Las contiendas electorales suelen ser tóxicas y hasta es entendible que lo sean. Quien compite por adhesiones necesita diferenciarse rápido, y la tentación de la posición extrema siempre está a mano. Eso explica, en parte, que Constanza Martínez y Gael Yeomans, las dos candidatas a la presidencia del Frente Amplio, hayan salido esta semana a competir por ver quién condena con más vehemencia al exministro Luis Cordero. Explica el impulso. No lo justifica.
El pecado de Cordero, que fue ministro de Justicia y luego de Seguridad Pública en el gobierno de Gabriel Boric, consistiría en aceptar la defensa de SalmonChile ante el Tribunal Constitucional. El gremio salmonero buscaba sostener los artículos quinto y sexto de la Ley de Reconstrucción Nacional, impulsada por el gobierno de José Antonio Kast, frente a un requerimiento presentado por parlamentarios de oposición.
Ambas necesitan votos internos, sacudir un poco el ambiente para ver si esta vez los militantes del Frente Amplio se despiertan con ganas de votar. Y ambas encontraron en Cordero un blanco cómodo, gratuito, de bajo riesgo.
Obviamente, para ellas es mucho más fácil escandalizarse por un abogado ejerciendo su profesión, que proponer proyectos de futuro, con contenido, o que explicar por qué el Frente Amplio no logra ponerse de acuerdo en un diagnóstico mínimo que explique la paliza que sufrieron en diciembre pasado.
Lo irritante no es la estrategia electoral. Es la superioridad moral con la que se ejecuta. Trabajar como abogado, para un cliente que paga y dentro de la ley, se transformó en traición, una falta disciplinaria imperdonable para esta nueva policía laboral. Habría que preguntarles a ambas, sobre todo a Martínez, en qué otras funciones, además de las públicas, se ha desempeñado. Delegada presidencial primero, presidenta de partido después. Un currículum enteramente construido dentro del paraguas estatal, desde el cual resulta cómodo repartir certificados de buena conducta a quienes sí conocen la evaluación de desempeño, los objetivos, los indicadores, las metas y el cliente que puede decir que no.
Cordero, por su parte, respondió con una frase que vale más que cualquier editorial ajeno, dijo simplemente que había vuelto a su vida profesional y académica. Nada más. Ni defensa con aspaviento ni contraofensiva moral, apenas la constatación de que trabajar, fuera del cargo público, es lo normal, es lo que hacemos la infinita mayoría de los chilenos y, aunque a Martínez le cueste creerlo o le dé alergia, es muy recomendable.
El Frente Amplio insiste en mostrarnos, columna tras columna, tuit tras tuit, intervención tras intervención, aquello que Giorgio Jackson ya transparentó hace años con honestidad involuntaria. Se creen mejores, se creen superiores, con la moral en la estratósfera y desde esa altura dictan cátedra sobre lo que otros pueden o no pueden hacer con su título profesional. Da lo mismo que la ironía sea evidente. Da lo mismo que ni Martínez ni Yeomans puedan explicar en qué otro rubro han demostrado esa ética laboral que exigen con vehemencia a los demás.
Ese es, al final, el verdadero pecado que el Frente Amplio no perdona. No es la puerta giratoria que acusan. Es que alguien, fuera del cargo público, se atreva a trabajar en el mundo real y no en el del clientelismo y el cuoteo.