Hay una confusión bastante extendida cuando una canción consigue algo que muy pocas consiguen: dejar de pertenecer solamente a quienes la hicieron y comenzar a formar parte de la memoria de un país.
Uno escucha En todas las esquinas y reconoce inmediatamente algo nuestro. Un paisaje, una sensibilidad, una cierta manera de entender Chile.
El problema aparece cuando alguien confunde esa pertenencia emocional con disponibilidad.
Congreso manifestó esta semana su molestia después de descubrir que En todas las esquinas había sido utilizada sin su autorización para musicalizar un video del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. El episodio podría agotarse rápidamente en una discusión sobre derechos de autor. Hay leyes, permisos y procedimientos para determinar aquello. Pero existe otra contradicción, acaso más interesante, que vale la pena mirar.
Porque no estamos hablando de cualquier ministerio ni de cualquier momento.
El Gobierno ha realizado durante sus primeros meses un importante ajuste al presupuesto destinado a Cultura. Una reducción cercana al 10%, bastante superior al 3% inicialmente planteado para la administración pública, que el ministro Francisco Undurraga ha defendido apelando a criterios de eficiencia, impacto y subejecución de los recursos durante la administración anterior. La discusión continuará y existen argumentos políticos, económicos y administrativos para darla.
Pero entonces ocurre esta pequeña escena.
El mismo Estado que considera necesario gastar menos en cultura necesita de una canción de Congreso para contar culturalmente quién es.
Y ahí el asunto se vuelve bastante más interesante que una autorización olvidada.
Porque la cultura no es solamente aquello que un país financia cuando tiene recursos disponibles.
Tampoco es la decoración amable que ponemos detrás de las imágenes cuando queremos que un discurso institucional tenga identidad, emoción o belleza. Si una canción de Congreso consigue que un recorrido ministerial por Valparaíso parezca más chileno, más profundo o simplemente más hermoso, es porque detrás de esos minutos de música existen décadas de trabajo artístico.
Eso también es cultura.
Congreso lleva casi seis décadas construyendo una obra nacida del encuentro entre rock, jazz, folclor, experimentación y música latinoamericana. Una música que atravesó gobiernos, crisis y transformaciones sociales sin convertirse nunca en la banda sonora de una administración determinada.
Su patrimonio simbólico se construyó precisamente fuera de ellas.
Por eso resulta difícil no advertir cierta ironía en lo sucedido. No porque un gobierno de derecha esté impedido de escuchar, disfrutar o reconocerse en Congreso. Sería absurdo plantearlo de esa manera. La cultura chilena no pertenece a la izquierda ni a la derecha. Precisamente por eso importa.
La contradicción está en otra parte.
Está en reducir recursos para el ecosistema que permite que las obras existan y, simultáneamente, recurrir a esas mismas obras cuando se necesita prestigio, identidad y emoción. En descubrir el valor de la cultura cuando llega el momento de musicalizar el relato, pero considerarla susceptible de un ajuste bastante mayor cuando llega el momento de hacer el presupuesto.
Quizás el episodio de Congreso sea apenas un error administrativo. Probablemente alguien encontró una canción perfecta para unas imágenes de Valparaíso y no dimensionó todo lo que venía detrás de ella.
Pero incluso esa explicación revela algo.
Las canciones parecen gratis cuando ya existen.
No vemos los ensayos, los instrumentos, los técnicos, las salas, los años sin ingresos, los fondos, los escenarios pequeños, las grabaciones ni las vidas enteras invertidas antes de que una obra consiga instalarse en la memoria colectiva. Solo apretamos play y ahí está: disponible para entregarnos en cuatro minutos una emoción que tardó décadas en construirse.
Un Ministerio de las Culturas debería comprender mejor que nadie esa diferencia.
Porque proteger la cultura no consiste solamente en celebrar las obras cuando finalmente se convierten en patrimonio. Consiste también en cuidar las condiciones que permiten que las próximas puedan existir.
En todas las esquinas puede pertenecernos a todos en la memoria.
Pero para que sigan existiendo canciones así, primero tienen que poder pertenecer a alguien.