El fin de semana pasado compartí un taller con 80 dirigentas sociales, convocadas para conversar sobre el rol de las mujeres en política. Antes de hablar, las escuché. Y ahí surgió una constatación relevante: cuando hablamos de “hacer política”, casi siempre pensamos en partidos, campañas y el Congreso. Pero para la enorme mayoría de las asistentes en la sala era otra cosa: es liderar la junta de vecinos, pertenecer a la organización sindical, la agrupación de salud, o poner en marcha la olla común.
Es la dirigencia de base, la que no sale en portada y casi nunca aparece en las encuestas de confianza institucional, pero que sostiene la vida cotidiana de miles de personas en Chile. Según cifras de la Dirección de Presupuestos (DIPRES) y la División de Organizaciones Sociales (DOS), en 2023 el 29,1% de las juntas de vecinos del país eran lideradas por mujeres, frente a un 23,8% lideradas por hombres. Esa es la tesis que quiero defender aquí: la política no se agota en la militancia partidaria. Se hace, sobre todo, en el territorio, y ya son más mujeres que hombres quienes la sostienen.
Cuando les pregunté por qué asumieron esos roles, las respuestas se repitieron con total claridad. Muchas hablaron de herencia: sus madres fueron dirigentas antes que ellas, y siguieron su ejemplo como parte de un legado. Otras hablaron de compromiso con la comunidad: llevan tanto tiempo ahí que no conciben quedarse al margen de lo que le pasa a su calle, su población o su comuna. Y varias, con la voz más baja, hablaron de los dolores que representan: la vecina que no tiene con quién dejar a sus hijos, el adulto mayor que no llega a fin de mes, la violencia que no sale en las estadísticas oficiales. No llegaron a la dirigencia por el poder. Llegaron porque alguien tenía que hacerse cargo, y decidieron que serían ellas.
Esa misma semana, mientras preparaba la presentación que llevaría a cabo, la política con mayúscula —la de La Moneda y el Congreso— mostró su peor cara: legisladores que llegan a acuerdos a espaldas de su propio partido; un ministro desmintiendo a su jefe, que no es ni más ni menos que el presidente de la República; parlamentarios tratándose de vendidos y coludidos, mientras dos de ellas peleaban a garabatos en la sala de sesiones, a vista y paciencia de sus colegas y de la prensa, y que convirtió ese incidente —y no el fondo de sus diferencias— en lo único relevante.
Si esa fuera la única política que existe, entendería perfectamente que cualquier mujer prefiera no acercarse ni un metro.
Al terminar el taller, varias se acercaron y me preguntaron, casi en secreto, si de verdad valía la pena. Si el costo —el machismo, el acoso, la violencia digital, el desgaste— se justificaba. No hubo una respuesta fácil. Lo que sí quedó claro esa mañana es que la política que ellas hacían —la de sus juntas de vecinos, la de sus organizaciones— no se parece en nada a la que se vio en redes sociales esa semana.
El liderazgo femenino en las organizaciones sociales involucra un trabajo significativo, vinculado al acompañamiento, la resolución de conflictos y la contención de los problemas de la comunidad sumado a la gestión, coordinación y planificación. Esta realidad implica un tiempo que se traduce en mayores niveles de desgaste emocional para las dirigentas, un factor que no se ha visibilizado en el debate público, sobre todo porque ellas además asumen roles domésticos y de cuidado que involucran muchas veces hasta cuatro jornadas laborales. Aun así, ese grupo y cientos de mujeres más están dispuestas a seguir haciéndolo. Ahí está, quizás, la respuesta: continúan porque el coraje de una abre la puerta para que otra se atreva.
No hace falta llegar al Congreso para hacer política. Se hace cuando se hereda el compromiso de una madre, cuando se decide no mirar para el lado frente al dolor del vecino, cuando se sostiene una organización por años sin que nadie lo aplauda. Esa es la política que de verdad cambia algo, aunque no salga en ningún noticiario. Y esa, más que ninguna otra, merece la pena intentar, porque estoy segura de que no morirán en el camino.