A principios de julio de este año, el arquitecto Tomás Domínguez Balmaceda volvió a la cruzada que ha mantenido por cerca de dos décadas: que el Cementerio General de Santiago sea reconocido como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO
A escala local, en la primera década de los 2000, Tomás Domínguez ya había conseguido que las 28 hectáreas del Casco Antiguo del Cementerio General fueran declaradas como Monumento Histórico.
El portal especializado en la capital y sus atractivos, Santiago Adicto, lo definió como “el chileno que más conoce y vela” por la necrópolis ubicada en Recoleta. Y es que, tal como él responde en esta entrevista a EL DÍNAMO, acude al camposanto por lo menos una vez a la semana.
Más que las estructuras que buscan la eternidad —de inspiración gótica, egipcia y maya, por nombrar algunas— a Tomás Domínguez lo sobrecogen las más de dos millones de personas que descansan en el Cementerio General.

Que allí estén sepultados los restos de casi todos los gobernantes de una nación en su etapa republicana, a juicio del experto, ya constituye un Valor Universal Excepcional (VUE), uno de los criterios que el camposanto debe cumplir en su camino a la Lista del Patrimonio Mundial.
“Conociendo los cementerios de las grandes ciudades de América, Estados Unidos y Europa, he constatado que esto no ocurre en ninguna otra parte. Chile tiene la particularidad de estar muy concentrado en su capital y de haber optado, a finales del siglo XIX, por ampliar su cementerio principal en lugar de crear cementerios periféricos. Esto lo mantuvo como el principal camposanto del país hasta la década de 1970, configurando lo que llamo el ‘Panteón de los Presidentes y Gobernantes de la República’, relata Domínguez a este medio.

El inicio de la gesta y el robo a los muertos
“Mira, quizás ha sido una insistencia constante ante cada obstáculo. Partí con esto en el año 2000. En esa época, nadie consideraba que el Cementerio General pudiera ser patrimonial. Yo estudiaba Arquitectura en la Universidad Católica, un ambiente culto, pero en el que nunca contaba que iba al cementerio porque era mal visto, casi marginal, como ir a una cárcel o a un basural. Sin embargo, tenía la clara convicción de que era un museo. Y no solo por las esculturas; yo creo que los restos de las personas son incluso más importantes”, dice sobre la inquietud que lo ha llevado a estar ligado casi la mitad de su vida a la “Ciudad de los Muertos”.
Con el tiempo, esa convicción creció hasta que decidió plantearlo a la Municipalidad de Recoleta, que por entonces dirigía el UDI Gonzalo Cornejo. “Me fue bastante mal porque, aunque me compraron la idea, terminaron usándola para hacer contratos fantasmas con el pretexto de crear un libro. Ese fue el llamado caso GMA”, cuenta.
“Me di cuenta de que habían tomado mi idea como justificativo para saquear. ¿Y a quién le estaban robando? No a mí, sino que a los muertos. Suena raro y a la gente le da risa, porque piensan que al estar muerto ya no te afecta, y el Código Civil dice que la persona natural se extingue con la muerte. Pero, por ejemplo, a José Miguel Infante, miembro de la Primera Junta de Gobierno y quien abolió la esclavitud, le grafitearon la tumba. A Germán Tenderini le robaron la escultura de su tumba, el primer mártir bombero. ¿De quién era esa escultura? ¿De quién son los muertos? Una persona fallecida sigue siendo dueña de su tumba, de su nombre y de sus huesos. Es algo obvio, pero la gente no lo ve así”, argumenta.

Un camino largo
El trayecto para que el Cementerio General sea Patrimonio Mundial no es reciente. Ha pasado por los dos gobiernos de Sebastián Piñera, el segundo de Michelle Bachelet y el de Gabriel Boric. En todos ellos, se ha repetido lo que Domínguez define como tramitaciones eternas y una obstaculización, que incluye decisiones que no han sido fundamentadas, según detalla a este medio.
“Yo no nací sabiendo esto; pasé horas caminando por el cementerio y pensando qué lo convertía en Monumento Nacional: el reflejo de la sociedad, la calidad imperecedera de sus materiales de piedra, la enorme cantidad de obras que lo transforman en el museo de esculturas más grande y antiguo de Chile, o el hecho de ser el parque más antiguo de Santiago”, rememora.
Sin embargo, dice, “a la UNESCO le interesan otras cosas”. Y de allí nació el panteón de los presidentes y gobernantes chilenos. “En París existe el Panteón, pero alberga a las grandes figuras de la Ilustración, mientras que los presidentes están dispersos en cementerios como Père Lachaise, Montparnasse o Montmartre. En España o en la Recoleta de Buenos Aires, los cementerios históricos son pequeños, de unas cinco hectáreas frente a las ochenta de Chile, y están fragmentados en la periferia porque no son países tan centralizados”, describe.

El deudo de la Ciudad de los Muertos
—¿Qué tan incorporado está el Cementerio General en tu vida diaria?
Como el mayor conocedor del Cementerio General e impulsor de decenas de iniciativas de salvaguarda, siempre he trabajado para ahí. Me resulta muy difícil trabajar en terreno, nunca he tenido colaboración de Recoleta y la administración simula que yo no existo. Por esta razón me invento actividades para poder ir regularmente, mínimo una vez a la semana, por ejemplo, para ir a regar un vivero de árboles que armé hace 3 años y una treintena de algarrobos, chañares, pimientos y palmeras con que estoy reforestando distintos sectores cuyos árboles murieron porque la municipalidad no riega. También realizo visitas periódicas de inspección para revisar la colección de esculturas y reunir antecedentes de los últimos robos, vandalizaciones, etc.
—Más allá del valor arquitectónico, ¿qué más crees que se debe rescatar, quizás hablando de cosas inmateriales, del Cementerio General?
Aunque promuevo el sitio histórico como un museo, en realidad es mucho más que eso. Cada arquitectura espectacular o cada escultura es singular y carga un significado intangible, porque de manera metafórica encarnan a las personas enterradas. No hay que perder de vista que es un espacio creado para la práctica del Culto a los Muertos, donde se realizan rituales de entierro y despedida, de recuerdo y conmemoración, de esperanza de trascender en el tiempo a través de las estructuras de piedra caliza y mármol. En definitiva, una construcción de proporciones colosales, que por más de 200 años se ha erigido como una ciudad a escala con la vocación de fomentar el recuerdo y luchar contra los efectos destructivos de la muerte y del olvido.

—¿Tienes algún lugar favorito o una experiencia que disfrutes en el Cementerio General?
Dentro del inmenso repertorio de rincones especiales, de lugares memorables, de obras monumentales y obras de arte, para mí los lugares más especiales son las tumbas donde tengo enterrados parientes, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y más antepasados que nunca conocí, pero de los que tengo la certeza de que yo no existiría si no fuera por ellos. Soy un “deudo” de ellos, es decir que en parte les debo la existencia. Por eso, con una periodicidad de 6 meses hago una mantención de otoño y de primavera de más de 8 mausoleos de mi familia, que casi nadie más visita y cuyos moradores están prácticamente olvidados.
—¿Qué es lo más grave, lo más urgente o lo que más te impresiona del estado actual del Cementerio General?
El desafecto, el abandono de deberes y el incumplimiento de las leyes por parte de la administración de la Municipalidad de Recoleta, de la Seremi de Salud RM y por el Ministerio de Cultura. Por ejemplo, que ante el saqueo la administración sostenga que los robos son problema entre particulares, que no hagan la denuncia y que recientemente hayan eliminado los rondines en terreno para contratar más apitutados en las oficinas, mientras el Ministerio Público no hace nada ante mis denuncias y el Consejo de Monumentos se mantiene pasivo.
Respecto a las vandalizaciones no conozco un caso en el mundo de un cementerio profanado de esta manera a excepción de los cementerios judíos de la Alemana nazi. Sorprende que Recoleta se rehúse a restaurar los rayados pese a que la Contraloría así lo ha dictaminado, que el Consejo de Monumentos no cumpla su deber de realizar restauraciones (Artículo 6-3, Ley 17.288) y que en cambio entre ambos actores se coludan para responsabilizar a las familias, incluso prometiendo acciones coercitivas contra las familias que no restauren. Podría seguir describiendo lo mismo sobre la crisis de la muerte del parque, sobre la no reconstrucción del 27F, etc.

—¿Crees que con sus tumbas, o con lo que la gente va a hacer allí (romerías, homenajes, vandalizaciones), el Cementerio General cuenta la historia completa de Chile?
La “Ciudad de los Muertos” es el mejor espejo de la ciudad de los vivos. Tanto del pasado patrimonial de un Santiago que ya no existe, como del presente con sus virtudes y sus vicios, segregación social, odio político u horizontalidad y pluralidad política. Una de las experiencias más poderosas para un visitante, es enfrentar la tumba de una persona importante, famosa o admirada. En ese momento se da cuenta de que la persona existió realmente y que está enterrada ahí. Por eso las tumbas son el mejor lugar para recordar la memoria de un muerto y el Cementerio General es la gran galería de grandes personajes de la historia de Chile. Cada tumba es una ventana al pasado. Entre las 2.500.000 de personas enterradas y las aproximadamente 40.000 construcciones, puedes abordar todos los grandes temas de la historia desde finales de la Colonia hasta la actualidad.
También está la “pequeña historia”, más íntima y familiar que se cultiva a otra escala, pero que se renueva cada vez que alguien hace una visita y lee los nombres grabados en piedra.
