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Ser comunista

El delirio de defender lo indefendible ante la evidencia, da sobradas razones para sospechar de las credenciales democráticas del PC: datos, no opiniones.

¿Por qué declararse antifascista o partidario de proscribir a los grupos nazis es un acto natural y bien visto, y hacer lo mismo con los comunistas es considerado un acto de discriminación? Esa pregunta surge con frecuencia en conversaciones calmadas, y la comparación se ancla en la historia negra de ambas fuerzas en la Europa de la primera mitad del siglo XX: nazis y comunistas cargan con muertes que se cuentan por millones. Sus líderes, Hitler y Stalin, son emblemas de crueldad. Pero nos interesan las diferencias más que sus semejanzas, y la primera a la vista es la raigambre que el PC tiene en nuestro país por más de un siglo y con el origen popular de la lucha por los derechos de los trabajadores. El nacionalsocialismo, en cambio, ha escrito poco más que la Masacre del Seguro Obrero en la historia de Chile. No se les vincula a ningún grupo relevante ni han dejado huella.

Otro punto que da “inmunidad” a los comunistas en Chile es haber sido víctimas sucesivas de la famosa Ley Maldita de González Videla, en 1948, que los marginó de la vida política y hasta los exilió del país, con su senador Neruda a la cabeza, y luego de la barbarie post 1973. El PC chileno, indudablemente, es un partido sufrido, aperrado —diremos en chileno coloquial— y muy leal diría el presidente Allende por el apañe que le dio, a diferencia de su propio Partido Socialista, que lo arrinconó. Pero también hay que decir que el PC ha sabido capitalizar esa condición, aunque se molesten.

En un debate reciente que me tocó moderar, escuché en tono bajo, casi inaudible, decir a Carolina Tohá que hacer críticas a posturas de su adversaria Jeannette Jara no la convertía en una “anticomunista”. Claro, no quería ser otra victimaria. Lo sentí como un grito desesperado por tratar de desahogarse y decir que tenía derecho a acusar (y de hecho días después lo tuvo que hacer para diferenciarse), que el descaro del PC de apoyar hasta el día de hoy a regímenes sanguinarios y corruptos no les puede salir gratis.

El delirio de defender lo indefendible ante la evidencia da sobradas razones para sospechar de las credenciales democráticas del PC: datos, no opiniones. Y los argumentos sobran, como que en el último Congreso Nacional del partido reafirman los “principios leninistas”, donde destaca la “dictadura del proletariado” como eje central.

Pero otra vez cabe hacer matices y reconocer que en Chile, salvo el mareo del Estallido, han estado del lado de la ley y las instituciones democráticas en que participan. Podrán sostener que la tierra es plana políticamente, pero puestos en un cargo actúan con innegable apego a la ciencia.

Se les puede acusar de disociación en varios temas, pero en Chile sus actos son indistinguibles del resto de las fuerzas políticas. Indistinguibles por su respeto y por sus titubeos.

Todas estas particularidades hacen del PC criollo un aparato raro, digno de estudio, porque
los comunistas en el mundo no son una fuerza floreciente en entornos competitivos y democráticos, como ocurre en Chile. De hecho, le propongo un test rápido: ¿de qué otro partido sería usted capaz de decir 10 dirigentes destacados sin repetir ni equivocarse? Mire: Cariola, Vallejo, Jara, Cataldo, Barraza, Jadue, Carmona, Carmen Hertz, Bárbara Figueroa y Hugo Gutiérrez, de corrido y dejando a varios aparte. Sin ánimo alguno de discriminación, por favor.

Puede que el lector no comparta sus ideas, o sí, pero nadie discute que es un partido vivo, que gravita, que influye y que se mueve como los dioses: en las marchas saca las banderas rojas con la hoz y el martillo para aglutinar, y en la franja y los debates nacionales aparece la versión edulcorada para no ahuyentar.

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