En política, se sabe, nadie muere completamente. Evelyn Matthei, que después de meses de liderar las encuestas quedó en quinto lugar en la primera vuelta, era hasta hace poco un gentil cadáver político, de esos de los que se esperan gestos de unidad, consejos áulicos por teléfono y alguna columna ocasional en El Mercurio. Políticos que dan clases de política en alguna remota escuela de gobierno y que se reúnen con otros cadáveres políticos en algún club de Madrid a recordar lo que pudieron haber sido.
Resignarse a ese lugar, sin embargo, nunca estuvo en los planes de la política chilena que más veces ha muerto y más veces ha resucitado en nuestra historia reciente. Evelyn Matthei Fornet fue parte de una patrulla juvenil que ella misma ayudó a destruir. Fue después candidata, ministra, senadora, alcaldesa y profesora de matemáticas de colegio. Una mujer que casi nada de todo eso lo hizo como todo el mundo, y que casi nada de eso dejó de hacerlo sin pasión, sin entrega total, sin ese atarramiento febril, esa lucidez furiosa que la caracteriza.
Evelyn no perdona.
La Evelyn de hoy, un poco más incluso que la de ayer, ha decidido no callarse nada. No aspira a ningún cargo, no le debe lealtad a ningún partido, así que habla lo que siente y lo que ve. Y lo que siente y lo que ve casi nunca es halagüeño para el presidente Kast y sus ministros. Salvo, quizás, cuando perdonar es el acto político más audaz disponible.
Porque uno de los gestos más valientes de su vida política fue justamente perdonar y hacerse perdonar el Piñeragate. Una herida que durante años quedó abierta en su flanco y en el del ex presidente, con quien colaboró lealmente durante una década —después de pasar una década anterior sin hablarse, sin mirarse, sin soportarse ni de lejos.
Uno podría pensar que fue el realismo político el que se impuso esta vez sobre la rabia, sobre el rencor acumulado. Pero desprecio es lo que Evelyn Matthei nunca sintió por Piñera —aunque sí, dicen, por Allamand, que es otra historia y merece otra columna. La primera imagen que tuvo de Piñera fue la de una inteligencia avasalladora. Eso la sedujo. Fue, en parte, lo que la llevó desde la economía a la política: la fascinación por alguien que pensaba más rápido que todos los demás en la sala y que además lo sabía. En medio del odio, en los años más duros del distanciamiento, Matthei nunca dejó de admirarlo del todo. Y cuando llegó el momento —terminado el duelo, llegado el gobierno— pudo hacer a un lado el rencor y volver a lo que siempre había sido lo más verdadero entre ellos. Piñera hizo lo mismo.
Por Kast, en cambio, Evelyn no siente ningún tipo de admiración. Ni intelectual, ni política, ni personal. Pertenece para ella a la peor de las categorías humanas: la de los maricones sonrientes. Perdonen el lenguaje, pero creo que es el que ella usaría. Hombres que sonríen mientras actúan en patota, que no tienen un solo código propio salvo los códigos de clase —y ni siquiera esos los tienen del todo claros.
Lo que no le perdona al candidato Kast no es solo que redes cercanas a él la acusaran de tener alzhéimer. Lo que no le perdona son las disculpas: tibias, ambiguas, torpes. Lo dijo en la campaña: alguien capaz de intervenir un video para hacer creer que su rival estaba mentalmente incapacitada para ser presidenta es alguien que llegará al poder dispuesto a correr muchos más límites. A Kast no le falta audacia ni ambición. Lo que le falta es lo que a ella le sobra: las agallas de dar la cara.
“¿Ustedes creen que soy huevona? ¿Que no conozco la realidad del país?” Le lanzó a un grupo de adherentes en Temuco cuando era candidata. A la diputada Marta Isasi la trató de ignorante sin mayor ceremonia. La inteligencia es para Evelyn un valor absoluto. Algo parecido a la honestidad. Despreciaba a Cataldo hasta que lo conoció y descubrió que había ahí un hombre cabal que decía lo que pensaba y pensaba lo que decía. Que fuera comunista le tenía sin cuidado. Lo que no le perdona a Kast y su círculo es algo más simple y más humillante: que crean que todos los chilenos son tan fáciles de engañar como ellos mismos creen serlo.
A Kast podría perdonarle malas decisiones. Errores de cálculo, tropiezos, la curva de aprendizaje inevitable de cualquier gobierno. Lo que le resulta imperdonable es otra cosa: que crean que nadie ve sus improvisaciones apresuradas, que nadie entienda de qué hablan cuando no saben de qué están hablando, que puedan escapar al escrutinio público simplemente por ser quienes son. Prometieron el mejor plan contra la delincuencia y llegaron sin ministro, sin equipos, sin nada, dice franca y directamente. Su equipo les ofreció su programa de seguridad antes de la segunda vuelta. Nadie lo leyó. Y a los que saben —los que tienen experiencia, los que podrían hacer la diferencia— los mandaron de embajadores.
Evelyn podría perdonar. Podría incluso ayudar a este gobierno, encontrar algo rescatable en medio de lo que le parece un desastre. Lo que no está en su carácter es olvidar la imagen que se formó del presidente y de su círculo. No es que le arrebataran la presidencia lo que le duele —ser presidente en el Chile de hoy es cualquier cosa menos un sueño— sino que lo hicieran sin argumentos, sin planes, sin una idea precisa de qué hacer ni qué no hacer. No se necesita nada de eso para ganar una elección; podría decirse incluso que sobra todo eso a la hora de ganar una elección. Pero se necesita todo eso y más para gobernar.
La política es plástica y nada impide imaginar un gabinete de Kast donde se sentara Evelyn Matthei. Sería, por lo demás, una jugada maestra, parecida a la que consiguió Boric al poner a gobernar su gobierno a Carolina Tohá. Pero las heridas que separaban a Boric y Tohá eran políticas y generacionales, diferencias que un seductor nato puede decidir pasar por alto una mañana y entregar las llaves del palacio a la que ayer no más despreciaba abiertamente. Kast carece de ese tipo de rencor y podría llamar a Matthei. Lo que no está claro es si podría convivir con el desprecio militante que ella siente por él. Podrían, por el país o por la derecha, decidir ignorarlo. Pero no podrían dejar de verlo.
Para placer de los que fisgoneamos la política desde afuera, se esperan por ahora más comentarios afilados de Evelyn y más silencio del mundo de Kast. Algo parecido a un drama y una comedia al mismo tiempo, que sin sangre ni tarta de crema va preparándonos, de todas formas, sorpresa tras sorpresa.