La discusión entre Paulina Vodanovic y Daniella Cicardini en el Senado no tendría por qué extrañarnos. Todos los días en el hemiciclo discuten senadores y diputados de la misma bancada o de otras. Para eso les pagamos, para que discutan y se pongan de acuerdo. Lo que convirtió esta discusión en un símbolo es toda la energía que la subyace. Esa misma que llevó, pocas horas después, al PPD a un quiebre parecido.
Paulina Vodanovic es parte de algo parecido a una aristocracia socialista. Su padre, Hernán Vodanovic, fue durante décadas el líder del sector más moderado del partido. Daniella Cicardini es también una princesa, pero heredera de un caudillo territorial: su padre, Maglio Cicardini, alcalde de Copiapó durante años, tan popular como excéntrico, supo construirse una base propia en Atacama, ajena a las luchas de las cúpulas santiaguinas.
De niña, Paulina escuchó sobre la convergencia socialista, las diferencias entre el PS Núñez y el PS Almeyda. La historia del NO y de la Concertación es parte de su piel. Una piel dura, hay que decirlo, resistente a muchos embates, conocedora de primera fuente de la cultura de divisiones y grupúsculos que caracteriza al partido, que mal que mal tiene como símbolo un hacha: la misma que sirve para destruir y para construir. La infancia de Cicardini la acercó más a las juntas de vecinos, a los consultorios, a los caudillos locales, que a la discusión ideológica de fondo o no. Ella se crió en la ruda ciudad de Copiapó, siempre una muchacha delicada, de bien ver y de buenos modales, aunque de una recóndita pasión. Fue durante años una diputada sin mayor relieve, hasta que se hizo conocida cuando el entonces presidente de la Cámara la llamó por error “Ricardini” en plena sala, un lapsus que ella transformó en un episodio sobre el acoso cotidiano que viven las mujeres en política. Su alianza sentimental y política con el diputado Manouchehri supo sacarla de su timidez y explotar su visibilidad en una permanente exposición y sobreexposición denunciante.
Estas dos princesas tan distintas, estas dos historias tan contrarias, representan no solo dos almas sino dos cuerpos, dos mentes, dos ideas de lo que debería ser la oposición al gobierno de Kast, es decir, al Quiroz.
Cicardini siente que el contacto con la base —esa que su excéntrico padre sabía galvanizar— le indica que está creciendo la impaciencia económica, que esta se está convirtiendo en desesperación. Piensa que esa desesperación puede en algún momento explotar y que Quiroz puede en algún momento pagar el precio del petróleo. Piensa también que es mejor oponerse de plano a todo, para conseguir un triunfo mayor: el de liderar la bronca.
Paulina Vodanovic no desconoce la desesperación de la gente, pero no cree que sea tan fácil dirigirla. Llegó a presidir el partido cuando nadie quería hacerlo, cuando justamente la tesis de “cuanto peor, mejor” —cuando una oposición total y desbordada— descabezó el partido y vació a la izquierda de sentido. Su trabajo ha sido tratar de recomponer esas fuerzas, aunque ha temido darle sentido, discutir una idea de partido y una idea de izquierda que no sea la de ser arquero del Frente Amplio y espectador del PC.
Con más sentido político que Cicardini, pero con menos sentido mediático, Vodanovic sabe que Quiroz no es sacrificable y que la megarreforma será realidad, le guste o no al Socialismo Democrático. Cree, y es lo que debe esconderse incluso a sí mismo, que mucho sentido es necesario, aunque los delirios creativos del ministro la hagan invotable para la centro izquierda tal y como está.
Piensa, como pensaba su padre y la generación de su padre, que a veces es bueno perder si los chilenos ganan. Replegarse cuando la ola es demasiado grande. Abdicar cuando no se tiene cómo reinar. Son todas cosas que la generación de Cicardini —que es la misma de muchos republicanos y frenteamplistas, la que fue criada en las redes sociales— no respeta ni puede respetar.
Los que despectivamente llamaron a la derecha que negociaba “la derechita cobarde” se parecen, como dos gotas de agua, a los que no se atreven a llamar a la directiva del PPD y el PS “la izquierdita cobarde”.
Aunque en ninguno de los dos casos la valentía tenga mucho que ver. O quizás sí: “la derechita cobarde” y “la izquierdita cobarde” pierden votos cuando negocian, lo que en política constituye una especie de valentía. Los que negocian tienen siempre mucho menos trabajo que hacer, menos reuniones, menos lecturas, menos escrúpulos nocturnos. Los que no negocian cargan con todo eso. Es quizás lo que más le atrae de la valentía: la flojera intelectual y física que la acompaña.
Negociar es parte de la política, y negarse a negociar también. Creo que ambos sectores, los negociantes y los innegociables de la izquierda política, deberían ver “Selma”, de Ava DuVernay. La película cuenta la famosa marcha que emprendió Martin Luther King de Selma a Montgomery, Alabama.
Una protesta pacífica con muertos, sangre, sacrificios, renuncias, negociación y lucha que consiguió finalmente lo que buscaba: el derecho efectivo a votar de los negros.
Aunque, si lo pienso bien, no creo que la película le sirviera de mucho ni a Paulina ni a Daniella. La lucha de Luther King tenía una dirección clara. Era una lucha ética, épica y religiosa. La izquierda de hoy carece de cualquiera de esas cosas. De Luther King aprendió el uso de los medios, pero olvidó que estos no sirven solo para verse a sí mismo. La marcha no empieza porque no sabe dónde empezar, y no avanza porque no sabe adónde ir. Eso, por supuesto, sin que hayan dejado de existir injusticias y atropellos parecidos a los de Selma, Alabama. Solo que más complejos, solo que con más matices. El camino es más complicado y más largo a veces, pero no se ve a nadie dispuesto a caminarlo.
En ese sentido, el intento de oposición radical de Cicardini se parece al intento de acuerdo de Vodanovic: los dos están condenados, mientras no sepan hacia dónde marchan y para qué, a la completa irrelevancia.