Llevamos mes y medio con un nuevo gobierno y la oposición ha optado por una estrategia que podríamos calificar, con generosa indulgencia, de meramente contemplativa. Más precisamente: no propone nada. O cuando lo intenta, el resultado es tan previsible como irritante.
La pregunta que titula esta columna no es retórica. Es urgente. Chile necesita crecer. No a tasas modestas ni con la resignada conformidad de quien ha aprendido a celebrar el estancamiento como si fuera virtud. Necesita crecer con vigor, con consistencia, con una arquitectura de políticas públicas que genere confianza, inversión y empleos de calidad. Y ante esa necesidad imperiosa, la izquierda chilena guarda un silencio que, a estas alturas, resulta tan ensordecedor como vergonzoso.
Desde que José Antonio Kast asumió la presidencia, lo que hemos presenciado desde las bancadas opositoras no es el laborioso trabajo de una alternativa política que reflexiona sobre sus errores, afina sus diagnósticos y construye propuestas sólidas. Lo que hemos visto, en cambio, es el espectáculo. El show. La performance parlamentaria elevada a categoría de argumento. Algunos diputados de izquierda parecen haber confundido el hemiciclo con un escenario de variedades, donde la histeria calculada reemplaza al razonamiento y el gesto exaltado suple la ausencia de ideas. Es más fácil gritar que pensar.
Es más rentable políticamente agitar que proponer.
Pero el problema no es sólo de forma, aunque la forma ya sería suficientemente grave. El problema es de fondo, y ese fondo tiene una historia que conviene no olvidar.
Nadie en ese sector político ha tenido la ecuanimidad intelectual, ni la honestidad cívica mínima, de ofrecer un mea culpa serio por el desastre fiscal que dejaron como herencia. Durante el gobierno de Gabriel Boric, las estimaciones de ingresos fallaron con una regularidad que, de no ser tan dañina, resultaría cómica. Un año tras otro, las proyecciones se desmoronaban al contrastar con la realidad, como castillos de naipes ante el más leve soplo de evidencia empírica. El gasto se disparó, la deuda pública trepó a niveles históricos, y quienes fueron parte de esas decisiones hoy deambulan por los pasillos del Congreso como si nada hubiera ocurrido, con la tranquilidad olímpica de quien nunca tendrá que rendir cuentas ante nadie.
Esa irresponsabilidad fiscal no fue un accidente. Fue la consecuencia lógica de una cosmovisión que concibe el presupuesto público como un instrumento de transformación ideológica antes que como una herramienta de administración prudente. Gastar era, en esa lógica, sinónimo de avanzar. El resultado fue el conocido: presión sobre la inflación, deterioro de las cuentas públicas y una señal inequívoca hacia los mercados de capitales de que Chile había abandonado la seriedad macroeconómica que durante décadas fue su carta de presentación ante el mundo.
Y si la gestión fiscal fue lamentable, las iniciativas concretas que promovieron durante sus años de influencia no fueron menos reveladoras de un pensamiento económico que parece haberse detenido en algún punto nebuloso entre el estructuralismo latinoamericano de los años setenta y la candidez del populismo contemporáneo.
Recordemos la reforma tributaria del segundo gobierno de Bachelet, la de Arenas. Vendida con fanfarria académica y respaldada por economistas que confundían sus modelos con la realidad, esa reforma no solo no alcanzó sus objetivos recaudatorios, sino que instaló una nube de incertidumbre sobre el sistema tributario chileno que lleva más de una década sin disiparse. La inversión se retrajo. Los proyectos se pospusieron. Los capitales buscaron destinos más predecibles. La economía chilena, que venía de un ciclo virtuoso, ingresó en una meseta de la que costó enormemente salir. El diagnóstico de la izquierda ante ese fracaso fue, naturalmente, que la reforma había sido insuficiente. Que había que ir más lejos. Esa es la lógica del doctor cuya medicina enferma al paciente y cuya respuesta es doblar la dosis.
Luego vinieron los retiros de los fondos de pensiones. Tres. Con el aplauso entusiasta de buena parte de la izquierda parlamentaria, que encontró en esa medida una oportunidad populista de difícil resistencia electoral. El efecto fue demoledor: el mercado de capitales local sufrió un golpe del que aún no se recupera plenamente y la inflación recibió un combustible extraordinario en el peor momento posible. Destruir para parecer generoso es una especialidad que la izquierda chilena ha perfeccionado con dedicación notable.
Y si todo lo anterior resulta insuficiente para comprender la magnitud del problema, basta recordar la primera propuesta constitucional. Ese texto, redactado bajo la influencia determinante de la izquierda más maximalista, era un catálogo de ocurrencias que hubiera transformado a Chile en un experimento político sin parangón en el mundo desarrollado. Un Estado plurinacional fragmentado, un sistema de propiedad erosionado, un andamiaje institucional de diseño tan caprichoso como inoperante. Chile lo rechazó con una contundencia que debió haber provocado una crisis profunda de reflexión en ese sector. En cambio, provocó un breve silencio y luego, el retorno al mismo discurso de siempre.
Entonces, ¿qué propone la izquierda para crecer? La respuesta honesta, por mucho que incomode, es que no propone nada coherente, nada fundado, nada que pueda someterse al escrutinio técnico sin desmoronarse. Propone, a lo sumo, la repetición de recetas que ya fracasaron, envueltas en nueva retórica y acompañadas de mayor indignación performática. Propone el ruido donde debería haber argumento. Propone la queja donde debería haber alternativa.
Chile merece una oposición inteligente. Una que piense, que debata con seriedad, que aprenda de sus errores y que ofrezca visiones alternativas con rigor y responsabilidad. Lo que tenemos, lamentablemente, es otra cosa. Y mientras ese vacío persista, el carnaval continuará, con sus parlamentarios exaltados, sus consignas sin sustancia y su sistemática incapacidad para responder la pregunta más importante de la política económica contemporánea: ¿cómo se crece? No lo saben. O peor aún: no les importa saberlo.