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BTS jubila al Grammy

Mientras el público derribó hace años las fronteras entre idiomas y mercados gracias al streaming, los Grammy parecen empeñados en volver a levantarlas.

Los Grammy llevan años convenciendo al mundo de que siguen siendo el termómetro definitivo de la música popular. El problema es que el mundo dejó de parecerse al mapa con el que la Academia sigue organizando sus premios.

La decisión de BTS de no presentar su música a los Grammy 2027 es mucho más importante de lo que parece. El grupo rechazó participar después de que la Recording Academy creara la nueva categoría de Mejor Interpretación de Pop Asiático. Su argumento fue impecable: esperan que su música sea escuchada por lo que es, no por la región o el idioma al que pertenece. Y tienen razón.

La paradoja es evidente. Uno de los fenómenos musicales más importantes e influyentes del siglo XXI recibe como respuesta institucional una categoría que lo vuelve a convertir en un fenómeno regional. Mientras el público derribó hace años las fronteras entre idiomas y mercados gracias al streaming, los Grammy parecen empeñados en volver a levantarlas.

La Academia sostiene que estas nuevas categorías amplían el reconocimiento y que cualquier artista sigue pudiendo competir por Álbum del Año o Canción del Año. Formalmente es cierto. Pero los símbolos también importan. Cuando una institución crea una categoría específica para un grupo de artistas, el mensaje implícito es que existe una liga aparte. Una puerta lateral. Un reconocimiento “especial”.

No es la primera vez que ocurre. Durante décadas, los Grammy trataron la música afroamericana como un conjunto de compartimentos separados. Recién en los 90 la categoría de Best Rap Performance dejó de dividirse entre solistas y dúos o grupos, mientras el rap seguía confinado a un espacio propio, lejos de los grandes premios de la noche. La música latina también fue durante años una conversación paralela, hasta la creación de los Latin Grammy en el 2000. Incluso hoy sobreviven categorías cada vez más difíciles de justificar, como Música Cristiana Contemporánea o Polka, mientras el pop global continúa desbordando cualquier intento de clasificación territorial.

Quizás el problema sea más profundo. Tal vez los Grammy ya no premian el presente, sino una idea del pasado. Siguen clasificando el mundo por géneros, territorios e identidades cuando los oyentes hace tiempo dejaron de hacerlo. En una misma playlist conviven Sabrina Carpenter, Bad Bunny, Kendrick Lamar, Rosé o BTS sin que nadie sienta que hay una contradicción. La industria escucha con pasaporte. El público escucha con audífonos.

Eso obliga también a preguntarse por el sentido de los premios. Siempre tendrán una utilidad: la industria necesita celebrar su trabajo y reconocer trayectorias. Pero esa celebración pierde autoridad cuando deja de representar el pulso cultural de su época. Un premio vale mientras el mundo crea en su criterio. Cuando esa distancia se vuelve demasiado grande, deja de consagrar artistas y comienza a exhibir sus propias limitaciones.

Por eso el gesto de BTS trasciende al K-pop. No es una protesta identitaria. Es una declaración de principios. No piden una categoría nueva. Piden no necesitarla.

Y quizás ahí esté el golpe más duro para los Grammy. Porque cuando uno de los artistas más influyentes del pop contemporáneo decide que ya no necesita su validación, el prestigio cambia de lugar. Ya no lo entrega el premio. Lo pone en cuestión quien puede darse el lujo de rechazarlo.

Tal vez BTS no jubiló una categoría. Tal vez empezó a jubilar al Grammy.

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