En Chile se llama Día de Todos los Santos y en México Día de Muertos. Pero en la última década, las tradiciones que se realizan a esta altura del año en tierras mexicanas comenzaron a expandirse por el resto del mundo, incluyendo nuestro país.
La Embajada de México en Chile junto a la Municipalidad de Las Condes organizaron celebraciones para este fin de semana con pasacalles, música en vivo y un altar de muertos, entre otros atractivos. La sede diplomática también colaborará en la instalación de un altar temporal en el sitio de memoria Escotilla 8 del Estadio Nacional y en Villa Grimaldi. Incluso hizo un reto de altares para la comunidad mexicana residente en Chile.
En los camposantos locales también se preparan actividades de inspiración mexicana. Los tres cementerios del Parque del Recuerdo, por ejemplo, tendrán una exhibición con esculturas de catrinas y calaveras de casi dos metros. El martes 27 de octubre, Carabineros decoró el cementerio ubicado en la Escuela de Adiestramiento Canino con artesanías de papel mexicano y junto al memorial del perro caído, se instaló un altar especial para los perros policiales y mascotas fallecidas de los funcionarios. A nivel comercial, el Persa Víctor Manuel también preparó un altar y una cartelera musical para este fin de semana.
El interés de Chile
Desde 2008 que el mundo enaltece formalmente el Día de Muertos, como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un reconocimiento que otorga la Unesco. En los años siguientes, la expansión de estas tradiciones solo ha crecido de la mano del cine con James Bond en 007: Spectre (2016) y Coco (2017) de Disney.
El desfile de Día de Muertos que sirve de escenario a James Bond en la película fue el punto de partida para procesiones cada vez más masivas. Este año, como parte del desfile, en el Zócalo de la Ciudad de México se instaló la Catrina más grande del mundo. Con sus 33 metros de altura, sobre los que trabajaron cerca de 140 artistas y técnicos mexicanos, rompió el récord Guinness.

En Chile, la tradición que con mayor fuerza se ha adoptado es la del altar de muertos, que toma elementos de los pueblos indígenas mesoamericanos, como la creencia de que las ánimas de los difuntos vuelven al mundo de los vivos en ciertas épocas, y simbolismos asociados a la religión católica.
“La recepción ha sido muy positiva. El Día de Muertos tiene elementos visuales muy reconocibles —las flores de cempasúchil, el papel picado, las calaveras, las ofrendas— que generan mucha curiosidad, pero vemos también un interés cada vez mayor por comprender qué hay detrás de esos símbolos“, cuenta a EL DÍNAMO Jorge Manuel Meade, encargado de Asuntos Culturales de la Embajada de México en Chile.
“Nuestra intención no es solamente mostrar una tradición mexicana atractiva desde el punto de vista visual, sino explicar su significado: la memoria de quienes han fallecido, los vínculos familiares y comunitarios y la manera en que esos recuerdos se transmiten entre generaciones. En Chile, hemos encontrado además una gran disposición a dialogar con esa dimensión de la celebración. Creemos que ahí está una parte importante de su atractivo fuera de México: aunque sus símbolos y prácticas sean profundamente mexicanos, la experiencia de recordar a quienes ya no están es algo universal”, añade.
Altar de muertos, recuperar la vida del difunto
Anabella Picazzo, mexicana radicada en Chile, tuvo que vivir este año su primer Día de Muertos fuera del país. En su tierra natal, Veracruz, se celebra con especial intensidad: comparsas de gente bailando con máscaras de madera y ofrendas monumentales. Al momento de hacer su altar de muertos en Santiago, se le ocurrió documentarlo y compartirlo en redes sociales. Las seis partes de su proceso están documentadas en sus cuentas de Instagram, TikTok y Facebook, y solo en la primera plataforma acumula cerca de 740 mil visualizaciones.
“Yo aprendí a hacer altares de muertos desde los 9 años, porque en la escuela te lo enseñan. Cuando comencé a documentarlo acá, mucha gente me dijo: «¡Guau! Entonces, ¿sí se puede hacer aquí también? ¿Cómo lo podemos hacer?». Me ha tocado mucho chileno cauteloso, respetuoso de no faltar al respeto a la tradición mexicana y con ganas de querer hacerlo, pero lo más fiel posible a lo que es nuestra cultura”, detalla a este medio Picazzo, conocida también como Jarochita en Chile.
La creadora de contenido comenzó entonces a recomendar en sus videos cómo adaptar la tradición en estos lares, por ejemplo, utilizando flores como el clavelón en lugar del cempasúchil y divulgando las tiendas que comercializan el papel picado de México, un tipo de artesanía.
El recibimiento, si bien en mayor medida ha sido positivo, también ha despertado suspicacias en algunos mexicanos, “un poco celosos de compartir su tradición”, dice Picazzo, y en comunidades religiosas locales. Sobre esta diferencia, relata: “En México el cristiano ya creció al lado de esa tradición que no sigue, pero la conoce y se le hace normal; no la comparte, pero no la ve extraña. Aquí es un poquito diferente porque es una tradición que no es de aquí, sumado a su creencia religiosa, que es muy respetable”.
“En México crecemos con la cultura de la muerte, porque es parte de la vida. Al menos en mi núcleo familiar es muy común. Frases como «cuando yo me muera» o «si me muero» son cotidianas. Aquí, si yo hablo con un chileno y digo: «Es que cuando yo me muera…», me responden: «No, no llames a la desgracia», lo que también es respetable”, revela la creadora de contenido.
El encargado de Asuntos Culturales de la embajada mexicana ahonda en la cosmovisión mexicana. “Eso no significa que la muerte se tome a la ligera. Lo que existe es una manera particular de relacionarse con ella. La tradición parte de la idea de que la muerte forma parte de la vida y que quienes han fallecido continúan presentes a través de la memoria. En la ofrenda se colocan fotografías, flores, velas, alimentos y objetos relacionados con las personas que se recuerdan. De esa manera, el recuerdo de la persona no queda reducido únicamente al momento de su muerte, sino que recupera también su vida, sus gustos y los afectos que dejó”, asevera.
“Es algo muy catártico. Da pie a sanar, a tener esas conversaciones de: «¿Te acuerdas de que a mi tío le encantaba el pastel de chocolate? Hay que comprarle su pastel para ponérselo en su altar, ¿no?»”, coincide Anabella Picazzo.

Lo que resuena en Chile
Además del cine y la globalización que intensifican las redes sociales, el interés de Chile se explica por otros factores. El antropólogo y Premio Nacional de Antropología Juan Carlos Skewes lo explica así a este medio: “El pueblo chileno y el pueblo mexicano son parte de una gran patria latinoamericana donde ocurren fenómenos similares, derivados de la conquista, la colonia y una profunda influencia tanto hispana como indígena. El caso de Chile y México es interesante porque México pasa a ser tempranamente un referente simbólico y cultural para Chile“.
“Pensando básicamente en el siglo XX, el cine mexicano modeló en gran medida la vida popular urbano chileno. Era el único cine hablado en español al que tenía acceso una población analfabeta, capaz de reconocerse en personajes similares con los cuales sentía continuidad. Esta misma hermandad cultural se aprecia en la difusión del baile popular, el canto y la música (…) Hay un antecedente previo que facilita ese proceso”, añade.

Entre ambas naciones, incluso hay similitudes en las formas de vivir estos días. Sin ir más lejos, el historiador Benjamín Vicuña Mackenna describe en La ciudad de los muertos una situación que se asemeja a la tradición mexicana de visitar las tumbas, limpiarlas y organizar una reunión de carácter más festivo a su alrededor. “(En) avenida Cañadilla, que conduce al cementerio, se veía el 1 de noviembre invadida por carretas llenas de hombres i de mujeres engalanadas, que conducían consigo harpas i guitarras, damajuanas con licor, silletas, canastos llenos de fiambre, pedazos de estera i alfombras i todo cuanto habían menester para honrar i orar por lo difuntos”, es el fragmento recogido por el antropólogo José Manuel Insulza en Antropología de la muerte en Chile.
La mirada chilena de la muerte
El autor del artículo profundiza en diálogo con este medio en la dimensión universal de la muerte: “Tradicionalmente, la despedida del cuerpo presente, mediante el velorio, el funeral y la sepultación, ha permitido a los familiares y a la comunidad reconocer la muerte, expresar el dolor y comenzar a elaborar la pérdida. Estos rituales cumplen una función emocional, social y cultural fundamental: ayudan a hacer visible la ausencia y a darle un lugar dentro de la memoria colectiva“.
“Esta dimensión adquiere un significado particularmente doloroso en el caso de los detenidos desaparecidos durante la dictadura en Chile. Cuando no existe un cuerpo que pueda ser recuperado, identificado y despedido, se produce una interrupción de los rituales funerarios“, precisa.
Skewes repara en que “en el mundo popular chileno y latinoamericano en general, la idea de la muerte se vincula más bien con la fatalidad: un acontecimiento vital que interrumpe la existencia de un ser humano, el cual entra en otra condición que obliga a separarlo drásticamente del espacio cotidiano. Es un ser al cual se le invoca según programas rituales —a través de las oraciones de misa o en ciertos aniversarios—, pero la actitud prevalente tiene un carácter anestésico respecto a las emociones, sentimientos y relaciones, bajo la premisa de que pasará el tiempo y se olvidará; es una postura bastante generalizada”.
El Premio Nacional de Antropología también distingue entre los ritos más antiguos del país: aquellos vinculados a los pueblos indígenas. En el caso de la cosmovisión mapuche, sostiene, el muerto “no es un objeto del olvido ni es algo de lo cual la comunidad quiera deshacerse lo más pronto posible”.
“La imagen del muerto no es solo la de un socio del pasado que está presente en la actualidad, sino también un hito en la memoria que orienta, pero que al mismo tiempo resulta amenazante. La amenaza principal se relaciona con la voluntad del difunto de volver a su origen a buscar personas para llevárselas consigo; es decir, procurar la muerte de otros”, especifica.

Esta raigambre indígena también se expresa en manifestaciones más actuales de la relación con la muerte, como las animitas. “Cuando alguien muere de forma accidental en la vía pública o a una edad inesperada, emerge la presencia híbrida de esta mentalidad indígena y cristiana: un alma en pena que queda dando vueltas —lo que en el mundo indígena sería un püllu—, un espíritu atrapado en una circunstancia incómoda. A esta figura, en la cultura popular latinoamericana y chilena, hay que venerarla de algún modo, y el sujeto puede valerse de ella como un medio para acceder a figuras más trascendentales y solicitar favores, protección o diversos beneficios”, relata Skewes.
A juicio del autor de Antropología de la muerte en Chile, quien recopiló las prácticas asociadas a ella en el país, “no existe una única manera de enfrentarla (…) La manera de expresar el dolor, organizar los funerales y vivir el duelo puede variar según las condiciones socioeconómicas y culturales asociadas. Por ejemplo, en determinados sectores de mayores recursos económicos puede observarse una tendencia a la contención emocional, al resguardo de la intimidad y a una expresión más reservada del sufrimiento. En otros sectores sociales, en cambio, el dolor puede manifestarse de manera más abierta y colectiva, mediante el llanto, las expresiones públicas de dolor y el acompañamiento comunitario”.
“Lo importante es reconocer que, pese a todos estos cambios, seguimos necesitando despedir a quienes mueren, dar sentido a su ausencia y encontrar formas de mantenerlos presentes. Desde una perspectiva antropológica, la muerte no solo nos habla del final de la vida, sino también de la continuidad de los vínculos humanos a través de la memoria”, afirma.