Secciones
Opinión

El paradigma eficiencia-productividad y la autodestrucción de la raza humana

Buscar la eficiencia y el aumento de la productividad como fin último puede ser una trampa que nos haga perder la magnificencia humana y dar paso a la pérdida de nuestras libertades.

Hoy, estudiando las causas del desempleo, un alumno me preguntó si alguna teoría económica podía explicar con mayor fidelidad los fenómenos y sus causas. ¿Es el desempleo fruto de una insuficiencia de demanda agregada, de salarios rígidos o de leyes de salario mínimo? ¿Es la creación de nuevos puestos de trabajo un resultado de la libertad para emprender, de la división del trabajo, la especialización y del aumento de la productividad? Le respondí que la realidad rara vez obedece a una sola causa: puede ser esto, aquello o todas las cosas al mismo tiempo.

La economía es un reflejo de la naturaleza humana. La Iglesia Católica enseña que el ser humano fue creado para anhelar la libertad, pero esa libertad obliga al sometimiento mutuo. El ser humano es libre para tomar decisiones económicas que le favorezcan y esclavo en cuanto se debe subordinar al prójimo para alcanzar el bien común.

Esto cobra mayor importancia en la posmodernidad, dado que el Papa León XIV ha removido las piezas del tablero al publicar una Encíclica – Magnifica Humanitas – que pone de relieve que el ser humano es más que sólo un medio para producir más y mejor. Que su fin no se supedita al ámbito economicista del paradigma eficiencia-productividad, porque, creer esto, es caer de lleno al precipicio de la tecnologización humana, o transhumanismo, y con ello, al riesgo de deshumanizarnos. La encíclica papal lo explica de esta manera: “La raíz de estos problemas es una mentalidad tecnocrática y posthumanista, que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso para optimizar, eliminando todo lo que pone límites a la maximización del beneficio: lo que importa es la eficiencia, no el respeto a la libertad y a la dignidad humana.” Javier Octavio Rivera, en su libro “Manifiesto Arqueofuturista” reflexiona: “La técnica, explotada en sus potencias agiliza los procesos económicos e incluso relacionales, pero algo se pierde y lo intuimos.”

Así, buscar la eficiencia y el aumento de la productividad como fin último puede ser una trampa que nos haga perder la magnificencia humana y dar paso a la pérdida de nuestras libertades. Nuestro destino quedaría en manos de un puñado de tech-millionaires que, sedientos de poder, decidieran controlar globalmente el medio de producción menos escaso del planeta: la capacidad creativa de la mente humana. La tecnologización de la humanidad se convierte en una paradoja: mientras se busca fortalecer la institucionalidad y la libertad de asociación y cooperación, podría deslizarnos voluntariamente hacia la esclavitud cibernética y hacia la pérdida de todo lo que nos hace humanos.

Esa era también la preocupación de Tolkien —citado por el Papa— al escribir “El Señor de los Anillos”: el peligro de una técnica puesta al servicio del dominio y de la vigilancia. No deja de ser significativo que Peter Thiel y sus socios hayan elegido precisamente el nombre “Palantir”, tomado de la misma obra literaria, como nombre para su empresa tecnológica, aludiendo a aquellos objetos capaces de ver a distancia, pero también de corromper la mirada de quien los utiliza.

Notas relacionadas