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Camila Vallejo: implacable

Camila comparte un atributo muy propio de su educación en la Jota: es exacta, fría a veces, poco o nada dada al desborde sentimental. Trabaja todas las horas que hay que trabajar, y si sonríe sabe por qué lo hace, y si deja de sonreír sabe por qué.

Con una perfecta sincronía tuvimos derecho después de la interminable entrevista Mara Sedini a la reaparición de Camila Vallejo. Tan bella como Mara, tan segura de sí misma, tan implacable como ella, pero con un olfato político y mediático que la derecha nunca pudo, o supo, concederle. Como si justamente su apariencia física les nublara la mente a la hora de apreciar sus fuerza y sus debilidades. O mas bien como si no pudieran concebir que una mujer como esa puede ser comunista. Por eso su figura los obsesiona al nivel de querer ver en Sedini una anti Camila. Una rubia que pueda sacar de sus cabeza la melena oscura de la ex dirigente estudiantil.

Camila es para cierta derecha una fantasía y una ofensa. Para esta derecha, el comunismo no es solo un error político o intelectual, o moral, sino que es una condición existencial, un defecto de nacimiento, una tara incurable. Los comunistas desde esa estrecha mirada tienen que ser malos, perversos y feos al mismo tiempo. Camila no es ninguna de esas cosas, pero sí comparte un atributo muy propio de su educación en la Jota: es exacta, fría a veces, poco o nada dada al desborde sentimental. Trabaja todas las horas que hay que trabajar, y si sonríe sabe por qué lo hace, y si deja de sonreír sabe por qué. Es en todos esos sentidos lo contrario de Mara, que obedece siempre a una serie de impulsos tan personales como intransferibles. Militante de un solo e invariable partido: ella misma.

Antes de los veinte y un años, Camila había conocido todas las variantes del odio, el amor, el deseo, el halago y el desprecio que una persona puede llegar a experimentar en cien años de una vida agitada. Marché una vez con ella por la Alameda y pude sentir por unos segundos lo que significa que 80 mil adolescentes de hormonas revolucionadas te ofrezcan desde hacerte un hijo hasta matarse por ti. También vi cómo desde el New York Times hasta el pasquín mas olvidado de Islandia publicaba su foto como si fuera maná del cielo. Todo eso condimentado por no poca envidia, odio visceral, o simple y puro aprovechamiento de todo tipos de parasitos.

La política le mostró desde el primer minuto su peor y mejor cara a Camila Vallejo. Cualquier otro hubiese, después de perder una elección en la FECH que todos daban por ganado, preferido volver a su jardín y dedicarse a vivir su vida. Ella no lo hizo, en gran parte porque en el Partido Comunista eso no lo deciden los militantes o los dirigentes, sino que lo decide el partido. Convertida en un activo seguro de colectividad, se hizo diputada al mismo tiempo que madre. Nunca estuvo del todo cómoda en el parlamento, quizás porque no podía desplegar ahí todo lo que había aprendido en esos años vertiginosos en que estuvo en todas las pantallas empezando por las de teléfonos celulares.

Ese conocimiento en primera persona es lo que la hizo una vocera tan exacta, tan protagonista y tan odiada, temida y despreciada por la oposición de entonces, pero también por muchos adherentes y compañeros de partido y coalición. Cuando era dirigente estudiantil le obsesionaba demostrar que era algo más que una cara bonita, de ministra supo que no hay nada más importante que una cara bonita que capta la atención de nuestra moral distraída. La cara bonita capta la atención pero solo la mantiene si tiene algo que decir, algo propio pero que sea al mismo tiempo la voz de gobierno. Tiene que comentar noticias pero es preferible saber crearla, hablar de lo que se quiere y que el otro hable, escuchar lo que el otro no sabe del todo decir. Estar en los medios, pero saber siempre por qué se está y por qué se deja de estar.

El actual gobierno parece haber decidido que todo eso de la comunicación no es ni urgente ni importante, ni necesario. Piensan que la prensa ideológicamente cercana siempre encontrará el modo, como de hecho lo ha encontrado, de explicar lo inexplicable y justificar todas las faltas o fallas de los gobernantes. Piensa que la prensa contraria nunca reconociera nada bueno. Piensa que básicamente no tiene que dar explicaciones, que tiene actuar, hacer cosas, y deshacer otras sin perder tiempo en las redes sociales, o en las cámaras de televisión. Es un gobierno que cree que llevar corbata es lo mismo que ser serio. Ante todo, y sobre todo, quiere ser serio no porque sea profundo, sino porque teme cómo la peste al ridículo olvidando que hacer el ridículo es una obligación inevitable de la vida pública en el siglo XXI.

Lo que el gobierno quiere negar es justamente el siglo XXI. Quiere volver al siglo XX de la Guerra Fría y luego del fin de la historia. Y si es posible volver al siglo XIX de los pipiolos contra los pelucones. Pero intentar ser moderno es tan ridículo como intentar no serlo. Fatalmente Kast y sus caballeros muy serios no se explican sin las redes sociales y las tempestades en vasos de agua que lo caracterizan.

Kast candidato llegó a ser presidente justamente porque supo comunicar. Supo comunicar quizás demasiado y es donde, astutamente, Camila Vallejo lo ataca. La promesa de seguridad y la de inmigración eran, sabemos ahora, ante todo un logro comunicacional, el de conectar con una urgencia de manera directa y sin rodeos, pasando por alto la complejidad del problema. Un discurso invencible porque no admitía dudas o tropiezos, esos que la política del día a día fatalmente implican.

Es ahí, en la distancia entre lo que el discurso permite y lo que la realidad impide, donde un buen vocero cumple una función esencial. La gestión no basta, ni la buena voluntad. Hay que saber decir lo que hay que decir, y callar lo que hay que callar. Eso se llama comunicación y se llama política. Mara Sedini demostró de que era en la comunicación una experta que no supo conectar con su talento cuando más lo necesitaba. Camila Vallejo demostró que ese mismo talento no es nada sin la política, en que la expresidenta de la FECH es una segura experta.

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio