Hay conversiones que toman décadas. Y hay de todo tipo: políticas, religiosas y hasta futboleras.
La de Saulo, en el camino a Damasco, la más célebre, tardó apenas un instante. Hoy, casi 2 mil años después, el Frente Amplio ha batido ese récord: bastó un informe del Consejo Fiscal Autónomo sobre el proyecto de Megarreforma del gobierno para transformar a sus más encendidos críticos en sus más devotos apóstoles. Por eso propongo, sin ironía del todo, iniciarle al CFA un proceso de canonización. Ha obrado un milagro.
Durante cuatro años la izquierda gobernó con una despreocupación olímpica por las cuentas fiscales. Los sucesivos incumplimientos de metas presupuestarias y las crecidas de deuda se explicaban, relativizaban o simplemente ignoraban. El CFA, cuando se atrevía a señalar desequilibrios, era despachado con elegante desdén. Fue el propio ex ministro de Hacienda, Mario Marcel, quien se encargó de calificarlo incluso de “tendencioso”, atribuyéndole motivaciones políticas antes que técnicas. Era, en el mejor de los casos, una voz incómoda que convenía silenciar.
Hoy el panorama es irreconocible. Los mismos operadores digitales que antes ponían en duda la independencia del organismo comparten ahora en redes sociales con fervor y apuro sus estimaciones como si fueran tablas bajadas del Sinaí. Las publican, las difunden, las subrayan con pasión catequética. La responsabilidad fiscal, ese concepto que dormía en el baúl más oscuro del discurso frenteamplista, ha resucitado con vigor sorprendente.
La senadora Beatriz Sánchez, los diputados Daniel Manouchehri, Gael Yeomans, Irací Hassler y varios más, de un instante a otro, parecen los más fieles y disciplinados seguidores de Von Mises y Hayek, los padres de la rigurosidad fiscal.
El caso más ilustrativo es el de Giorgio Jackson. Instalado en la comodidad de Europa, guardó elocuente silencio ante el creciente desempleo y ante una gestión presupuestaria que la historia juzgará con muchísima menos generosidad que sus protagonistas. Nunca una palabra de alerta, nunca un reparo público sobre los continuos tropiezos de quien fue proclamada la mejor directora de Presupuestos de la historia, ni tampoco sobre el desempeño de la ministra del no Trabajo Jeannette Jara, cuya gestión no produjo otra cosa que un desempleo sostenidamente al alza, que ni la informalidad pudo maquillar.
Ahora, convertido en súbito predicador de la ortodoxia fiscal, respinga la nariz y cita el CFA con la unción de quien ha encontrado, por fin, la verdad.
Lo notable no es el cambio de posición -en política, las piruetas son moneda frecuente-, sino la falta de cualquier explicación. Nadie ha dicho: “antes me equivoqué” o “no entendía y ahora entiendo”. Nadie ha reconocido que minimizó riesgos reales. Con su desvergüenza tan característica, la conversión se produjo en silencio, como si el pasado no existiera y el presente fuera el único tiempo posible.
El Consejo Fiscal Autónomo merece, en fin, no sólo su canonización sino también una nota de agradecimiento de la ciudadanía: logró que quienes gobernaron sin mirar el medidor de la deuda se preocuparan, al fin, por no pasarse de la raya. Que haya sido necesario un milagro para llegar a esa conclusión elemental dice mucho, y nada bueno, sobre sus cuatro años en el poder y lo que pueden ofrecer hacia adelante.
Ahora falta ver si el altísimo CFA obra otro milagro: que el Frente Amplio asuma que es una contradicción flagrante exigir no recortar gastos sociales y al mismo tiempo asustarse por el posible aumento de la deuda fiscal.
CFA, a ti nos encomendamos.