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El perro del hortelano

La izquierda, que dejó el huerto marchito durante ocho de los últimos once años, sale ahora a explicarle al jardinero nuevo cómo se cultivan las verduras. No crece. Y no deja crecer. Ese, no otro, es el verdadero programa económico que la izquierda ha sostenido con más disciplina en las últimas dos décadas.

Lope de Vega le puso nombre hace cuatrocientos años a un personaje que la izquierda interpreta perfectamente. El perro del hortelano no comía las verduras. Tampoco dejaba que nadie más lo hiciera. Cambiemos verduras por crecimiento y tenemos el resumen perfecto de dos gobiernos que administraron la economía con un resultado idénticamente nefasto. No crecieron. Y ahora, desde la vereda del frente, tampoco quieren dejar crecer.

Veamos. Durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet la economía creció en promedio un 1,8%. En esos mismos cuatro años el mundo lo hizo a un 3,1%. Después llegó Gabriel Boric con el Frente Amplio y el Partido Comunista a la cabeza, a repetir la coreografía, un triste 1,9%. El segundo peor registro desde el retorno de la democracia. El mundo, mientras tanto, crecía a un ritmo cercano al 3%. Dos gobiernos de izquierda, los dos peores promedios de la historia democrática reciente, y en ambos casos el planeta corriendo bastante más rápido.

Aquí conviene detenerse en la excusa favorita de la izquierda, esa que durante años atribuyó el pobre desempeño a un “contexto internacional adverso”. La desaceleración china, el fin del superciclo del cobre, la guerra comercial, los “súper ricos”, el neoliberalismo. El libreto completo. Sólo que el contexto internacional, donde abunda el capitalismo, no fue adverso. Fue comparativamente más generoso. Si la marea sube para todos y sólo un bote se hunde, el problema no es la marea. Es el bote. Y quien lo timoneó.

Las recetas que hundieron esos dos gobiernos, más gasto público financiado con más impuestos, mayor rigidez laboral, hostilidad regulatoria hacia la inversión, sospecha permanente hacia “los mismos de siempre”, son exactamente las mismas que hoy la oposición esgrime en el Congreso para intentar frenar la megarreforma del presidente Kast. Pero, como vimos, se olvidan de que las últimas dos veces que les correspondió decidir cómo se crecía y cómo se generaba empleo, el resultado fue el peor de las últimas tres décadas y media.

No hace falta exigirle autocrítica a nadie, ejercicio que en la izquierda tiene la frecuencia de un cometa lejano. Sólo que, si tu fórmula produjo, en dos administraciones sucesivas y bajo circunstancias distintas, los dos peores promedios de crecimiento desde 1990, mientras el resto del mundo demostraba que sí se podía crecer, careces de toda autoridad moral y, sobre todo, técnica para cuestionar y oponerte de manera tan radical a un proyecto que busca revertir precisamente ese estancamiento que provocaste. Tienes, cuando mucho, el derecho a explicar por qué esta vez el resultado sería distinto. Ese argumento, evidentemente, nadie lo ha dado todavía.

La megarreforma puede tener errores, como todo proyecto de esa envergadura, y merece un debate técnico serio, no una genuflexión automática ni un rechazo reflejo. Pero ese debate no lo puede liderar moralmente quien ya hizo la prueba y la reprobó dos veces. El dueño de la huerta de Lope de Vega al menos tenía la decencia de no salir a dar cátedra de agricultura. La izquierda, que dejó el huerto marchito durante ocho de los últimos once años, sale ahora a explicarle al jardinero nuevo cómo se cultivan las verduras. No crece. Y no deja crecer. Ese, no otro, es el verdadero programa económico que la izquierda ha sostenido con más disciplina en las últimas dos décadas. Los números están ahí, aunque hagan malabares para tratar de explicar otra cosa.

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La izquierda, que dejó el huerto marchito durante ocho de los últimos once años, sale ahora a explicarle al jardinero nuevo cómo se cultivan las verduras. No crece. Y no deja crecer. Ese, no otro, es el verdadero programa económico que la izquierda ha sostenido con más disciplina en las últimas dos décadas.

Foto del Columnista Juan José Santa Cruz Juan José Santa Cruz