En las dos últimas presidenciales, ni la centroizquierda ni la centroderecha llegaron a segunda vuelta. En 2021, Provoste y Sichel quedaron fuera. En 2025, Tohá perdió la primaria con Jara y Matthei terminó quinta. Para seguir en juego, se han aliado con los polos: primero como socios necesarios para el balotaje y luego como cuadros para administrar ministerios, mientras otros definen el rumbo.
El problema de fondo es que esa utilidad tiene fecha de vencimiento. Gobernar forma cuadros. Cuando el Frente Amplio y Republicanos completen sus ciclos en el poder, tendrán equipos propios con experiencia en el Estado. Su dependencia del centro irá cayendo y, con ella, el principal activo que hoy le permite negociar.
Por lo mismo, la moderación ya no le alcanza. Ser el punto intermedio sirve para cerrar acuerdos, pero difícilmente construye una identidad capaz de disputar mayorías. Al centro le conviene otra jugada: ocupar el espacio que ningún polo puede representar. Algo que podría llamarse un centro extremista.
Extremista en su disposición a entrar en territorios que los polos evitan. Endurecer la política de seguridad aunque incomode a la izquierda, reformar mercados protegidos aunque incomode a la derecha, cerrar programas que no funcionan aunque los haya creado el propio sector. Cada movimiento tiene un costo que los polos no pueden pagar, porque tensiona a su propia base.
Lo que el centro no ha leído es que su principal debilidad electoral, la falta de un voto duro, es también lo que le permite pagar esos costos. Quien no responde a una base identitaria puede cruzar vetos que otros tienen prohibidos. Su adversario pasa a ser una forma de hacer política que privilegia la coherencia identitaria por sobre la capacidad de producir resultados.
Hay además un espacio programático. La izquierda proyecta transformaciones hacia el futuro, pero le cuesta traducirlas en mejoras visibles hoy. La derecha responde mejor a las urgencias, pero altera poco las estructuras que las producen. El centro extremista puede hacerse cargo de ambas: presente ejecutable con futuro transformador.
La ventana para intentarlo se abre ahora. Al término del gobierno del presidente Kast, Chile habrá recorrido todo el arco político: centroizquierda, centroderecha, izquierda y derecha. Si después persiste la frustración con un sistema que no resuelve problemas concretos, se abrirá un espacio enorme.
Ese espacio tendrá dos posibles ocupantes. Una fuerza democrática que combine gestión y reformas, o un liderazgo populista que convierta la frustración acumulada en la promesa de cambiar el sistema completo. El segundo ya tiene antecedente: Parisi obtuvo casi el 20% en la primera vuelta de 2025, por fuera de ambos bloques.
Si el centro sigue definiéndose por con quién aliarse, llegará a 2029 en la misma posición de 2021 y 2025: aportando votos en segunda vuelta y ministros al día siguiente, para un proyecto que definieron otros. Esta vez con un agravante: los polos ya no necesitarán esos ministros.