El mayor riesgo de la IA en educación no es que haga más eficiente el aprendizaje, sino que la eficiencia se transforme en el propósito del aprendizaje. Y es que estamos frente a la primera generación que puede preguntarse cuánto de ese aprendizaje puede delegar. Esto cambia las reglas del juego.
La universidad siempre ha exigido cierta fricción. Leer algo que no entendemos, enfrentarnos a un problema sin conocer la respuesta, formular una hipótesis, equivocarnos, discutir con otros. Buena parte del aprendizaje ocurre ahí. La IA puede disminuir extraordinariamente esa fricción. Bien utilizada, es una oportunidad formidable. Mal integrada, puede convertir el proceso universitario en una búsqueda de eficiencia: obtener la certificación minimizando el costo cognitivo. Y esto debería preocuparnos más que descubrir quién escribió un determinado párrafo. Porque el problema de fondo no es el plagio. Es la pérdida progresiva de curiosidad.
Aprender no consiste en solo llegar a una respuesta, también contempla convertirse en la persona capaz de construirla. Ante esto tenemos un desafío mucho más profundo que incorporar IA a los cursos: debemos volver a conectar aprendizaje, curiosidad y propósito. Paradójicamente, la IA podría ayudarnos.
Una reacción comprensible frente a esta transformación ha sido aumentar los controles, pero sería un error convertir al profesor en un policía de la IA. Requerimos profesores que actúen como sparrings cognitivos. La pregunta ya no puede ser solamente “¿usaste IA?”, sino “¿qué hiciste intelectualmente con ella?”.
La interacción con IA debería funcionar como un semáforo vivo del aprendizaje. Habrá momentos verdes: explorar alternativas, simular escenarios, recibir retroalimentación, contrastar argumentos. Habrá momentos amarillos: la IA puede acompañar, hacer preguntas o entregar pistas, pero debe evitar resolver aquello que necesitamos que el estudiante aprenda a hacer. Y existirán momentos rojos: donde necesitamos que el alumno piense, argumente, cree o resuelva autónomamente. La clave está en que el estudiante comprenda por qué el semáforo cambia. Significa enseñarle a reconocer cuándo la IA amplifica sus capacidades y cuándo comienza a reemplazarlas. Ese aprendizaje probablemente será una de las competencias profesionales más importantes de los próximos años.
Veo la irrupción de la IA como una enorme provocación. Está dejando al descubierto problemas que existían mucho antes de ChatGPT: evaluaciones centradas en reproducir información, trabajos donde importa más el resultado que el proceso y estudiantes que solo se preguntan qué necesitan hacer para aprobar.
Así nace la oportunidad de construir una universidad donde la tecnología se haga cargo de parte de la eficiencia y recuperemos aquello que nunca debimos delegar: la curiosidad, el juicio, la conversación, la duda, el pensamiento crítico y la búsqueda de propósito.
El desafío que tenemos delante no consiste en conseguir que nuestros estudiantes utilicen menos IA, sino en lograr que, gracias a ella y a pesar de ella, quieran seguir pensando. La generación del prompt no necesita menos respuestas. Necesita mejores razones para seguir haciendo preguntas.