Cada pueblo tiene su poema. Una leyenda que lo explica mejor. La de España, es decir la de la América hispana, también empieza con un exilio: el del Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, que llora al abandonar su tierra. Este mismo Cid que al final del poema gana una batalla en Valencia cuando todos lo daban por muerto. Muerto estaba, y ese fue el motivo de su victoria, la sorpresa de ver un muerto cabalgando delante de todo el resto de sus caballeros.
Esa es la lección que los moros no aprendieron a tiempo: que a un Campeador, a un luchador, a un mito, no se le puede dar por muerto ni siquiera cuando ha dejado oficialmente de respirar. Es una lección que Kast y su equipo de relaciones exteriores olvidaron a la hora de retirar su apoyo a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Pensaron, como los moros en Valencia, que sin el apoyo de Estados Unidos y del lado Orbán del mundo, su nombre sería apenas testimonial. Pensaron que era más urgente darle una señal de lealtad a Trump, el hombre más poderoso del mundo en ese minuto. No sabían, aunque era fácil de adivinar, que toda esa exhibición de poder escondía una gigantesca impotencia. No sabían, aunque era fácil recordarlo, que Michelle Bachelet se hace grande en el rechazo, crece en el desprecio y jamás abandona nada de lo que se propone.
La derecha chilena, y parte de la izquierda también, se ha dado el lujo de no conocer, de no comprender, de no estudiar a Michelle Bachelet. Presidenta dos veces, actor político de primera relevancia en Chile y en Latinoamérica desde hace veinte años, nos damos el lujo de sorprendernos cuando en un inglés bastante digno cita a Violeta Parra para explicar por qué tenerla al mando de esta asamblea de estas naciones sería mejor para el mundo. Su falsa humildad apenas esconde esa seguridad abismante en sí misma, ese sentir o saber que puede dirigir el mundo o el país sin dejar de ser la pediatra socialista de sonrisa fácil y casa en La Reina (donde cocina y atiende ella misma a los pocos amigos de confianza que le van quedando). Desconfiada, dura, pero sencilla, enemiga de los aspavientos y los egos demasiado decorados, a pocas personas parece interesarles menos el poder que a Michelle Bachelet, aunque nadie ha sacrificado más de su vida, de su alma, de su privacidad, por el poder.
El poder ayudar, el poder cambiar las cosas, el poder mejorar la vida de los seres humanos es lo que la mueve, dice ella, y lo cree, y lo piensa. Aunque es difícil no pensar que también le interesa el poder puro y duro. Ser ella y no otra, estar en Chile y en el mundo en la primera página de todos los medios de comunicación desde hace décadas.
Bachelet es esa esfinge misteriosa que llegó a ser candidata porque no consiguió la meta que el presidente Lagos le asignó cuando era su ministra de Defensa. Querida y respetada por no acabar con las colas, querida y respetada por intentarlo, como intentó sin éxito modernizar el sistema de transporte de Santiago, escribir una nueva Constitución, mejorar el sistema de admisión escolar. En el camino hay, por cierto, muchos logros, entre ellos la estabilidad en que vivimos mientras se abocaba a estos intentos frustrados, logros donde ha conseguido, no se sabe cómo, que nunca se le achaquen del todo a ella. Experta, justamente en medio de todas las crisis, en dejarnos en claro su inquebrantable buena voluntad, la sinceridad de su propósito, el esfuerzo por tratar de lograrlo. Aunque no se pudo. Aunque a veces tampoco se quiso. Aunque otra vez será.
“Ese otra vez será” que es también la señal de identidad de Michelle Bachelet, la que vuelve cuando renuncia, la que reaparece cuando jura que no va a aparecer más, la que siempre está disponible aunque nos aclara cada vez que quiere dedicarse a su vida privada, a limpiar su jardín, a hacer su vida de abuela, a descansar de su incansable vida.
No puede. Necesita seguir en la marcha. ¿Qué es lo que teme del silencio? ¿Qué la aguarda en medio de la calma? No se sabe. Lo que sí se sabe es que quiere a Chile y a los chilenos, que huele el desprecio a lo lejos, que el desprecio es su motor. Su candidatura encontró en el rechazo de Kast, sordamente ideológico, su mayor aliciente. Convirtió a la expresidenta en símbolo de una historia política y de un mundo huérfano y mal mirado que hasta ese desprecio presidencial estaba dispuesto a ser paciente y esperar la actitud de la nueva administración. Transformó una elección que ocurre muy lejos, y en la que imperan criterios misteriosos para nosotros, en una pelea interna, un partido de fútbol o de tenis entre el gobierno actual y los del pasado.
Un amplio pasado que Bachelet encarna de muchas maneras. Kast se peleó no con Michelle Bachelet sino con la historia que ella representa, una historia que incluye a Sebastián Piñera. La reconstrucción no encuentra entonces su edad de oro en la Concertación, de la que Bachelet fue su última lideresa, sino antes, mucho antes, un antes que nadie quiere del todo revivir.
La candidatura de Bachelet a la ONU era, justamente, una oportunidad de reconciliar a Chile con sus varias versiones. Mostraba la mejor cara de Kast: la generosa, la gentil, la cristiana. Obligaba a la oposición a sentir que no estaba del todo excluida del país. Era una señal de orgullo patriótico, una demostración más de que la política exterior de Chile no es la de este o de aquel gobierno, sino patrimonio del Estado. El presidente no lo entendió así, pensando que, eclipsada muy luego por Trump, Bachelet sería una anécdota. Pero Bachelet nunca es una anécdota. Es difícil saber si conseguirá o no la Secretaría General, pero es evidente que consiguió, como el Cid Campeador, convencer a sus amigos y a sus enemigos de que no está muerta, y que sin hacer mucho, sin hacer nada, puede seguir ganando batallas.