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Bielsa, un hombre aparte

Bielsa gana los partidos en la conferencia de prensa, y los gana respondiendo siempre otra cosa de la que le preguntan. Es un hombre aparte, distinto y único, pero es también en todo eso un hombre de este tiempo.

Algo debe tener el agua o el aire en Rosario para que de ahí surjan dos de los seguros protagonistas de este Mundial: Lionel Messi y Marcelo Bielsa. Dos cabezas que piensan solo en fútbol de manera obsesiva, dos cuerpos que vibran por entero en la cancha o al borde de ella, dos personajes que fuera de ella son perfectos extraterrestres. Ninguno de los dos es normal, y es seguro que califican en algún lugar del espectro autista, pero hasta ahí acaban sus semejanzas.

Si Messi es un gran jugador que esconde apenas a un niño que nunca creció y que nunca crecerá, Bielsa es un hombre, todo un hombre, con el dolor de ser y el de no querer parecer. Messi solo conoce la lógica del triunfo y desaparece cuando pierde; Bielsa, al revés, crece en la derrota, que es por lo demás lo que más le ha tocado vivir. Si Messi es el siglo XXI —el de las estadísticas, la eficiencia, la especialización, la falta total de curiosidad por el mundo—, Bielsa es el siglo XX: el de los fracasos bellos, el de los caballeros destituidos, el siglo de Borges y de Perón, del fervor del hincha y la moral del gran señor que no levanta la cara cuando se lo piden los fotógrafos, que no sonríe cuando no hay motivo para sonreír, que no quiere ser parte de la industria que lo alimenta y a la que alimenta.

Un rechazo que es una forma de heroísmo, pero también un buen negocio. Porque no hay duda de que Bielsa genera más titulares, más atención y mejores contratos de lo que sus éxitos ambiguos en el campo de juego generan. Dirige, por lo demás, un equipo lleno de tradición pero que no es ya una de las grandes potencias futbolísticas, aunque los titulares que provoca su negativa a posar para la FIFA podrían hacer creer que es el entrenador de Alemania, Brasil o Francia. De hecho, pocos fuera del ámbito del fútbol conocen a los entrenadores de esos países, pero nadie en Chile, como en Argentina o España —los países por donde pasó— puede ignorar a Bielsa. En todos esos lugares su figura provocó escándalo, debate y finalmente devoción.

Bielsa, en todos los lugares que dirigió, hace y hace ante todo pedagogía. Sus arengas, sobrias y místicas a la vez, duras y tiernas al mismo tiempo, son mejores que sus planteamientos tácticos. Aunque esos también tienen su huella: la del suicidio heroico, la de jugar todo y siempre hasta el límite sin importar el resultado, o jugando incluso en contra de la idea misma de ganar. Una visión trágica del fútbol y de la vida que las sucesivas expulsiones y contratos rescindidos no hacen sino aumentar. Gran huérfano del fútbol, artista que ejerce su arte con la más difícil de las materias: once pares de piernas ajenas, y hambre, mucha hambre.

Quizás en eso el origen rosarino de Messi y Bielsa explica algo. Rosario es un Buenos Aires de antes: pequeño, modesto y gentil pero intelectualmente bullente, patria de Fontanarrosa y Fito Páez y toda su trova. Es la Argentina al cuadrado, la tragedia de una decadencia que el narcotráfico hace visible. Una ciudad que fue y sigue siendo, pero que sabe que nunca volverá a ser. Una ciudad de inmigrantes atrapados en un ciclo de devaluaciones, quiebras e ilusiones mágicas, que solo tiene para vengarse del destino el talento de su gente.

Bielsa es de una familia de notables locales, de profesionales eminentes; Messi, de una familia popular. Pero los dos encontraron en el fútbol esa venganza del destino, esa reivindicación de su pueblo ante los ojos del mundo. Bielsa desde una casa rodeada de libros, y Messi en una en que nunca nadie leyó uno: ambos aman en el fútbol no un deporte sino una leyenda. Una leyenda que los llena enteros, expulsando de sus cabezas cualquier otro sentimiento, idea, afición. Son eso también: la obsesión que gana la partida porque no tiene un plan B.

Bielsa en su paso por Chile dejó una única y valiosa lección: tratar a los jugadores de usted, exigirles todo y exigirse él más. Sobre todo, darle a la derrota un sentido distinto al de la falta de éxito. Nos enseñó a perder porque sabía que esa era la condición esencial para enseñarnos a ganar. Es quizás lo más importante que dejó: la idea de que sin aprender a perder bien, ganar no significa nada. Nos trató como caballeros para ahorrarse cualquier intimidad fraudulenta. Nos trató como profesionales, pero profesionales que tuvieran el nivel de obsesión que solo pueden conseguir los amateurs. El proceso lo terminó Sampaoli, que era en muchos sentidos lo contrario de Bielsa, y quizás por eso consiguió los éxitos que a Bielsa le resultan esquivos. Sampaoli no podía perder; para Bielsa, en cambio, ganar siempre es muy poco. Lo que quiere no es el triunfo sino la gloria. Lo que quiere no son los goles sino el esquema que los explica.

Bielsa gana los partidos en la conferencia de prensa, y los gana respondiendo siempre otra cosa de la que le preguntan. Es un hombre aparte, distinto y único, pero es también en todo eso un hombre de este tiempo. Al oponerse al oropel y al negocio hace el mejor de los negocios y consigue el más brillante de los oropeles. Y pervive más allá de lo esperable en su única contienda: habitar la extraña máscara que le tocó llevar sobre su rostro.

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio