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“Hemos sido rivales…”

Frente a un clima público donde la incapacidad de lograr consensos es la regla, con postales de civilidad como la de Kast y Boric que son apenas rarezas de museo, surge una pregunta: ¿Dónde se construye entonces la verdadera cohesión social?

Hace unos días, el Museo Histórico Nacional fue escenario de una de esas postales republicanas que tanto nos gusta celebrar. En la conmemoración de los 200 años de la Presidencia de la República, el presidente José Antonio Kast y el expresidente Gabriel Boric compartieron el podio. “Hemos sido rivales en ideas y seguramente lo seguiremos siendo, pero nos une Chile”, sentenció Boric, en un tono que Kast no tardó en recoger y validar.

Es una cuña impecable, un bálsamo institucional. Pero si salimos de los muros del museo y miramos a la calle, la ironía es ineludible. Esta declaración de buenas intenciones se da en medio de una crisis de desconfianza política profunda y cabe preguntarse, con honestidad: ¿Realmente nos une Chile?

Los datos sugieren que la retórica política transita por una vereda muy distinta a la realidad ciudadana. El reciente –Edelman Trust Barometer 2026 -un estudio global aplicado a más de 33.000 personas en 28 países- revela un diagnóstico sociológico fascinante y a la vez preocupante: pasamos de la era de la polarización a la era de la “insularidad”.

¿Qué significa esto? Si la polarización nos mantenía enfrentados y peleando por tener la razón, la insularidad es el repliegue definitivo. Nos rendimos. Se acabó. Nos encerramos en nuestras propias trincheras. A nivel global, un 70% de las personas tiene una mentalidad insular, mostrándose vacilantes o abiertamente indispuestas a confiar en alguien que viva, piense, vote o se informe de manera diferente a ellas. La sociedad no está unida; está fragmentada y atrincherada en sus burbujas de seguridad.

Frente a un clima público donde la incapacidad de lograr consensos es la regla, con postales de civilidad como la de Kast y Boric que son apenas rarezas de museo, surge una pregunta: ¿Dónde se construye entonces la verdadera cohesión social?

La respuesta es contraintuitiva y, francamente, sorprendente. El antídoto no está naciendo en las fundaciones ni en las ONG ni en los grandes movimientos sociales. Está en el mundo corporativo. Ante el desplome de la legitimidad institucional, la empresa se ha convertido en el último refugio de la sociedad.

El mismo estudio revela un hallazgo monumental: la institución que genera mayor confianza en el mundo no es el gobierno (53%) ni los medios de comunicación (54%), sino “mi empleador”, con un abrumador 78%.

Hoy, la empresa es la única infraestructura social que nos va quedando donde la insularidad se rompe por obligación y necesidad. Es el único espacio físico y cultural donde personas con historias, ingresos y visiones políticas radicalmente distintas (como quienes votaron por Boric y quienes votaron por Kast) deben sentarse a tomar un café, tolerarse, resolver problemas juntos y colaborar para sacar adelante un propósito común. Es allí, en los pasillos de las oficinas y en las plantas de operaciones, donde la convivencia cívica sigue viva.

Este contexto entrega una oportunidad para que el liderazgo empresarial asuma un rol mucho más trascendente como “mediadores de confianza” (trust brokers). La sociedad ya no solo espera que las empresas generen empleo y rentabilidad, sino que el 73% de las personas cree que los CEOs tienen el mandato de tender puentes entre grupos divididos.

Es aquí donde el ejercicio del liderazgo corporativo cobra una dimensión completamente nueva y exigente. El mandato para los directores y gerentes de hoy trasciende la última línea del balance. No se trata de que las organizaciones adopten posturas políticas partidistas o llenen sus reportes de declaraciones grandilocuentes, sino de que reconozcan su inmenso poder como articuladores de cohesión.

Un directorio con visión de futuro entiende que la legitimidad social y la construcción de un relato interno honesto son, hoy por hoy, la infraestructura más crítica de su negocio. La capacidad de transformar a un grupo diverso de personas en una comunidad unida por un propósito claro es la prueba de fuego del management moderno.

La política podrá seguir dictando discursos de unidad en los museos, pero la verdadera confianza de este país no se decreta; se construye, día a día, en la realidad de nuestras organizaciones.

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