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¿Tienes mi número?

Pasa en los gobiernos, en las empresas, en las familias y en los matrimonios. Organizaciones completas, dotadas de organigramas, asesores, grupos de WhatsApp y reuniones que producen nuevas reuniones, pueden tropezar con una de las dificultades más antiguas de la vida en común: nadie le avisó a la persona que debía saber.

“El único cambio es reiterarles a los ministros cuál es mi número de teléfono”, dijo el biministro del interior y vocero, Claudio Alvarado, después de reconocer que nadie le había avisado sobre una decisión del Gobierno que involucraba directamente a su cartera.

Y así, una controversia política terminó convertida en algo mucho más sencillo y universal: a alguien se le pasó llamar. No falló la institucionalidad, no colapsaron los canales formales, no hubo una interferencia extranjera en las comunicaciones. Alguien tenía un número de teléfono y no lo usó. Eso ocurre.

Pasa en los gobiernos, en las empresas, en las familias y en los matrimonios. Organizaciones completas, dotadas de organigramas, asesores, grupos de WhatsApp y reuniones que producen nuevas reuniones, pueden tropezar con una de las dificultades más antiguas de la vida en común: nadie le avisó a la persona que debía saber. En política se llama “descoordinación”. En las empresas, “falla en los canales internos”. En las familias se utiliza una expresión más precisa: “Pensé que sabías”. También están sus variantes: “Creí que te habían contado”. “No me pareció necesario decirlo”. “Se me pasó”.

El idioma de la descoordinación íntima es breve y extraordinariamente eficiente para explicar aquello que ya no tiene arreglo. Pensé que sabías que estaba mal. Creí que alguien te había contado que renuncié. No me pareció necesario decirte que habían cambiado los planes. Se me pasó avisarte que ya no quería seguir.

Hay noticias que pierden completamente su sentido cuando llegan tarde. No porque dejen de ser ciertas, sino porque la demora también comunica. Enterarse por otro, por casualidad o cuando ya todos lo saben no es solamente recibir una información: es descubrir el lugar que uno ocupaba entre quienes merecían conocerla.

Quizás por eso ciertas omisiones duelen más que algunas mentiras. La mentira, al menos, reconoce que existe un destinatario al que es necesario convencer. La omisión es más radical: supone que ese destinatario podía no estar.

Por supuesto, nadie puede comunicarlo todo. La vida sería insoportable si cada pensamiento, duda o cambio de ánimo debiera convertirse en un comunicado oficial. Hay silencios prudentes, tiempos necesarios y conversaciones que deben esperar hasta encontrar las palabras correctas.

Pero también hemos convertido demasiadas veces la falta de comunicación en una fatalidad. Decimos que fallaron los canales cuando falló la consideración. Que hubo un malentendido cuando nadie comprobó que el otro hubiera entendido. Que fue un detalle porque llamarlo por su verdadero nombre nos obligaría a reconocer que no le dimos importancia a la persona involucrada. Y los detalles tienen esa mala costumbre: parecen pequeños hasta que faltan.

La vida está hecha de grandes decisiones, sin duda. Pero casi todas ellas se sostienen, o se derrumban, por detalles, y uno de los más importantes consiste en saber quién necesita estar al tanto.

Alvarado decidió cerrar la polémica recordándoles a sus colegas cuál era su teléfono. Tal vez no sea una gran reforma, pero sí un buen comienzo. Porque a veces el problema no es que nos falten canales, estrategias o protocolos. A veces tenemos el número y, simplemente, no llamamos.

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Pasa en los gobiernos, en las empresas, en las familias y en los matrimonios. Organizaciones completas, dotadas de organigramas, asesores, grupos de WhatsApp y reuniones que producen nuevas reuniones, pueden tropezar con una de las dificultades más antiguas de la vida en común: nadie le avisó a la persona que debía saber.

Foto del Columnista Verónica Poblete Verónica Poblete