Hay un elemento que pasa desapercibido en el debate sobre inteligencia artificial. Se habla con urgencia del impacto que esto provocará en las nuevas generaciones en busca de trabajo, pero mucho menos de la escasez que viene: criterio, experiencia, juicio humano. Las cualidades que los algoritmos no pueden replicar. Lo que las organizaciones necesitarán en forma crítica cuando la IA cubra todo lo demás.
La paradoja, es que en la mayoría de los casos esas cualidades tienen rostro y tienen edad.
En un reciente artículo M. Francisca Yáñez lo plantea con precisión: una generación joven sospecha que la escalera laboral se está desarmando mientras intenta subir el primer peldaño. Es una imagen poderosa y justa, pero también refleja la necesidad que se avecina por esas “capacidades humanas” imprescindibles.
El criterio y la experiencia no se fabrican, no se descargan, ni tampoco se pueden ”promptear”. Se construyen en años de situaciones vividas, decisiones tomadas, de lecciones incorporadas, de contextos leídos sin manual. Es el producto de haber experimentado dentro de un sistema suficiente tiempo para entender cuándo ese sistema falla. Pero también el resultado de estar alerta para absorber nuevas situaciones y aprendizajes de modo de manejar eventos futuros.
Las personas mayores de 50 que hoy ven cómo sus CVs rebotan en filtros automáticos, que escuchan en entrevistas palabras como “perfil demasiado senior” o “buscamos alguien que pueda crecer con nosotros”, esas personas tienen exactamente lo que el mundo post-IA va a necesitar. Y el mercado laboral lleva décadas diciéndoles que sobran.
La incertidumbre que hoy vive un joven de 25 años frente a un mercado laboral reconfigurado es real y merece toda la atención. Pero una incertidumbre similar —¿habrá lugar para mí?, ¿mi trayectoria tiene valor?, ¿el sistema me considera? — la llevan hace décadas generaciones que el mainstream decidió que estaban “out” simplemente por haber cumplido años.
No es casualidad. Es el mismo sistema de supuestos que Francisca identifica al final de su columna: seguimos diseñando el futuro con los supuestos del pasado. Y uno de ellos y más incómodo de nombrar, es que la experiencia acumulada tiene fecha de vencimiento. Que pasado cierto umbral, una persona deja de ser un activo y se convierte en un costo, en un rezago, en alguien a quien hay que gestionar hacia la salida con delicadeza.
Eso nunca tuvo justificación real. Pero al menos antes podía disfrazarse detrás de la narrativa de la innovación permanente, de la adaptabilidad como virtud suprema, de los mercados que recompensaban lo nuevo. Ahora, cuando la propia tecnología señala que lo escaso y valioso será el criterio y la experiencia humana, esa narrativa queda expuesta.
¿Nos pasará, como en otros casos, que al vernos enfrentados a la “nueva escasez” nos llenaremos de explicaciones teóricas del por qué pasamos tanto tiempo menospreciando lo que sabemos se necesitará?