El sábado 19 de septiembre, terminada la Parada Militar, el general Manuel Baquedano volvió a recibir honores en el mismo lugar del que fue retirado en 2021. Lo sacaron rayado, golpeado y después de varios intentos por derribarlo. Dos días más tarde, el diputado Jaime Bassa (FA) quiso dejar constancia de que el bronce podía volver, pero la plaza no. “Pongan el monumento que quieran, esa plaza es y seguirá siendo Plaza Dignidad”, dijo a El Mercurio, algo que luego repitió en sus redes sociales, video de por medio. Conviene detenerse en la frase, porque en ella conviven dos cosas que el diputado prefiere no distinguir, la dignidad como consigna y la dignidad como conducta.
No es un exabrupto aislado. Bassa fue vicepresidente de la Convención Constitucional, ese órgano que durante un año prometió refundar el país y terminó derrotado abrumadoramente. Hace apenas tres semanas, al cumplirse cuatro años de ese resultado, acusó de “oportunismo brutal” a Carolina Tohá por llamar bochorno a aquel proceso. Y ante las críticas por la plaza, insistió en que “el malestar existe”. Dice muchas cosas Bassa, pero lo único claro es que no ha revisado nada. Sólo espera. Es como si esos años no hubiesen dañado casi de manera letal nuestra convivencia, la certidumbre económica y esa amistad cívica que tanto cuesta construir y tan poco dilapidar. Está agazapado, a la espera de una nueva oportunidad.
Todos entendemos que esto va más allá de un nombre. Plaza Dignidad no fue bautizada en una sesión del concejo municipal ni en concurso público. Nació entre ataques, destrozos, barricadas, humo y saqueos, y se replicó en las plazas de buena parte de las capitales regionales. No seamos ingenuos, reivindicar el nombre, a estas alturas, es reivindicar el método.
Y el método tuvo víctimas concretas, aunque rara vez aparezcan en los homenajes. El trabajador que no podía llegar a su trabajo ni volver a su casa. La dueña de la fuente de soda que cerró después del tercer saqueo. El ferretero, el del kiosco, el del almacén de barrio, que vieron cómo años de esfuerzo se terminaban de golpe. Todo por obra de quienes creían que así debíamos empezar a relacionarnos los chilenos. Ninguno de ellos se sentó en la Convención. Ninguno salió en las fotos de la gran marcha. Fueron, simplemente, los que pagaron la cuenta de la supuesta dignidad ajena.
Hay en la insistencia del diputado algo del hincha que sigue celebrando un gol que el VAR anuló hace cuatro años, con el estadio ya vacío. ¿Qué parte del 62% no alcanzó a leer? ¿Qué espera que vuelva a ocurrir en esa plaza para que su momento regrese? Las preguntas no son retóricas. Si cuando no se convence con argumentos ni se gana en las urnas lo que queda es la calle, entonces la advertencia de Bassa no es simbólica. Es programática.
El sábado 19 de septiembre el general Baquedano volvió a su plinto. Pongan el monumento que quieran, dice el diputado, esa plaza seguirá siendo Plaza Dignidad. Tiene razón en una cosa, el nombre no lo decide un bronce. Lo decide la conducta. Y la que él reivindica tiene otro nombre.
Indignidad.