Varias innovaciones ha implementado el presidente José Antonio Kast en los casi dos meses que lleva en La Moneda. Muchas de ellas radicadas en el funcionamiento del segundo piso, pero también algunos de diseño. Según analistas, estas decisiones ya están comenzando a evidenciar resultados, aunque de carácter negativos.
Un jefe de asesores con poder de ministro
Al contrario de gobiernos anteriores, donde el equipo del Segundo Piso tuvo un sello más ejecutivo y abocado al consejo del presidente, el diseño de Kast apuntó a darle mayor tonelaje político a esa instancia, seleccionando figuras de su total confianza que eventualmente pudieran influir sobre los nuevos ministros.
El elegido fue Alejandro Irarrázaval, ingeniero comercial de 64 años y amigo personal del presidente desde los tiempos del Movimiento Gremial en la UC, cuyo contrato contempla hasta $9,5 millones mensuales, situándose entre los asesores mejor remunerados de los últimos años.
El problema es que la influencia de Irarrázaval nunca ha tenido límites claros frente al ministro del Interior, cuya coordinación interministerial está definida por ley. En la práctica, según han relatado dirigentes del oficialismo, el jefe de asesores ha entregado directrices a ministros que muchas veces chocaban con las solicitadas desde el Interior. La situación gatilló el reclamo formal de otro cercano al mandatario: el presidente del Partido Republicano, Arturo Squella,
Para Axel Callis, de TúInfluyes, lo ocurrido responde a un error conceptual de origen: “Es como extender el equipo de campaña al gobernar. Tú puedes mantener a las personas, pero no puedes mantener la forma de cómo se generan las relaciones de poder entre esas personas”.
En un régimen presidencial, agrega, “sí o sí los ministros van a ser las personas empoderadas”, y el intento de superponerles asesores sin atribuciones formales genera inevitablemente fricciones. Callis va más lejos y apunta a un patrón histórico: “Kast cometió un error que cometen muchos presidentes: poner personas afectivamente cercanas en el poder. Y cuando tú debilitas a los ministros, el gobierno se desfonda”, apunta.
Guillermo Bustamante, de la Facultad de Comunicación de la Uandes, comparte a EL DÍNAMO que la apuesta por perfiles de confianza tiene sentido si se complementa con estructuras de soporte: “La apuesta por estos perfiles debe acompañarse con equipos asesores con experiencia y trayectoria, para que el proceso de aprendizaje no sea perjudicial”.
La investigadora Josefa Calderón, del Instituto Res Publica, añade una lectura más contextual: “El Gobierno lleva poco más de 50 días y las expectativas que se plantearon eran muy altas, lo que amplifica cualquier error de instalación. Donde los tres convergen es en que la ambigüedad de atribuciones entre el Segundo Piso y el comité político es un problema de diseño que, de no resolverse, seguirá generando ruido”.
El relato de Gobierno, en el Segundo Piso
En administraciones anteriores, la Secretaría de Comunicaciones (Secom) operaba bajo la conducción política de la Segegob. Kast rompió ese esquema: la Secom ahora está alojada directamente a Presidencia bajo la conducción estratégica de las comunicaciones quedó radicada en el abogado Cristián Valenzuela, director de contenidos y considerado uno de los arquitectos de la campaña republicana.
El balance, hasta el momento, ha sido negativo. Fue Valenzuela quien asumió públicamente el error de instalar el concepto “Estado en quiebra”, episodio que terminó rebotando en la vocera Mara Sedini quien fue cuestionada por Contraloría a la vez que se le ordenó ejecutar un sumario.
Si bien Bustamante valora que el Gobierno haya apostado por perfiles capaces de traducir en lenguaje simple las decisiones del Ejecutivo, advierte que esa capacidad comunicacional debe ir acompañada de una evaluación constante.
Para Callis, la situación de Valenzuela es similar a la de Irarrázaval. El analista apunta a que “hay ingenuidad, o hay mucho voluntarismo, porque tratan de expandir o extender los equipos de campaña a los comportamientos y las relaciones con el Gobierno. Gobernar significa cambiar la nomenclatura y el ejercicio del poder”, asegura.
Gobernar sin coalición
Fue el 15 de diciembre, un día después de ganar la elección, que Kast notificó a los partidos políticos que su Gobierno no buscaría una coalición oficialista, sino un modelo de “colaboración política”. Hasta el momento, pese a algunos llamados del oficialismo, el diseño se mantiene intacto.
Sin embargo, la desafección entre los partidos han ocasionado roces entre pares de Chile Vamos y el Partido Republicano, tensión que ha escalado a los ministros.
Callis tiene una lectura dura de esta decisión. Recuerda que en la noche del triunfo el propio Kast habló de un pacto político que duró apenas 14 horas: “Cuando no hay pacto político, lo que hay son personalidades, personas. Y las personas no tienen estructura, no obedecen a representaciones”. Para el analista, esto explica directamente los problemas de coordinación que el Gobierno ha enfrentado: sin una estructura orgánica que ordene las lealtades, el único eje de cohesión es la relación personal con el Presidente, lo que resulta insuficiente para sostener un gabinete de 24 ministros.
Bustamante introduce un matiz relevante: la apuesta por independientes y perfiles técnicos no es intrínsecamente mala, ya que permite centrar la discusión en las urgencias del país y alejarse de las disputas ideológicas que marcaron el ciclo político anterior. El problema, a su juicio, es que esa lógica “tiene que ponerse en marcha en tiempo récord”, sin el soporte que una coalición orgánica normalmente provee.
Una vocera sin carrera política
Ningún gobierno reciente había apostado por un perfil como el de Mara Sedini para la cartera más expuesta del gabinete. Periodista y actriz de 40 años, Sedini era una figura desconocida hasta que apareció junto a Kast en el primer debate presidencial del 10 de septiembre de 2025. Sin militancia partidaria y con un perfil construido principalmente en la televisión y el streaming, representó para Kast la apuesta por una vocería de ideas antes que de redes.
En el sector sabían que Sedini asumía un riesgo al ser independiente, por no tener redes en los partidos políticos. Los primeros meses confirman esa advertencia. La popularidad presidencial cayó del 58% al 40% en el primer mes, posicionándose como la ministra peor evaluada.
Para Calderon, esta apuesta también conlleva sus riesgos, “puesto que una nueva forma de Gobernar tiene que ponerse en marcha en tiempo récord y evaluar constantemente su forma de comunicar las decisiones. La apuesta por estos perfiles debe complementarse con equipos asesores con experiencia y trayectoria, para que el proceso de aprendizaje no sea perjudicial para el bienestar del país ni de los nuevos ministros”.
Callis no cuestiona el perfil de Sedini en particular, sino la lógica que llevó a elegirla: “Yo creo que en este gabinete no hay un diseño, hay ideas. Y había una idea: que fueran personas exitosas en el mundo privado o con buena reputación, pero que no tenían ninguna conversación con lo que es el Estado y el mundo político”. Para el analista, creer que eso se supera por un acto de voluntad “es un poco absurdo”.
Bustamante encuentra el punto medio: el riesgo no está en la elección del perfil, sino en no haberlo acompañado desde el inicio con estructuras de soporte suficientes.
Ministros que se enfrentan en público
Otro rasgo inédito que no estaba en el diseño original, pero emergió de él, es las diferencias públicas que han sostenido los ministros. Además del enredo con la norma que buscaba limitar la gratuidad que enfrentó a la dupla Alvarado-García con el titular de Hacienda Jorge Quiroz, la semana pasada este último protagonizó un tenso cruce con el ministro de Vivienda, Iván Poduje, protagonizó.
“Yo tengo un solo jefe, se llama José Antonio Kast”, dijo el arquitecto calificando a su par de “un ministro más entre muchos”. Nunca antes, en la historia reciente, dos ministros en ejercicio habían cruzado palabras de esa manera en los medios.
Callis contextualiza: las tensiones entre ministros existen en todos los gobiernos. Recuerda cruces entre Andrés Velasco y Osvaldo Andrade durante la primera administración de Bachelet, o las fricciones que generó Cristián Larroulet como jefe del Segundo Piso en el gobierno de Piñera. “Siempre hubo tensiones, siempre”, dice. Pero añade una distinción crucial: “Nunca cruce de palabras. Para mí, esto es inédito“. Y el dato que más lo preocupa no es el contenido del conflicto, sino su timing: ocurrió a menos de dos meses de iniciado el gobierno, cuando normalmente este tipo de fricciones emergen a los ocho meses o al año.
Bustamante apunta a la raíz estructural: “Faltan instancias en que los ministros puedan dialogar a puertas cerradas y no a través de los medios. Esto se complejiza cuando hay ministros con personalidades muy marcadas y agendas propias que colisionan con las de otros”.
No identifica un solo responsable: “Acá lo que hay es desaciertos y errores no forzados”.
Calderón coincide en que la responsabilidad es compartida, y agrega que el daño no es solo interno: los cruces públicos generan “una percepción de desorden en el Gobierno” que puede ser más costosa políticamente que la diferencia de fondo.