Hernán Gil le hablaba a María Paz Campos de su hijo y de las muchas veces que habían tenido que ir al doctor porque tenía una condición médica especial. Ella, por su parte, le respondía que pronto volvería a verlo e intentaba que su mente no la hiciera preguntarle por su color favorito ni sobre cómo estaba. “¿Y si le pregunto eso y le hago pensar que nunca volverá a ver ese color?”, era uno de los pensamientos que guiaba cómo le podía responder a Hernán.
La conversación de la bombera María Paz Campos y el guardia de seguridad Hernán Gil no podía seguir los patrones de un diálogo normal, pues él llevaba ocho días enterrado bajo los escombros. Un edificio de ocho pisos se había derrumbado sobre su cabeza, mientras él estaba en el segundo subterráneo, en la tarde del 24 de junio, cuando dos sismos de 7,2 y 7,5 sacudieron a Venezuela y especialmente a La Guaira, considerada la zona cero de la tragedia.
La misión de rescate era la primera de María Paz Campos en un país que no fuera Chile. En los casi 28 años que llevaba al interior de Bomberos, había participado en rescates vehiculares y situaciones de salvamento en inundaciones por lluvias como parte del Grupo USAR —el acrónimo de búsqueda y rescate urbano en inglés— y ninguna de labores se parecía a la que estaba ejerciendo en Venezuela.
“Por un tema de complejidad del trabajo realizado y de los riesgos, claramente la activación y el trabajo que tuvimos en Venezuela supera con creces cualquier otra situación”, admite en conversación con EL DÍNAMO.
“Nunca hubo una situación en la que nos sintiéramos en peligro”
Pese a que de los 135 integrantes del equipo USAR de Bomberos, María Paz Campos no era del grupo que estaba de turno, sí estaba disponible. Fue así que pasó a integrar el grupo de 45 chilenos que respondieron a la solicitud de ayuda venezolana y también, una de las tres mujeres que integraron el equipo.
La baja participación femenina en la misión no era novedad —entre las filas de Bomberos, 21% son mujeres— y tampoco lo era cuando María Paz entró a la institución como voluntaria. “Fui acompañando a una amiga que quería ser bombera. En la reunión nos dijeron —como éramos menores de edad y estábamos en el colegio— que era difícil que ingresaran mujeres porque sería la primera generación. Cuando dijeron eso, me chocó: ‘¿Cómo es que las mujeres no van a poder?’ Ahí decidí que me iba a meter para demostrar que las mujeres sí podíamos“, rememora. El rescate urbano solo apareció entre las decenas de capacitaciones que tuvo que hacer, pero algo que aún no sabe explicar le llamó la atención hace 10 años e hizo que se quedara como parte de USAR.
Los bomberos conviven a diario con el miedo. “Un bombero que no tiene miedo es un bombero peligroso, porque se arriesga mucho más”, apunta la también técnico en enfermería. Aún así, nunca temió que la ausencia de relaciones diplomáticas entre Chile y Venezuela afectara su labor.
“Nunca hubo una situación en la que nos sintiéramos en peligro o amenazados. Es verdad que las primeras horas, cuando llegó el primer contingente —porque viajamos en dos grupos por un tema de logística—, lo vieron un poquito distinto, debido al desorden generalizado del principio. Sin embargo, a medida que pasaban las horas, se ordenó más el tema de los rescatistas. Durante todo el tiempo que laboramos, nunca vivimos ninguna situación de peligro ni nos sentimos amenazados por absolutamente nada.
El arribo a Venezuela y el latido que permitió hallar a un sobreviviente
“Al principio, la gente se acercaba desesperada diciendo “aquí está mi familia”, y nosotros les explicábamos el procedimiento, informábamos, señalizábamos, marcábamos el lugar y les asegurábamos que llegaría gente a trabajar”, relata sobre su llegada.
Y es que pese a que la organización fue caótica en un principio, con el pasar de las horas quedó delimitado que cualquier señal de vida reportada por los vecinos o los rescatistas locales debía ser informada a una central, que luego asignaba áreas de trabajo a cada uno de los equipos internacionales de rescate.
Así fue como los bomberos chilenos se encontraron con Hernán Gil o en realidad, con el latido de su corazón que marcó el radar terrestre. Poco antes, la Cruz Roja de Costa Rica había escuchado su voz entre los escombros. Esa voz fue la que pudo guiar a los voluntarios para empezar a trabajar e identificar que el guardia había podido resguardarse al interior de una garita. Sin embargo, estaban justo al límite de los tres días en que empieza a decaer la posibilidad de supervivencia.
“Teníamos un túnel dentro de las estructuras colapsadas. A medida que avanzábamos, íbamos abriendo espacios y moviendo los escombros con mucho cuidado para evitar mayores derrumbes. Al principio nos comunicábamos solamente por voz. Nos presentamos como Bomberos de Chile, le aseguramos que íbamos a hacer todos los esfuerzos para sacarlo y que siempre estaríamos con él”, relata la rescatista.
Una vez que una cámara pudo localizarlo, el guardia por fin pudo recibir comida, hidratación, ventilación y atención médica remota. Su rescate, no obstante, aún estaba lejos.
El rescate
Junto con otro rescatista, era la única que tenía la contextura para ingresar al túnel y así poder guiar a Hernán Gil para que se hidratara o estirase su extremidades mientras intentaban la manera de sacarlo de allí. También para conversar conversar con él.
“Creo que con Hernán se generó un vínculo distinto al de los otros rescatistas por el hecho de que él se abrió conmigo en temas personales de su familia. Me contó que estuvo de cumpleaños. Eran cosas muy personales que él quiso compartir conmigo. Cuando caían escombros y había polución, le preguntábamos cómo se sentía y le explicábamos lo que hacíamos. Él nos decía: ‘No se preocupen, estoy bien. Sé que lo están haciendo para sacarme de aquí'”, rememora María Paz Campos.
En un punto de la misión, tres días de trabajo tuvieron que ser desechados pues el acceso que habían creado para llegar a Hernán no era seguro. Con ayuda de la Fuerza de Tarea de Miami comenzaron a trabajar en otro punto, que finalmente resultó ser el que lo pudo sacar de los escombros.
Si bien María Paz Campos es consciente de que puede que aún no procese las dificultades psicológicas que tuvo que enfrentar, recuerda con alegría el rescate: “Fue una emoción muy grande verlo salir por sus propios medios, porque él mismo dijo que quería salir así. Después lo pusimos en la camilla, el equipo médico le colocó vías, le administró medicamentos, lo cubrió con una manta. Una vez que estuvo más estable y lo íbamos a trasladar, me acerqué a su lado, me presenté y le dije que yo era María Paz. Él me miró y lo primero que me dijo fue: “María Paz, tu voz me daba paz”. Me di por más que pagada. Todos estábamos felices, pero a mí en lo personal eso me llenó absolutamente”.