Algo no calzaba. Algo en este gobierno parecía no haber cuajado del todo, o haber cuajado al revés. Algo que de alguna manera hizo evidente Mara Sedini al revelar la confesión de un asesor central del presidente. La idea de que este es un gobierno de los fomes, que se visten con corbata, tiene nostalgia por Manuel Montt y que actúa o deja de actuar según la agenda de uno solo de sus ministros: el mesiánico doctor Quiroz.
Mara Sedini, la que recibió la confesión del asesor, fue parte de una de las campañas políticas más exitosas de la historia reciente, un equipo del que formaban parte también Cristian Valenzuela y Yeti Costabal, que no se ahorró jingles pegajosos, promesas gruesas, imágenes de un mal gusto deliberado para llegar a las mayorías. Eso, y reel, y TikTok, y un sentido instintivo de cómo convertir los matinales en una prolongación de su franja política. Un talento inevitable que vistió de presidente más votado de Chile a un aburrido dirigente de segundo nivel de la UDI.
¿Podía ese equipo dorado quedarse en la banca a mirar? ¿Sería este un gobierno fome, es decir, un gobierno que vive rogando, a último minuto, los votos del Congreso? La Operación Cancerbero despejó esa duda. A no ser por su rebuscado y cursi nombre, en todo lo demás fue una producción apoteósica, digna del equipo de comunicaciones que hizo de Kast un presidente inevitable.
El traslado de presos llevaba semanas ocurriendo. La idea de cárceles cada vez más segregadas es algo en que todos los expertos coinciden y que todos los gobiernos han intentado implementar, aunque pocas veces lo han conseguido, por la misma razón que hará fracasar también este intento: la velocidad con la que el populismo penal llena las cárceles nuevas y modernas, que alcanzan a ser de máxima seguridad solo cuando no hay elecciones.
La Operación Cancerbero es otra cosa, mucho más efectiva que un traslado de presos. No hay en el plan Cancerbero ninguna noticia de fondo. Es un reality show en vivo, una enorme operación de marketing que tiene como objeto adelantarse a la pauta de los matinales, creadores en gran parte de la sensación de inseguridad que nos enloquece, y hacer noticias antes que responder a la noticia. Es Bukele, claro, y Trump, pero también, de otra manera, Mitterrand o De Gaulle o Lagos. Está en el ABC de la comunicación política, solo que en este caso se le agrega una cuota de morbo, de mal gusto, que cumple un doble objetivo.
El primero es encantar a las masas menos exigentes, o las que exigen castigo en pantalla, y suspenso, y mano dura y metralletas y pasos marciales. Lo segundo es espantar a los huérfanos de algo parecido al buen gusto, a la política silenciosa pero efectiva, a los que no gozan todavía suficiente con la humillación del próximo.
Estos, que en general están en la oposición de este gobierno, podrían perfectamente apoyar el traslado de presos y la segregación de los líderes del crimen organizado, pero al verse horrorizados por la forma no pueden más que demostrar su desazón. Así quedan en la otra vereda. No porque no estén de acuerdo con lo que todos, más o menos, coinciden en que hay que hacer, sino porque les repugna la forma. Eso mismo entendió la nueva derecha, como antes la nueva izquierda: que la forma es el fondo.
Lo que importa, para crear la polarización —único escenario en que los raros parecen normales y los fanáticos, sensatos—, es pelearse por las formas para no llegar nunca a hablar del fondo.
En el fondo, en este caso, está el hecho de que somos el segundo país más seguro de Latinoamérica (puesto 52 en el Índice de Paz Global 2026), detrás de Uruguay (puesto 43), el país con mayor igualdad de la región según el índice Gini. Y en el fondo del asunto está el hecho bastante probable de que la megarreforma de Quiroz —menos Estado, más libertad de capitales— no ayude en nada a que la megarreforma de Arrau consiga resultados sólidos a largo plazo. Todo eso, por cierto, a cuatro años plazo da lo mismo.
La pregunta para quienes no nos hemos dedicado a analizar el desempeño de este gobierno es comprender qué detuvo al presidente y su equipo de haber empezado desde el primer día con programas en vivo como el Cancerbero. ¿Por qué recién a los seis meses el gobierno despliega una agenda que llevaba años prometiendo? ¿Por qué el vértigo al que nos acostumbró en campaña se vio acompasado, ralentizado, amortiguado en estos primeros meses en La Moneda?
Hay muchas respuestas posibles. La inexperiencia, el brillo del cargo, la burocracia, el súbito contagio de algo parecido al espíritu republicano. Mi respuesta es un poco más teológica. Milei, Trump o Bukele no creen en nada, o incluso en menos que eso. Kast es un católico ferviente y sincero. Para cualquiera que comparta esta fe, espectáculos como la operación Cancerbero no pueden resultar más que contradictorios.
La Odisea de Nolan volvió a poner de moda la Ley de Zeus. Según esta, hay que recibir a los mendigos más menesterosos como dioses, porque es posible que sean dioses disfrazados que quieren probar nuestra generosidad. El cristianismo, en gran parte una religión griega, extremó esto y concluyó que en todo mendigo vive un dios, el dios que se encarnó en Cristo. Esto vale aún más para los prisioneros, ya que Cristo fue uno de ellos, un reo condenado, humillado, torturado y luego ejecutado. No era inocente del crimen que se le imputaba, aunque hoy ese crimen nos parezca ridículo. Su trato con otros prisioneros —ladrones, terroristas, asesinos— fue el de un hermano. Esto no impide hacer justicia y cumplir con las leyes —”al César lo que es del César”—, pero sí comportarse, a la hora de impartirla, con sobriedad, con compasión, gobernando con la idea de que en un criminal no solo hay un hombre sino un dios, el único dios.
Estas disquisiciones no creo que pasen por la cabeza de Kast, que se veía perfectamente cómodo revisando las tropas de gendarmes en Talca. Pero algo en su corazón lo frena a la hora de ser el líder populista y popular que Chile quiso ver en él. Después de intentar volver al gremialismo gris de sus orígenes, ha terminado por entender que no hay una forma moderada de ser una estrella de televisión extrema. De alguna forma podría decir que el gobierno de Kast empezó recién en agosto de su primer año, con la operación Cancerbero.