Durante cuarenta y cinco días el mundo giró alrededor de una pelota. No alrededor de una guerra, no de una elección, no de una crisis financiera. Alrededor de un objeto redondo que veintidós personas persiguen sin sentido aparente. Algo tan estúpido como popular, decía Borges.
Y sin embargo ahí estaba, ordenando agendas, vaciando calles, uniendo sobremesas que la política lleva años sin poder unir.
La explicación no es el fútbol. Es lo que el fútbol revela más allá de la idea de deporte.
La política se define como el arte de lo posible. Negocia, cede, administra, posterga. Un gobierno no resuelve una inflación: la gestiona o al menos lo intenta. No cierra una grieta: la modera o la enciende aún más en su propio beneficio. Todo en política tiene un rango de lo alcanzable, y ese rango es, casi siempre, decepcionante para una mayoría que busca soluciones a partir de la política.
El fútbol no conoce ese rango. El fútbol, como decía el icónico periodista argentino Dante Panzeri, es la dinámica de lo impensado. Un juego que más allá de tácticas puede resolverse por genialidades o fallas, por talento o por impericia. Como todo juego en el que también se incluye el azar.
Pero es tan especial el fútbol, que un país sin gobierno estable, sin variables macro resueltas, sin consenso interno sobre casi nada, puede salir campeón del mundo. Y una potencia con todo a favor -estabilidad, recursos, planificación- puede quedar afuera en octavos, sin apelación. Es que el fútbol no sigue la regla de países poderosos o de países pobres. Son otras reglas tan poderosas que los políticos intentan apropiarse de ellas.
Este Mundial no escapó a esa lógica de futbol y política, aunque claramente tuvo un condimento político más acentuado que los anteriores, dónde la intervención directa de un presidente (Trump) ejerció presión sobre el juego como nunca antes se había visto.
Tal vez, casi una rememoración del Mundial de Italia de 1934 que sirvió de propaganda para el gobierno fascista de Benito Mussolini. “Vencer o morir”, planteaba el Duce, haciendo todo tipo de artimañas para que finalmente Italia se coronara campeón.
Pero en realidad Trump no sabe nada de fútbol, por lo que su imaginación le hizo soñar lo imposible. Estados Unidos nunca hubiese salido campeón, aún con la ayuda de un ejército.
Otra instancia que aparece en durante los últimos mundiales es, inevitablemente, la actitud de Latinoamérica cuando activa el modo antiargentino, que claramente no está expresando rivalidad deportiva sino una rabia en forma de envidia estructural, casi filosófica: ¿Cómo puede un país que no resuelve nada puertas adentro, puede resolver algo y tener resultados puertas afuera? ¿Acaso la voluntad de ganar más allá de participar?
Se entiende al insoportable ser argentino, hasta desde una perspectiva de mala educación de unba mayoría que se supone educada pero que esconde su fracaso, pero ese fastidio regional no se explica por el folclore de la M (Maradona o Messi) sino porque la única revancha simbólica disponible para muchos países del barrio es sólo posible desde lo deportivo, ya que la política nunca les ofreció ninguna otra.
Cuando un hincha chileno, colombiano, mexicano o brasileño insulta a la Selección, no está discutiendo fútbol, sino que está descargando la frustración de que su propio “arte de lo posible” no produjo nada memorable.
Y en este escenario digno de una películo de Fellini, hasta se reaviva Malvinas en la cancha. No como broma ni como una provocación aislada, sino como una instancia cuya herida la diplomacia archivó pero nunca cerró, y que el folclore futbolero la reabre cada cuatro años en busca de una revancha tan justiciera como “patriotera”.
Lo que queda claro entonces, es que la política tarda décadas en nunca resolver lo que el fútbol en un Mundial resuelve en un mes y medio. Por eso el mundo se detiene. No por la pelota, sino por el alivio que algo, al fin, tiene la posibilidad de concretarse.
El fútbol es en definitiva, el lugar de encuentro donde lo impensado tramita lo que lo posible dejó pendiente.
Dénse cuenta. Es la pelota, estúpidos.