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Daniel Avendaño, coautor del libro sobre vínculo de Chile en la guerra de las Malvinas: “De traición cuesta hablar”

Junto a Mauricio Palma, ambos periodistas publicaron a comienzos de septiembre El Pacto Perfecto, una reconstrucción documentada de la colaboración de Chile con el Reino Unido durante el conflicto en el Atlántico Sur, el que ha vuelto al tapete en las últimas semanas.

Cada cierto tiempo el tema de las islas Malvinas/Falklands reaparece en el tapete al otro lado de la cordillera. Esta vez explotó con fuerza luego que la selección de fútbol argentina desplegara un lienzo que decía: “Las Malvinas son argentinas”, tras derrotar a Inglaterra en el pasado Mundial. Tras ello han venido una serie de anuncios de parte del presidente Javier Milei en el tono que han tenido todos los mandatarios del país vecino tras perder la guerra en 1982, reclamando la soberanía del archipiélago.

Lo nuevo en esto ha sido la declaración del comandante en jefe de la Fuerza Aérea argentina y de otros personeros civiles y militares en torno a pretensiones sobre el Cabo de Hornos y las áreas pertenecientes a Chile. Esto, sumado a un nuevo vínculo comercial y de transporte entre los colonos británicos de las islas y Punta Arenas ha creado mayor ruido en Santiago y Buenos Aires, derivando en anuncios especiales para modernizar las fuerzas y la logística en el extremo sur de nuestro país.

Mauricio Palma y Daniel Avendaño, autores de “El Pacto Perfecto”.

Justo cuando esto estaba sucediendo, apareció en librerías el libro El Pacto Perfecto, de Daniel Avendaño y Mauricio Palma, investigación que busca desentrañar los vínculos entre Chile y Gran Bretaña en la guerra y en los años posteriores. Los autores demoraron más de seis años en su realización, para la cual buscaron en archivos de Chile, Argentina e Inglaterra, además de entrevistar a protagonistas del conflicto.

En conversación con EL DÍNAMO, Daniel Avendaño —quien es periodista y magíster en Historia, además de ser el director de la Escuela de Periodismo y Comunicaciones de la UAI en Viña del Mar— cuenta que su interés por el conflicto de las Malvinas/Falklands comenzó luego que ambos publicaran El secreto del submarino, obra sobre el supuesto submarino extranjero que habría sido hundido en la bahía de Valparaíso.  

“En 2018 habíamos terminado el libro del submarino y empezamos a barajar temas. Yo tenía cierta resistencia porque, ¿qué más se puede contar de Malvinas? Del lado argentino, nada, y menos con tantos especialistas. Pero me tocó irme a Londres un año. Allá está el Archivo Nacional británico, en la zona de Kew, en Richmond. Fui un día y accedí a cinco carpetas con unos dos mil documentos. Estuve todo el día revisando, y me encontré con ciertos pormenores que no se conocen. Había documentos militares, pero sobre todo del Foreign Office y de todas sus divisiones: la de Comercio, la de Sudamérica… Un montón de documentación. Ahí me di cuenta de que había muchas cosas, muchos protagonistas, muchos datos que no estaban contados. Que la historia era más amplia que la que se sabía”.

—El libro describe muy bien el día a día de lo que ocurrió en 1982: las primeras llegadas de los oficiales ingleses a Chile, con la Fuerza Aérea y también con la Armada apoyando. ¿Cómo fue esa reconstrucción de algo que pasó hace 44 años?

“A mí me gusta mucho ir al archivo. Lo paso bien, me gusta descubrir cosas. Cuando volví a Chile seguí con el archivo de la Cancillería. Yo conocía el Ministerio de Relaciones Exteriores por otras pegas, y siempre digo que, para cualquiera a quien le interesen estos temas, es un caudal de información gigantesco. Aparte, generalmente está todo muy ordenado, muy profesional. A la información que llegó entonces de la embajada en Londres podía acceder, y ahí, los informes del entonces embajador Miguel Schweitzer eran súper formalizados: contaba todo lo que hacía”.

—¿Cuál fue el gran descubrimiento al investigar? Cosas de las que diga: esto no lo sabía nadie.

“Mira, tanto como que no lo sabía nadie… no, porque todos los documentos son de acceso público. Lo que sí no era de acceso público era el rescate de los cuerpos del Belgrano por parte del buque chileno Piloto Pardo: a esas fotos tuvimos acceso mediante la Armada. Eso es inédito, nunca se había publicado. Esa es como la gran revelación. Y después, un montón de relatos. A nivel documental, hay documentos interesantes, como el del primer día: el 2 de abril, el alto mando británico se reúne y dice: Vamos a necesitar pistas de aterrizaje en Chile. Ahí está el documento. Y es curioso, porque no solo está en el Archivo Nacional, sino que también lo tiene online la Fundación Margaret Thatcher que están disponibles para todos. Esa pega nadie la hace”.

—Es una muy buena enseñanza, sobre todo para estudiantes de periodismo y periodistas jóvenes: hay que buscar en los archivos. Ahí está el oro.

“Totalmente. Siempre me acuerdo de que Mauricio contaba que, cuando descubre unas actas secretas de la Junta Militar en el Archivo Nacional y las consigue, el funcionario le dice: Estábamos esperando que alguien viniera algún día. Sabíamos que estaban, pero no es nuestra pega sacarlas. Yo nunca hablo del documento revelador, sino de la sumatoria de documentos, que finalmente creo que es mucho más contundente que una sola hoja”.

—El libro también cuenta varias historias humanas, de personajes muy importantes cuyas biografías ustedes incluso profundizan. Eso lo hace mucho más próximo: no son solo movimientos y radares, sino personas, como el caso del dueño de una aerolínea magallánica que fallece junto a toda su familia.

“Eso era lo que faltaba contar. Teníamos que contar la historia general: las claves, lo indesmentible, los hechos cruciales, la línea de tiempo. Eso tenía que estar para que se entendiera de qué se había tratado todo esto, con el marco general de la previa, del durante y de los efectos posteriores. A nosotros nos pasaba que, por ejemplo, nos dimos cuenta de que Renato Freyggang, de Inti-Illimani, era hermano de Jorge Freyggang, exoficial de la FACh y quien transportó a comandos ingleses de Punta Arenas a Santiago. Sabíamos que los que habían estado en los tiempos de la guerra podían darnos pistas sobre cómo fue. Yo conversé con unos seis o siete radaristas que estuvieron en Balmaceda y en Punta Arenas, me hablaron de qué tan helado, cómo era el lugar, cómo convivían. Sabíamos que darle esa vivacidad propia de la crónica periodística iba a hacerlo mucho más accesible, un relato mucho más ágil. Esa fue una apuesta muy deliberada”.

—Ustedes también estuvieron en Argentina. ¿Cómo fue reportear en un país donde el tema es mucho más abierto?

“Escribiéndoles o llamando a los argentinos, yo dudaba de si realmente iban a contestar. Y fueron súper abiertos. Diría que un 99,9%. Me acuerdo de un caso que fue un poco más resistente, pero por una historia muy personal. Entonces te das cuenta de que el tema Malvinas no es solo la guerra. Tiene que ver con algo más de su identidad. Es tan poderoso en su identidad que no flaquea, pase lo que pase; no va a flaquear nunca. Es muy constitutivo, como unos cimientos en términos arquitectónicos. Igual que lo que pasa con su selección”.

—Pero, como dice, es parte de su identidad. Y cada cierto tiempo se usa como comodín, sobre todo en momentos de crisis interna, con réditos electorales o para subir en las encuestas.

“Malvinas aparece cada tanto. Ahora estuvo la bandera que desplegaron los argentinos en el partido contra Inglaterra, donde convergen dos pilares fundamentales: la selección y Malvinas. Sacarla después de ganarle a Inglaterra era el guion perfecto para ellos”.

—Lo otro particular es que justo con el lanzamiento del libro y después de muchos años, los argentinos comienzan también a hablar de Chile: el Cabo de Hornos en una sucesión de declaraciones, desmentidos y quitadas de piso. ¿Cuál es el parecer de ustedes? ¿Sienten que, dentro de esa identidad argentina, hay históricamente un ánimo un poco expansionista?

“Yo creo que lo último tiene más bien que ver con cierto tono un poco grandilocuente de parte de Milei: correr los cercos permanentemente, estar tocando la oreja; todo parece ser una provocación, tanto interna como externa. Creo que a veces eso le genera ciertos beneficios electorales o políticos. Pero la clase política argentina también lo mira con cierta cautela. No se suben tan rápido al barco; saben que esto es parte de cierta grandilocuencia. No creo que esto escale, a propósito de las simpatías entre Kast y Milei”.

—Volviendo al libro, hay cosas que se sabían pero que siempre vale la pena recordar: el protagonismo tanto de Merino como de Matthei y el rol más secundario, más cauteloso, de Pinochet.

“La junta chilena era mucho más integrada que la argentina. Allá, la Fuerza Aérea y la Armada obviamente tenían quiebres en su relación; la Fuerza Aérea argentina no tenía mucho ánimo de ir a la guerra. Finalmente, el almirante Anaya es el que lleva todo, y quizás el gran responsable. Acá, en cambio, hay ciertas virtudes personales, si se quiere, tanto de Matthei como de Merino, que estuvieron muy en beneficio de las acciones. Eso fue un hallazgo más personal. Como bien dices, hay muchas cosas que se saben: la gente que conoce la interna de la Armada va a saber cuán ladino fue Merino. Pero quizás en lo más personal uno no lo entendía del todo: fue muy hábil. Y Matthei fue muy pragmático, como siempre lo fue. Es el tipo que resistió todo. Son liderazgos bien particulares. A veces uno se olvida de que, en contextos bélicos, los líderes son súper importantes para que las cosas sucedan. No es solo tener los hombres, ni las armas, ni las locaciones, sino articularlas de modo eficiente, de modo efectivo. Y ahí creo que los dos fueron súper efectivos”.

—En el libro, sobre todo al comienzo, mencionan un par de veces la palabra traición. En Argentina mucha gente sigue tratando a los chilenos de traidores. Después de hacer el libro, ¿cuál es su visión respecto de ese adjetivo?

“Creo que es difícil hablar de traición considerando el tablero espacial y temporal. Y en ese tablero está el año 78: estuvimos a punto de una guerra. Era reciente y no estaba sellado completamente; eso llegó recién en 1984, con el Tratado de Paz y Amistad. Entonces, por más que había cierto acercamiento, o al menos una suerte de armisticio, eso no nos dejaba ni como buenos vecinos ni como buenos amigos. Lo cierto es que, como contamos, en 1981 y 1982 hubo una serie de incursiones argentinas aéreas, marítimas y terrestres, y también durante el conflicto. Eso confirma que hubo un hostigamiento permanente en nuestro espacio, provocándonos. Entonces es difícil decir que se traicionó, cuando no había una buena relación; estábamos lejos de ser amigos, con juntas militares que eran muy distantes”.

“Lo otro que hace el libro, porque han pasado tantos años, es corregir la idea de que Chile hizo mucho más de lo que realmente hizo. Chile hizo algo, pero tampoco es que nos llenáramos de tropas y espías ingleses. Nuestro país abrió ciertas ventanas por donde los ingleses podían mirar tranquilamente. Pero el desequilibrio de armamento entre Inglaterra y Argentina hacía de esta una guerra muy desigual. Y después se suma Estados Unidos, con un apoyo muy logístico y cierto armamento que fue crucial, y ahí terminan dando el golpe de gracia”.

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