café. Si esa es la disciplina interna que exhiben cuando el tema es la megarreforma más relevante de la actual administración, cuesta imaginar qué pasará para adelante.
Hay algo casi conmovedor en la nostalgia que despierta este espectáculo. El PS que uno recuerda de la Concertación y de la Nueva Mayoría era el partido de los comunicados medidos, de las diferencias que se resolvían en la comisión política y salían a la luz ya maquilladas. Ese PS negociaba con la derecha sin que nadie tuviera que subirse a un escaño a mostrarle el dedo a una correligionaria. El PS de Cicardini y Manouchehri se parece cada vez más a otra cosa, a un partido de personalidades sueltas que compiten por el video viral, por protagonizar la desfachatez o el payaseo de la semana, mucho más cerca del estilo Parisi y Jiles que del estilo Escalona. La diferencia es que Parisi y Jiles nunca pretendieron ser socialdemócratas.
Mientras tanto, la derecha en el gobierno observa con una mezcla de alivio y entretención. Cada vez que el PS se enreda en su propia identidad, la megarreforma avanza con menos oposición articulada y más ruido de pasillo. Kast no necesita desactivar a la izquierda. Le basta con dejarla sola en la Sala, apuntándose con el dedo, peleándose en el almuerzo, humillándose en redes sociales.
Al final, la senadora Astudillo logró separar a sus colegas y la sesión continuó como si nada. Pero el gesto ya quedó registrado, y con él quedó también el diagnóstico. El PS no tiene un problema de comunicación interna. Tiene un problema de qué izquierda quiere ser, y esa pregunta no la va a resolver ningún almuerzo de comité. La van a seguir resolviendo a punta de dedo, en la Sala, con las cámaras encendidas.
Alguna vez el exsenador y expresidente del partido Álvaro Elizalde exclamó enfático contra el Frente Amplio y el Partido Comunista en medio de una negociación electoral: “No se humilla al partido de Salvador Allende”.
Hoy, el PS no necesita enemigos externos. Hoy, el PS se humilla solo.