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Martín Arrau: El príncipe

De espaldas a los datos y a los hechos, pegado a la pantalla, Chile pide eficiencia, diligencia, alguien que llegue temprano y se vaya tarde, que te haga sentir que está a cargo. En eso el príncipe Arrau lo tiene todo para reinar. Veremos cómo asume su corona.

Si el príncipe William de Inglaterra necesitara un doble, como esos que usaban algunos antiguos soberanos para desviar las flechas, creo que nadie podría hacer mejor el trabajo que Martín Arrau. No creo que haya ninguna relación de parentesco entre los Arrau y los Windsor, pero el parecido físico entre ambos siempre me ha parecido asombroso. Calvo, de dentadura resplandeciente, con una cara de fair play distante pero cálida. La semejanza no es solo de facciones sino de cierta gestualidad eternamente formal, cuidada y a la vez desapegada del mundo real. Una persona de modales impecables, difícil de descifrar en gran parte porque no hay mucho que descifrar.

Harry se llevó todo el carisma de la familia. William se quedó con la responsabilidad, que le pesó mucho antes de la edad predecible. Arrau el ministro es también un hombre de responsabilidades, del que no se conoce ningún desliz ni secreto. No se ha casado, claro, con Kate Middleton, sino con Luz María Izquierdo. Ingeniero civil de la Universidad Católica, gerente de finanzas y operaciones de varias empresas, en algún momento de esa trayectoria esperable llegó la política. Militante de la UDI, consejero de la Sociedad Nacional de Agricultura: la cosa pública entró a su vida de una manera del todo inesperada. Dueño de derechos de agua en Ñuble, empezó a pelear por cambiar el Código de Aguas. Eso lo hizo visible para Sebastián Piñera, que lo nombró intendente de la región de Ñuble, cargo que dejó dos años después para postular como constituyente.

La Convención terminó por radicalizar a este hombre de apariencia más que tranquila, y de la UDI de siempre pasó a ser uno de los dirigentes del naciente Partido Republicano. Ahí se convirtió en jefe de campaña de Kast, primero para el Consejo Constitucional y luego, decisivo, para la segunda vuelta presidencial que llevó a su candidato a La Moneda. Por eso sorprendió que lo nombraran solo ministro de Obras Públicas, cargo que probablemente buscó él mismo por esa obsesión suya por lo técnico, los datos, las cifras. Ahí volvieron los derechos de agua: tuvo que inhabilitarse de las decisiones sobre el embalse Punilla por los que mantiene su empresa familiar en la misma zona.

Su relativa paz en el MOP duró poco. Tras el desgaste de Trinidad Steinert, asumió el Ministerio de Seguridad. En un rapto de sinceridad afirmó que el plan de seguridad del gobierno anterior era suficiente y sería considerado por el suyo. O, con más precisión, que las políticas de seguridad no se improvisan de un gobierno a otro. Luego supo corregirse — distinguió entre la política de Estado heredada y la estrategia propia que estaba construyendo — y se dedicó, con eficiencia, a hacer lo que se esperaba de él: redadas, anuncios, planes, terreno — todo lo necesario para dejar claro que esto no puede seguir igual, aunque a la postre sea poco probable que cambie algo drásticamente.

Este es el gobierno de los fomes, le dijo un asesor del segundo piso a Mara Sedini. Pero entre fomedad y fomedad hay un abismo. Alvarado es fome, García Ruminot es fome, fome es también Martín Arrau — pero su fomedad parece elegancia, parece eficiencia. Es la fomedad del jefe, no la del gerente. La de quien no necesita pedir permiso pero lo pide igual. Una fomedad hambrienta de luces, con ganas de brillar. Una fomedad que no defiende sino que ataca. Los resultados pueden ser inciertos, pero la gracia de Arrau está en que no duda. Imitando la audacia del ministro Quiroz, que pareció tantas veces que terminaría mal y terminó, el príncipe apuesta todo a una megarreforma de seguridad. Su éxito es a la vez inevitable y dudoso, porque el problema mismo lo es: nacido de una percepción anclada más en efecto que en hechos, más en eco que en voces reales, dar sensación de seguridad no es difícil — que Chile sea de verdad más seguro, sí lo es. En parte porque ya es el país más seguro de su región, y lo que hace insegura a esa región —su desigualdad, su cultura, sus influencias, su forma de ver el mundo— es algo que nadie en su sano juicio quiere tocar en serio.

Chile quiere que alguien haga algo. Martín Arrau sabe qué hacer. Lo que Chile no está dispuesto a hacer es invertir en mejores cárceles, más bibliotecas, mejores colegios, barrios integrados y diversos: esas ideas hippies que son, sin embargo, las únicas que han probado funcionar en el mundo. De espaldas a los datos y a los hechos, pegado a la pantalla, lo que Chile pide es eficiencia, diligencia, alguien que llegue temprano y se vaya tarde, que te haga sentir que está a cargo, lo esté o no. En eso el príncipe Arrau lo tiene todo para reinar. Veremos cómo asume su corona.

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De espaldas a los datos y a los hechos, pegado a la pantalla, Chile pide eficiencia, diligencia, alguien que llegue temprano y se vaya tarde, que te haga sentir que está a cargo. En eso el príncipe Arrau lo tiene todo para reinar. Veremos cómo asume su corona.

Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio