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La (not) reforma tributaria

Lo esencial en el futuro, cuando se plantee una reforma tributaria o aumentos de impuestos, es saber cuánto se recaudará y para qué se usarán esos recursos. Porque los ciudadanos tenemos derecho a influir en ello y evitar subidas tributarias porque sí.

Uno de los compromisos del actual Gobierno era implementar una reforma tributaria para financiar su programa, que buscaba recaudar un 3,6 % del PIB, más de 9 billones de pesos; lo que no ocurrió. ¡Y qué bueno que no!

A la luz de los hechos conocidos en estos años de administración —y, sobre todo, de los descubrimientos recientes de la Contraloría—, al parecer plata había. Solo que terminó en el lugar equivocado: fundaciones, fotos oficiales, talleres con perspectiva de género; o se farreó en la ineficiencia del Gobierno, por ejemplo, para conseguir lápices hexagonales… entre otras superficialidades a las que esta administración nos quiso acostumbrar.

Pero aquí, un paréntesis antes de seguir. ¿Qué fue de Contralorito? Ese loro colorido, amable y caricaturesco, que nos mantuvo entretenidos con su desplante en redes sociales, pero que al final nunca dijo nada sobre la gestión del ex contralor. Creo que es un deber republicano encontrar ese corpóreo e ingresarlo a algún museo, si es que logramos dar con su paradero.

Volvamos a lo central. El ministro enamorado de Hacienda siempre ha planteado —y sigue planteando— la necesidad de que el Estado recaude más y se mejore el cumplimiento tributario para así financiar las necesidades de los chilenos. Entre las prioridades, siempre se señaló o intentó justificar el alza de impuestos con el fin de financiar el aumento de la PGU, el sistema nacional de cuidados, las listas de espera en salud, etc.

Pero mientras él buscaba apoyos políticos, sondeaba ideas o intentaba imponer su reforma, los “compañeros” trabajaban en paralelo —y de formas muy creativas— para disponer de los supuestos escasos recursos públicos. Así, mientras el ministro apostaba por la técnica y el conocimiento, otros abrían las compuertas a la mala política y la frivolidad, como si ser Gobierno les otorgara un comodato de libre administración de las arcas fiscales.

¿Cómo se le explica a un ciudadano que no hay plata para un medicamento, pero sí más de tres millones para peluquería y maquillaje para una foto con Su Excelencia? ¿Cómo se justifica el retardo en la entrega de útiles escolares por una exigencia técnica sin respaldo? Claramente no hay forma decente ni digna de explicar tales niñerías del Gobierno. Pero sí hay tiempo —y recursos— para gastar en una elección primaria que “no prende” a nadie y que, a la fecha, se avizora con una bajísima participación ciudadana.

Sin el trabajo de Contraloría, jamás habríamos sabido de toda esta enjundia que alejan a las personas de las instituciones, aumentan su rabia y descontento, y ponen —día a día— en jaque a la política y a sus autoridades. Porque el estándar legal ya no basta: debe ir acompañado de un comportamiento ético, prudencia y, sobre todo, de un sentido de urgencia para llegar a tiempo a cubrir las necesidades de las personas.

Lo esencial en el futuro, cuando se plantee una reforma tributaria o aumentos de impuestos, es saber cuánto se recaudará y para qué se usarán esos recursos. Porque los ciudadanos tenemos derecho a influir en ello y evitar subidas tributarias porque sí. Siempre debería estar abierta la opción de reasignar recursos antes que recaudar más. Porque hoy el mal gasto, la falta de rendiciones o la ineficiencia en el uso de los recursos ya se cuentan en billones de pesos (que representan el 16 % de esa rechazada reforma tributaria).

En fin, lo bueno es que no hubo tal reforma. Lo malo: tampoco hay transparencia. Ni responsabilidades. Ni mucho menos pudor. Solo nos queda Contralorito en fuga, hexágonos con perspectiva de género y el sueño eterno del Estado eficiente y moderno… que nunca llegó.

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