Qué hacer? Así llamó Vladimir Lenin a su ensayo más importante. Sacó el título de una novela de Nikolái Chernyshevski, que fue la respuesta —maravillosamente segura de sí misma— a la perplejidad de la generación que inventó el nihilismo. Ante el poder omnipresente de los zares, la oposición cayó en la desesperación. Algunos se lanzaban con bomba y todo a matar uno a uno a los aristócratas que encontraban. Otros se convertían en sacerdotes místicos o se acusaban de delación y de traición, subdividiéndose en grupos cada vez más pequeños dedicados a sabotearse mutuamente.
Leyendo el documento final del congreso del Frente Amplio, uno huele la misma desesperación. Una serie de eslóganes contradictorios, de ideas incompatibles, conviven en él, en perfecto desorden. La promesa de no cometer los errores que los alejaron de las mayorías populares sigue a una serie de términos y conceptos que en rigor solo pueden alejar más a esas masas que hoy se añoran. Lo único en que el documento se pone de acuerdo es en nombrar a su enemigo: “la ultraderecha”.
Volviendo a la polémica de estos días, ¿es de ultraderecha el gobierno abiertamente conservador que nos gobierna? ¿Es productivo llamarlo así? ¿Aleja o acerca a quienes votaron por Kast y que hoy, según todas las encuestas, se sienten decepcionados de su gestión o de la falta de ella?
Carolina Tohá, líder ahora algo más que espiritual del sector, quiso zanjar la cuestión en una columna de opinión publicada en La Tercera. En ella define de manera amplia la ultraderecha como el sector conservador que, nostálgico de la dictadura, cuestiona los procedimientos de la democracia liberal. La ultraderecha sería entonces otra manera de llamar a la “derecha iliberal”, término ligeramente cursi con que las ciencias sociales han intentado englobar en el mismo fenómeno a personajes tan variados como Bukele, Trump, Milei u Orbán.
Meloni, gracias a su distancia con Trump y su cercanía con la causa palestina, ha ido borrándose de la lista. Una lista en la que nunca aparecen Ortega, Delcy Rodríguez o Díaz-Canel. No es que nadie los libre de culpa, sino que pertenecen a otro club, con el cual la izquierda de la izquierda —que empieza en el PC— puede convivir perfectamente en algo más que la espantosa ambigüedad. ¿Pero son esencialmente distintos los iliberales de izquierda y los de derecha? La relación entre Trump y Delcy Rodríguez, armoniosa en todo sentido, y el pasado de centroizquierda de Bukele, vendrían a confirmar que estos dos demonios se parecen más de lo que les gusta confesar.
Es cierto que Trump y Milei hacen de la acumulación de poder económico en pocas manos una esencia de su discurso. Pero no otra cosa han logrado, a su manera, Ortega y Díaz-Canel. Lo cierto es que la categoría de ultraderecha choca con la realidad histórica innegable: su madre bien puede ser Margaret Thatcher, su padre sigue siendo Hugo Chávez Frías.
¿Es de ultraderecha la derecha que nos gobierna? ¿Por qué sería José Antonio Kast de ultraderecha y no lo sería Pablo Longueira, con quien la centroizquierda, e incluso la izquierda, aprendió a convivir en paz e incluso en armonía? José Antonio Kast piensa hoy lo mismo que pensaba el 2002 o el 2010, cuando era un dirigente más de la UDI. Su horizonte mental, ideológico, humano, no es otro que el gremialismo clásico de Jaime Guzmán.
Desde el punto de vista de la ideología, no hay manera de distinguir lo que Tohá llama la ultraderecha de la derecha de casi siempre. Y el problema no es de fondo sino de forma. O de un mundo en que la forma es el único fondo.
Cuando Chile votaba por el centro, la UDI quería que la llamaran centroderecha, como el Partido Socialista se sentía cómodo con ser socialdemócrata. Hoy esa etiqueta, la de centro, no le gusta a nadie, aunque los chilenos quieran, según las encuestas, políticas de centro. ¿Por qué esa gente que no le gustan los extremos y detesta a los ideólogos vota por versiones más puras y duras tanto de la derecha como de la izquierda? Esa es la pregunta que nadie acaba de hacerse ni responder del todo.
Kast y su gobierno no son de ultraderecha desde el punto de vista de sus ideas, ni siquiera lo son desde lo que han sido sus prácticas de gobierno hasta el momento. Eso no quita que haya algo nuevo, o distinto, en su manera de hacer política. Algo que no es solo haber escuchado a tiempo los gemidos del pueblo, sino una manera de darles a estos megáfonos que hacen que la conversación sea, a la larga, imposible.
El desprecio del mundo de Kast —más que de Kast mismo— hacia la democracia liberal no es nuevo, como no es nuevo su conservadurismo. Lo que es nuevo, lo que distingue a los republicanos de la UDI, lo mismo que separa al Frente Amplio del Partido Socialista o del Comunista, es su desprecio por la política misma. La ultraderecha aprendió eso de Hugo Chávez Frías: al socialismo del siglo XXI no le importa el socialismo, como a Trump no le importa el capitalismo, sino que solo le importa el siglo XXI. Por décadas, mucha gente a la que no le convencían demasiado los dislates de Hugo Chávez prefería que siguiera, con tal de que no volviera la corrupción de AD y el COPEI, dos partidos que le dieron a Venezuela su mayor período de paz y prosperidad.
La ultraderecha no es más de derecha que la derecha tradicional; su éxito, y su fracaso, estriba en que no es tradicional. Lo mismo se podía decir del Frente Amplio, antes de que el ejercicio del gobierno los convirtiera en “más de lo mismo”. Los republicanos, los socialcristianos y algunas ramas no del todo enloquecidas del Partido Nacional Libertario son de “ultra” derecha, como el PDG es de “ultra” centro.
No es un azar que Pamela Jiles, la representante perpetua de esa nueva especie de “ultraísmo”, se haya movido desde la “ultra” izquierda hasta el “ultra” centro. Su camino hacia la “ultra” derecha es solo una cuestión de tiempo.
La batalla cultural no tiene nada que ver con la cultura —que tanto la nueva izquierda como la nueva derecha reducen al espectáculo— sino con una forma más directa, más descomedida, más salvaje, más despiadada de comunicar. Es la Cofradía y Sin Filtro, pero es también la Convención y la Primera Línea. Inútil es ahora recordar que uno no existiría sin el otro, y que esta aceitada coreografía prueba que en las orgías de la izquierda es siempre la derecha la que goza.
Sin Filtro nació como un programa más o menos ecuánime de discusión sobre lo que estaba pasando en la Convención. En la medida que la Convención se fue radicalizando, Sin Filtro perdió la ecuanimidad y se convirtió lo que es hoy. Ante los excesos de la izquierda —Rojas Vade, Alejandra Valle, Valeria Cárcamo—, la derecha sintió que ya no había freno moral o histórico y que todo era posible.
Reprobar el estallido y la Convención parece ser la solución fácil al dilema de la izquierda. Pero no es tan fácil. Sin querer comparar lo incomparable, a la izquierda de hoy le pasa lo mismo que le pasaba a la derecha de los noventa. Muchos de ellos reprobaban sinceramente los horrores de la dictadura, pero no podían dejar de saber que, sin ella, no habrían llegado nunca más al poder. La izquierda no tiene esos horrores que reprocharse, pero sí sabe que las iglesias quemadas ayudaron, de manera innegable, a volver al poder. Que Boric no sería Boric si no hubiese firmado el pacto de noviembre, pero tampoco habría llegado a la presidencia sin el movimiento de masas y de opinión con que el estallido obligó a ese pacto.
Por más que las formas nos resultaran a muchos horribles, no podemos dejar de reconocer, todos los que nos sentimos de izquierda, que como nunca nuestras ideas, obsesiones, visiones y delirios llegaron a los diarios, los televisores, los celulares y a las grandes masas electorales. Entre el 2018 y el 2021, la desigualdad, el abuso, la discriminación pesaron, por fin, más que los crímenes o los mea culpa de algún influencer que alimentó a su perro con wasabi. Los matinales se volvieron una verdadera acrópolis en la que se discutió infinitamente sobre la forma del Estado, el lugar de los pueblos originarios en nuestra historia, los derechos de las minorías y, a veces, pocas veces, la acumulación en pocas manos de los medios de producción.
Lo que le impide a la izquierda apartar del todo el recuerdo de octubre, y más aún el de la Convención, es la sensación cierta de que nunca estuvo más cerca de conseguirlo todo que cuando, en realidad, lo estaba perdiendo todo.
¿Era un error pedir lo que pedíamos entonces? ¿Era un error buscar lo que buscábamos? En algunos casos es fácil decir que sí; en otros, muchos, es imposible. La izquierda no es izquierda si no quiere cambiar el mundo, si no piensa en uno más igualitario, más justo, más colectivo. El estallido parecía ese gran sueño común, aunque estaba compuesto de miles de individualidades anónimas que querían su “cuarto de libra con queso”.
Un cliente insatisfecho que quería comer ese sándwich de McDonald’s que las pantallas ofrecían pero que no se podía servir a esa hora. Gobernando, justamente, la “ultra” izquierda aprendió a pactar, a callar, a esperar. Ganó sabiduría, pero perdió electorado. Algo parecido le sucederá a la “ultra” derecha.
Como la Penélope de Serrat, el pueblo está condenado a decirle “no eres tú el que yo esperaba” y esperar a otro, y a otro, hasta quedar hundido en la soledad de la desconfianza total. Cuando todos lo hayan intentado y todos hayan fracasado en el intento de darle sentido a esa soledad, quizás haya tiempo y espacio para escuchar lo que la izquierda o la derecha, sin sus altavoces, proponen.